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Encuentro con María Julia y János en Budapest.

Enviado por Redacción el 18. Junio 2009 @ 11:25 En Cartas a Ofelia | Ningún comentario

Cultura/ Cartas a Ofelia

 Budapest 1

Cubamatinal/ París, 15 de junio de 2009.

Mi querida Ofelia;

Quizás pienses al recibir esta carta que no tengo nada que hacer, es todo lo contrario, como tengo tanto trabajo acumulado, decidí dedicar una hora a escribirte; es mi formas de evacuar el estrés. Creo que me funciona muy bien.

En Budapest nos dimos cita con la nieta de Julita y su esposo húngaro en el impresionante  Café Gerbeaud, de la Plaza Vörösmarty. Disfrutamos de aquella soleada tarde, sentados en una mesa de la terraza que da a la plaza, con una alegre conversación y saboreando pasteles y helados deliciosos. Ese lugar posee el encanto del lujo del 1884, cuando fue fundado por el célebre pastelero suizo Émile Gerbeaud. El interior estaba vacío, todos los clientes preferían la alegre terraza.

María Julia, quería saber todo lo posible sobre su madre y su familia, sobre aquella complicidad que unió nuestras familias durante tantos años en la lejana Santa Clara.

Entre bromas y risas, sobre todo de János, el ingeniero esposo de la joven cubana, les conté todas las anécdotas que me vinieron a la mente. Las cuales te paso a narrar gracias a la autorización de la bella cubana.

Julita estaba “colocada” en casa de mi abuela María, así se decía en aquella época. Pero aunque hacía todas las labores domésticas, era tratada como alguien de la familia, tenía su habitación, su cuarto de baño y comía con la familia en la misma mesa  a la misma hora. Cuando mi abuela iba de vacaciones a Rancho Luna, allá la seguía Julita. Era su dama de compañía y se había convertido en su fiel y única confidente; la escuchaba cuando tenía deseos de hablar y se quedaba en silencio cuando ella rezaba el rosario por las tardes, sentada en su sillón de pajilla junto a la gran ventana  enrejada de su casa de la calle Toscano.

A mí me gustaba ver  cuando Julita lavaba la ropa en la gran batea de madera, el agua enjabonada producía olas blancas entre las sábanas del mismo color, mientras ella cantaba aquellas canciones de Orlando Contreras que tanto le gustaban: En un beso la vida, Será tu condena, Amigo de qué, Egoísmo, Dolor de hombre, ¿Dónde tú irás? etc., creaba un ritmo cadencioso con sus caderas. Le encantaban los boleros, con sus letras que contaban historias de amores desesperados o imposibles, traiciones, rencores y venganzas. A veces me decía: blanquito, cuando tenga una hija la voy a casar contigo. Había que ver cuando en el traspatio preparaba la leña y ponía la gran lata para hervir la ropa,  abanicaba el fuego con un cartón y me decía entre risas, mostrándome su perfecta dentadura blanca: blanquito no me vaciles, que puedo ser tu madre.

Un día descubrió que Juliancito, el chico que vivía en la casa del fondo, se encaramaba en la mata de mangos de su patio, cuyas ramas pasaban al de mi abuela y se exorbitaba cuando ella lavaba en ajustadores y sayuela, debido al calor sofocante villaclareño del mes de agosto. Le gritó: ¡mal rayo te parta desgraciao! Posteriormente el chico confesó a su padre que lo hacía sólo por la curiosidad de ver como esa parte de su  cuerpo que parecía muerta  se transformaba en bate de jugar a la pelota.

Mi padre le regaló un ventilador, que a partir de ese momento ponía sobre una caja de cerveza Hatuey vacía y Manuel el gallego le fabricó un techito que la protegía el sol, así podía refrescarse mientras trabajaba y evitaba que le subiera la temperatura de la libido al caliente Juliancito.

Cuando voy a la tirrénica isla de Ischia, el sofocante calor del verano hace que salte por los aires el registro de mi memoria  y, entre tantos viejos recuerdos aparece la buena de Julita en el patio de mi abuela María.

Una tarde fui a la bodega (en nuestra Madre Patria, como son muy finos, les llaman tiendas de ultramarinos) a comprar  azúcar prieta y vi a Julita conversando con un hombre que vestía inmaculadamente de blanco: gastaba pantalones de hilo, guayabera  y sombrero de jipijapa. Se lo dije a mi abuela. Cuando ella le preguntó a Julita quién era aquel hombre, recibí de su parte una  mirada de reprobación  y  me dijo: tú eres un lengua de trapo.

