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La Basílica de Santo Domingo en Bolonia

Enviado por Redacción el 30. Agosto 2009 @ 11:05 En Cartas a Ofelia | 1 comentario

Cartas a Ofelia/ Crónicas de viajes

Fresco de basílica

Cubamatinal/ París, 9 de agosto de 2009.
Mi querida Ofelia;

Ante todo deseo dar las gracias al señor que nos recibió en esa bellísima Basílica de Santo Domingo en la ciudad de Bolonia a mediados de julio. Sus explicaciones acertadas y la documentación que tan amablemente nos ofreció, me han permitido escribirte hoy esta crónica.

Santo Domingo nació en Calaruega, España en 1170. En sus numerosos viajes por Europa se percató de la grave situación religiosa del sur de Francia a causa de la difusión de la herejía catara o albigense. Esta experiencia le hizo entender con claridad la urgente necesidad de una predicación más cualificada. De aquí la  inspiración de fundar la Orden de los Frailes Predicadores o Dominicos, es decir una comunidad de apóstoles que se dedicarían sólo a la predicación. La nueva Orden fue aprobada por el papa Honorio III en el año 1216.

Hasta su muerte, que tuvo lugar en Bolonia el 6 de agosto de 1221, Santo Domingo siguió incansablemente en su misión de predicador del Evangelio y desplegó todas sus fuerzas para atraer a muchos jóvenes a su Orden para evangelizar al mundo entero. La suya fue la primera Orden misionera de la Iglesia.

La fisionomía espiritual de Santo Domingo es inconfundible. El deseó  ser un apóstol de la Buena Nueva. En los difíciles años del apostolado entre los cátaros se definió como humilde ministro de la predicación.

El ansia de la salvación de las almas había llegado a ser el único fin de su vida. Sus oraciones, el estudio, las penitencias y los viajes estaban dirigidos únicamente a llevar a todos los hombres la Verdad que salva.

Dante en la Divina Comedia (XII Canto del Paraíso), le reconoce la excelsa calidad de apóstol y habla de él como del “agricultor” que Jesús  eligió para cultivar el campo de su Iglesia.

Otra característica que distingue la espiritualidad de Santo Domingo es su profunda veneración de la Virgen. A él se remonta la introducción de esa práctica de devoción cristiana que es la oración del Rosario.

Santo Domingo fue un hombre extraordinario, muy admirado y venerado en el curso de los siglos. Atrevido y prudente, resuelto y respetuoso, genial y obediente, Domingo fue un evangelizador que no conoció compromisos ni endurecimientos: “cariñoso” como una madre, fuerte como un diamante”, lo definió el padre Lacordaire.

El Arca de Santo Domingo es la tumba del santo que se encuentra en una espléndida capilla de la Basílica de la que es titular en Bolonia. En esta insigne obra maestra trabajaron durante tres siglos algunos de los más grandes artistas: Nicola Pisano esculpió las pequeñas figuras que envuelven el féretro, Nicola de Bari (llamado” del Arca”) realizó la parte superior del monumento. Miguel Ángel colaboró con tres estatuas.

Tumba de Santo Domingo

El arca de Santo Domingo es una pequeña síntesis de teología como obsequio al “Santo predicador de la fe”. En la cumbre del monumento vemos a Dios Padre que sostiene el mundo con su mano izquierda teniéndolo cerca del corazón: Él es Padre de amor y de misericordia. Otro globo terrestre está debajo de sus pies para expresar, junto al cetro real que tiene en la mano derecha, el señorío de Dios sobre el mundo: Yo soy el Señor (Ego Dominus). Más abajo encontra­mos los símbolos de la creación: los festones de frutas simbolizan la tierra, los dos niños que los sostienen simbolizan el cielo y los ocho delfines el mar.

Más abajo encontramos el misterio de la Redención. Jesucristo muerto (La Piedad) está representado en medio de dos ángeles: a la derecha el de la Anuncia­ción (que lleva el mensaje de la encarnación del Hijo de Dios), a izquierda el de la pasión (que se aparece a Jesús en el huerto de los olivos). Al mismo nivel, en los cuatro ángulos, los cuatro evangelistas (San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan), los que  difundieron en el mundo entero el mensaje de la Redención.

Poco más abajo, apoyados sobre una cornisa, ocho estatuas que representan los patronos de Bolonia (en la parte anterior: San Francisco, San Petronio patrón principal, Santo Domingo, y San Florián; en la parte posterior: San Agrícola, San Juan Bautista, San Próculo y San Vital). Estos santos representan la Iglesia, nacida del costado traspasado de Jesucristo, y hecha aquí manifiesta por testimonios privilegiados, que son un modelo de fe para los habitantes de Bolonia.

