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Cartago

Enviado por Redacción el 28. Julio 2009 @ 10:05 En Cartas a Ofelia | Ningún comentario

Cultura/ Cartas a Ofelia

Cubamatinal/ París,15 de marzo de 2008.

Mi querida Ofelia;

Sólo hoy he podido encontrar el tiempo necesario para contarte los cuatro días que pasamos en Túnez en octubre.

Estábamos hospedados en un Club cerca de Cartago, a sólo unos kilómetros de la capital. Como de costumbre, en esos lugares, a orillas de una bella playa del Mediterráneo, hay todo lo que se puede imaginar para pasarlo bien: cabañas confortables con aire acondicionado, terrazas con vistas al mar, enorme piscina, campos de tenis, balón mano y balón cesto, motos para pasear por las cercanas dunas el desierto , paseos en dromedarios, motocicletas náuticas y sobre todo, un personal que más amable no puede ser.

Por las noches, los amables animadores organizaban espectáculos e invitaban a bailar a las turistas, entre ellas, algunas que aparentemente (como de costumbre), van a esos ghettos turísticos no sólo para probar los platos de la cocina local, sino también para deleitarse con los jóvenes cuerpos de los muchachos locales.

Pudimos admirar un espectáculo de danza del vientre y de faquires, mientras cenábamos al borde de la piscina, bajo un fantástico cielo estrellado.

¡El único problema son las moscas! Estaba en la pizzería del Club y mientras esperaba de pie que terminaran de hacer la mía, pude contar 12 moscas sobre una pizza lista para que el camarero la llevara a la mesa donde dos jóvenes habían preferido sentarse, en lugar de ir a buscarla como yo había hecho.

Como las moscas invadían también el buffet del restaurante, me limité a comer durante los cuatro días: patatas y pollo frito, que maleducadamente, cogía con las pinzas de las que estaban abajo, osea, no al alcance de las temibles moscas.

La sal no estaba en saleros, sino en platos donde todo el mundo metía los dedos. Podrás imaginar que hice una dieta involuntaria sin sal , lo cual después de todo es bueno para la salud. Como suelo hacer en esos lugares, me cepillé los dientes con agua de Evián, comprándola en botellas cerradas. Las reglas de higiene que se aplican allí, están muy lejos de las occidentales.

Como el Club cerraría dos días después de nuestro regreso a Francia, la playa estaba vacía, lo que me recordó la escena final de la película italiana La Dolce Vita. El simpático joven barman se puso a conversar con nosotros en nuestras tumbonas, nos dijo que era soltero. Le pregunté por qué no se casaba con una francesa, ya que de seguro él vería pasar por allí miles cada año. Me respondió: « con una francesa no, pues no son fieles, hoy están con uno y mañana con otro ». Esto escandalizó a nuestros grandes amigos Marie Paule y Roland, que nos acompañaron en este viaje. A ellos les llamamos « los padres adoptivos de nuestro hijo ». Debido a que al principio de vivir en París, en el ya lejano 1981, como no teníamos familia, nos preocupaba que si fallecíamos, él iría a parar a un orfanato, por tal motivo hicimos un documento ante notario, por lo cual si moríamos, ellos lo adoptarían.

Pasamos un día paseando la capital del país, ciudad que ya conocíamos, gracias a un viaje de dos semanas en 1998, durante el que recorrimos lugares bellísimos de Túnez: Nabeul, Hammamet, Port el Kantaoui, Kairouan, Sbeïta, Sidi Bou Saïd, Tamerza, Chébika, Chott el Harsa, Tozeur, Doz, Matma, Gabes, la isla de Jerba (la sinagoga azul), Médenine, Sfax, Cartago, El Jem (el fabuloso circo romano), etc. Fue un viaje inolvidable en el cual recorrimos las dunas del Sahara en camello, vimos el desierto durante el crepúsculo, las ruinas romanas, los zocos, playas y oasis. Pudimos visitar talleres de artesanías en madera, cerámicas, telares de tapices, el zoológico del desierto con las terribles víboras de cuernos, etc.

La foto del señor presidente está omnipresente por todas partes. En la recepción del Club, cafeterías, restaurantes, taxis, autocares, paredes de los inmuebles de la capital, tiendas, etc. Sólo falta que la peguen a la cola de los camellos. Incluso en las tiendas venden un juguete que consiste en un camello de peluche sintético, que cuando le aprietas las orejas, se le encienden los ojos de rojo y canta una canción a la gloria del señor presidente. ¿Te acuerdas de aquello de: « un Fidel que brilla en la montaña…? »

Durante el recorrido por la capital, paseamos por el laberinto de La Medina y cuando fuimos a entrar en la mezquita Ez-Zitouna, nos encontramos frente a un joven portero que llevaba una gorra negra decorada por signos de $ plateados. Él vociferaba por un teléfono celular. Había que pagar para entrar al patio. Le pregunté si era posible entrar a la mezquita. Me apuntó con su índice al entrecejo y me gritó : « aquí tú no entras ». Lógicamente no entré. Recordé la amabilidad de los porteros de las mezquitas de la Ciudadela del Cairo, la Mezquita Azul de Estambul, la de Marraquech, la de Rabat, la de la Roca de Jerusalén, París, etc.