Aún hoy, cuando me miro la lengua en el espejo de mi cuarto de baño, me acuerdo de mi querida Julita, pues aquel día me precipité al baño de mi abuela para comprobar  que mi lengua era de carne como la de todo el mundo.

Los domingos mi abuela y Julita iban a la iglesia, cuyo cura barrigón tenía un rostro pálido, casi de cera (no sé como lo lograba bajo el sol radiante caribeño). Cuando el rostro se le ponía rojo tomate, Manuel nos decía que era debido a los cañangazos de vino que se metía. Cada domingo proponía  confesar a mi abuela y a Julita; con la primera tenía éxito, pero Julita solía responderle: mis pecaditos son siempre los mismos, no vale la  pena que me confiese. Aquel cura que hablaba con tantas eses y zetas me parecía español. Sin lugar a dudas provenía de un medio social  pobre, quizás campesino, uno de aquellos chicos que los padres por tal de que escapara de la miseria del campo gallego, lo habían enviado al seminario. Es curioso como algunas frases escuchadas en mi infancia, han quedado grabadas en mi mente, como aquella de aquel señor párroco: “la confesión y la comunión quizás no os abrirán las puertas del cielo, pero os evitará cruzar las del infierno. Unos años más tarde supe que fue uno de los sacerdotes expulsados de Cuba por el régimen de los Castro en el barco Covadonga.

Julita iba a bailar los domingos por las tardes a una sala que  si mal no recuerdo se llamaba “Los 15 amigos”. Allí conoció a un hombre atractivo, de modales exquisitos, que poseía buen gusto. En lugar de ofrecerle una botella de cerveza como hacían los demás, la invitaba a tomar una copa de sidra El Gaitero (la que alegraba al mundo entero). Comenzó a tener una relación amorosa con él, creo que fue la única historia de amor de toda su vida y, ocurrió lo inevitable: quedó embarazada. Él le había alquilado un cuarto en una casa de huéspedes de la calle Alemán, pero cuando Felipe, así se llamaba el distinguido caballero lo supo, simplemente desapareció.

 Mi abuela  aseguró a Julita que la criatura sería recibida en su casa como una nieta más.  Cuando mis padres fueron a buscarlas, encontraron que en aquella habitación sólo había una cama destartalada, una palangana, un orinal y una mesita de hiero esmaltada como las de los hospitales que alguna vez había sido blanca. La ropa colgaba de un cordel que iba de un extremo a otro del cuarto. Julita  estaba desesperada, no era capaz de hablar coherentemente. Durante el año que había vivido con Felipe, él la había encerrado a cal y canto y cuando la sacaba era para dar una vuelta por el barrio del Condado, pero ella debía ir detrás como si fuera un perrito faldero. No tenía a quien confesar su infelicidad. Había sido hija ilegítima de una sirvienta de mis bisabuelos, había nacido en casa de ellos y la mía era la única familia que había tenido. Los echaba terriblemente de menos. Mis primos, tías y tíos,  toda la familia, rodeó  de cariño a Julita y a la bebita. Fue bautizada como María en honor a mi abuela. Sus padrinos fueron mis tíos Adelina y Lalo. La niña era el vivo retrato de su madre, según mis padres.

Dos veces fue humillada terriblemente debido al color de su piel. La primera tuvo lugar cuando fue a pasear en una mañana de domingo por el Parque Vidal, llevaba a su bebita en el coche que mi tía María Eugenia le había regalado. El guarda parque le dijo que ella por ser negra sólo tenía derecho a pasear por el borde del parque y no por el centro alrededor de la estatua de Marta Abreu. Julita llegó llorando a casa y por mucho que la consolara mi abuela, le dijo que era una desgracia ser negra en Cuba. La segunda ocurrió cuando fuimos juntos con mis padres y mi hermano a la playa militar de Caibarién. Desde la arena había una soga clavada que iba hasta una balsa a unos cien metros mar adentro. El salvavidas pretendía que nosotros nos bañáramos a la derecha de la soga y Julita con su niña a la izquierda. Mis padres indignados decidieron marcharse. Las justificadísimas lágrimas de Julita en el coche me llegaron al alma. Fue la primera vez en mi vida que sentí el horror del racismo tan cerca de mí y ese día aquel salvavidas me convirtió –sin pretenderlo- en antirracista y tolerante frente a la diversidad. ¡Le doy mis más sinceras gracias!