Debajo de la cornisa que sostiene las estatuas una serie de pequeñas figuras esculpidas envuelven todo alrededor el féretro que contiene los restos de Santo Domingo. En las pequeñas figuras están reproduci­dos los episodios más importantes de su vida.

Alrededor de esta venerada arca los frailes del con­vento de Bolonia  llegan cada tarde en procesión rezando con estas palabras:

Luz de la Iglesia, maestro de la verdad, rosa de paciencia, marfil de castidad; predicador de la gra­cia, tú que distribuiste gratuitamente el agua de la sabiduría, únenos a los santos”.

En la cúpula de  la capilla se puede admirar el bello fresco de Guido Reni que representa a Santo Domingo acogido en el cielo por Jesús y la Virgen.

Santo Domingo fundó su Orden para la predicación del Evangelio. Por esto los Dominicos son llamados también Predicadores (O. P). Fue el mismo Santo Domingo, junto a sus primeros hermanos, quien definió los elementos esenciales de la nueva funda­ción: la predicación tiene que brotar de la unión con Dios, de la vida de oración y de comunidad, de la práctica de los votos de obediencia, castidad y pobreza, del estudio profundo de las verdades divinas.

Inmediatamente después de la aprobación de la Orden (1216) Santo Domingo envió a sus frailes a las mayores ciudades de Europa y a las universidades de Bolonia y París. En el año 1277 los conventos eran 393 y en el año 1303 habían  Ilegado a ser 557. Actualmente los Frailes Dominicos son apróxi­madamente 7000, difundidos por todo el mundo.

Desde 1206 Santo Domingo había reunido un grupo de mujeres convertidas de la herejía, fundando para ellas un monasterio de clausura: las Monjas Dominicas. Aún hoy día  se dedican a la oración y a la ofrenda silenciosa de su vida a fin de obtener las gra­cias necesarias para la eficacia de la predicación.

Al final del siglo XIII a los frailes y a las monjas de clausura se unieron también los laicos: personas que se dedica­ban a seguir el ideal de Santo Domingo sin abandonar la vida en sus familias. Hoy están agrupados en Fraternidades y constituyen los Laicos Dominicos.

Después, bajo el ejemplo de la dominica Santa Catalina de Siena, han surgido varias congregaciones de hermanas dominicas de vida apostólica, que aún hoy testifican el Evangelio educando cristianamente las mentes y los corazones de los jóvenes y socorriendo a los necesitados.

Más recientemente han nacido los Institutos seculares Dominicanos cuyos miembros, si bien continúan viviendo en el mundo en la condición laica, se con­sagran a Dios y practican los votos de obediencia, castidad y pobreza.

Oraciones a Santo Domingo

O SPEM MIRAM
Oh maravillosa esperanza
la  que diste a los frailes que te lloraban
en  la hora de tu muerte,
prometiéndoles  que desde el cielo
les serías de más provecho!

Cumple, oh Padre, lo que dijiste:
ayúdanos con tus plegarias.

Tú que brillante con tantos milagros
en los cuerpos de los enfermos,
danos la ayuda de Cristo
para sanar nuestras debilidades.

Cumple, oh Padre, lo que dijiste:
ayúdanos con tus plegarias.

O spem miram quam dedisti mortis hora te flentibus
dum post mortem promisisti te profuturum
fra­tribus. Imple, pater, quod dixisti nos tuis juvans
pre­cibus. Qui tot signis claruisti in aegrorum corporibus
nobis opem ferens Christi aegris medere moribus.

Imple, pater, quod dixisti nos tuis juvans precibus.
PARA EL APOSTOLADO

Santo Domingo, fidelísimo imitador de Jesucristo y luz de la Iglesia, a ti dirigimos nuestra oración. Hablando con Dios o de Dios has sabido encarnar el mensaje de la salvación, mostrando un celo ardiente por la pureza de la fe y una compasión tierna hacia los pecadores. Juntando maravillosamente la con­templación con el apostolado y el gozo del alma con el austero camino de la penitencia, has dado respuesta plena a la voluntad de Dios.

Santo Domingo, bajo tu guía nosotros queremos profundizar en la verdad divina para poderla difundir con la palabra y con el ejemplo. Ayúdanos con tu poderosa intercesión, para que podamos un día participar en la gloria que te corona eternamente entre los beatos. Amén.
Tengo mucho que contarte aún sobre ese viaje por las tierras itálicas, después comenzaré con el viaje que terminamos ayer por las costas del Mediterráneo.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo.

Te quiere eternamente,

Félix José Hernández.
 


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