¡Creo que a menudo el personal de los lugares importantes, no se da cuenta de que su comportamiento para muchos turistas, equivale a la imagen de su país!

Subimos a una terraza sobre el techo de una tienda de tapices, desde donde pudimos admirar una bella vista sobre La Medina.

En el zoco sentí una mano que muy sutilmente entraba en mi bolsillo derecho, pero lo que pudo llevarse el carterista fue un paquete de Kleenex, pues mi billetera estaba en la bolsa que llevaba colgada del cuello.

Vimos el bello exterior del palacio del primer ministro en La Kasbah y recorrimos el espléndido museo de El Bardo, impresionante palacio cuya colección de mosaicos es única en el mundo. Las salas de lo que fue El Harem son fabulosas.

Un turista cretino nos dijo: « aquí nada más que hay árabes, se diría que estamos en Barbés » ( barrio donde abundan los inmigrantes norteafricanos en París). ¿Esperaba encontrar a una población rubia de ojos claros?

Por todas partes hay policías. En realidad los semáforos están gastando electricidad inútilmente, pues debajo de cada uno hay un gendarme que dirige el caótico tráfico.

Paseamos por el bello pueblo blanco de rejas en hierro forjado y puertas azules, llamado Sidi Bou Saïd. Allí, mientras mi esposa se compraba un vestido rojo tunecino, me apoyé a un muro para sacar fotos. De pronto un halcón se posó a sólo un metro de mí. Logré moverme muy despacio y sacarle la foto que aquí te adjunto. Pero me acordé de aquella famosa escena de la película Los Vikingos, cuando Tony Curtis hace que su halcón ataque a Kir Douglas y el animal se lanza a su cara dejàndolo tuerto. Después de sacar la foto, me quedé inmóvil, bajo la mirada fija del animal, hasta que se fue volando. Fue un largo minuto. ¡Demasiado largo!

Las chicas tunecinas son muy guapas, tienen cabelleras y ojos negros muy bellos.Vimos a numerosas de ellas en Cartago. Allí visitamos las ruinas, las cuales están dominadas desde lo alto de la colina, por las murallas que protegen los jardines del palacio del señor presidente. En sus alrededores pudimos ver los palacetes sedes de numerosas embajadas.

En el aeropuerto de Túnez nos recibió la foto del señor presidente. Las maletas se entregan a un empleado, que las pesa y se las entrega a otro que las pone en la estera que pasa por detràs de la empleada que te controla el pasaporte y te da los billetes para tu vuelo.

El guía nos despidió diciéndonos que el señor presidente francés era un gran amigo de Túnez. Un turista le dijo: « nosotros se lo regalamos, traiganlo para acá, pero no nos envíen a Francia el de ustedes ». Al guía no le gustó la broma y se limitó a mover la cabeza en señal de disgusto.

En los aseos del aeroperto, el jabón de los lavabos está en un gran vaso donde todo el mundo mete los dedos para enjabonárselos. En los w.c. no hay papel sanitario, sino unas duchas teléfono al lado de las tazas. Me pregunto: ¿cómo se secarán después de haberse duchado el ano?

El regreso a París el 26 de octubre en el vuelo KAJ7190 de la compañía Karthago Airlines, se puede calificar como mínimo de folclórico. Debido a que después de dos horas y media de retraso, sin recibir ningún tipo de explicaciones, logramos subir a bordo.
Se trataba de un vetusto Boeing 737 sucio, con el forro de mi estrecho asiento desgarrado. La bandeja que tenía frente a mí, en el espaldar del asiento delantero, estaba sucia y rota, mientras que el brazo del asiento estaba atado por una banda de esparadrapo.

El sobrecargo se enfadó cuando le pedí un vaso de agua, pero las dos azafatas fueron amabilísimas. Nuestro grupo de 30 personas fue distribuido a todo lo largo y ancho de lo que parecía un ataúd volante, creando el caos, al separar los niños de sus padres y todas las parejas. Parece como si la empleada que nos asignó los asientos, lo hubiera hecho a propósito.
Sin embargo el vuelo y el aterrizaje en París fueron impecables.

En mi próxima carta te comenzaré a contar la semana que pasamos en la bella Praga el mes pasado.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.
 


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