Unos quince años después, cuando ya había triunfado la « gloriosa revolución », mi abuela había sido llamada por Dios y nosotros vivíamos en San Cristóbal de  La Habana, ocurrió el desencuentro entre Felipe y Julita. Al saber que la casa de mis abuelos con todos los muebles pertenecía ahora a la mujer que había engañado, se le apareció a decirle que estaba “arrepentido” que quería vivir con ella. Según mi prima Carmita que estaba de visita, Julita le dijo más o menos lo siguiente: “nunca he querido a ningún hombre, estoy segura y menos a ti. Tú eres pájaro, loca, pato, cherna, mariquita, maricón y sobre todo un ser despreciable. Lárgate de aquí antes de que llame a  la policía. Te tengo en capilla ardiente desde que me dejaste y nunca te has ocupado de tu hija, pero quiero que sepas que nació de pie, ¡de pie!, como lo estás oyendo. ¡Lárgate de aquí maricón! Fue de esa forma como pudo al fin  liberarse de  su eterno dolor de cerebro, como ella denominaba sus jaquecas.

En realidad, según pude saber por alguien que había conocido a Felipe, que él fue una especie de pre-gay que se vendía por super macho y por ese motivo había seducido a la pobre Julita.

María se convirtió en una chica hermosa, poseía una mirada color miel capaz de derretir al más pinto. Cuando estudiaba en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona venía a menudo a casa. La encontré varias veces en Río Cristal, Santa María del Mar, El Club Náutico, La Rampa, el García Lorca, El Potín, etc.

El encuentro entre mi madre y Julita después de veinte años, en la boda de María con un médico fue algo conmovedor. Pocos años después ambas serían llamadas a la casa del Señor.

María Julia, la chica que tenía frente a mí junto a su esposo húngaro en el Café Gerbeaud, vendría al mundo casi al mismo tiempo que mi hijo en el mismo hospital América Arias de Línea y Paseo. Le conté como su abuela cuando me veía tirado en el piso de la sala leyendo uno de los libros de Jules Verne (de niño leí la colección completa), me decía: niño te vas a quedar ciego, no leas tanto.

María Julia me confesó que aún hoy la lectura para ella es una forma de escapar de sus familias cubana y húngara, de su casa, de su barrio, de su calle, de su Cuba y de su Hungría. Una forma de volar por el mundo. Me contó que en Cuba se había sentido prisionera del sistema, que había vivido entre el deseo de escapar y el miedo de llegar a lo desconocido. Hasta que un día comprendió que no tenía nada que perder, por lo que decidió arriesgarlo todo. Pero gracias  al diplomático húngaro con el que se casó, vive feliz con sus dos niños. Nos enseñó las fotos, son dos rubitos a los cuales el guarda parque de Santa Clara o el salvavidas de Caibarién no hubieran puesto límites de espacios discriminatorios.

Ella trata de ser feliz y de que sus hijos lo sean en un país Libre. Las vidas de su madre, abuela y bisabuela estuvieron íntimamente ligadas a la de mi familia. Pero las relaciones que aquellas tres mujeres de su vida tuvieron con los hombres fueron muy difíciles, los días de paz que vivieron junto a ellos no fueron más que  días de treguas.

La joven estaba muy contenta con el haber podido encontrarnos en Budapest, fue una especie de liberación-me afirmó. “Según pasan los años, han dejado de impresionarme los restaurantes u hoteles de lujo, así como las  recepciones. Me aburre la vanidad y la sofisticación, pero me duele la miseria en que se sigue hundiendo mi Cuba, lo cual he podido ver en diferentes programas por la televisión”-me dijo.

Después de dar un paseo por la orilla del Danubio, los acompañamos hasta el Hotel Four Seasons, donde estaban hospedados. Ellos viven  a cincuenta kilómetros de Budapest y se habían desplazado hasta la capital para conocernos. Ese hotel es uno de los inmuebles más bellos de la ciudad. El antiguo Palacio Gresham (1907), es un genuino ejemplo del Art Nouveau húngaro. Sobre la fachada se puede admirar el busto de Thomas Gresham fundador de la Royal Exchange de Londres.

Nos invitaron a pasar unos días en su casa y nosotros los invitamos a venir a París.

Nos despedimos con un gran abrazo. Creo que en ese momento, seis mujeres desde el cielo deben de haberse sentido muy felices al vernos.

Te quiere eternamente,

Félix José Hernández.


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