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Perversiones gastronómicas
Enviado por Redacción el 14. Septiembre 2009 @ 11:10 En Cuba | Ningún comentario
Cuba/ Experimentos alimentarios
Cubamatinal/ En Cuba, los disturbios estomacales forman parte de la cotidianidad. Un vaso con zumo de caña, un bocadillo de jamón y queso, el pan con fritura de sabores imprecisos, el almuerzo que cuecen en primitivos fogones y que sirven en bandejas grasientas.
Por Jorge Olivera Castillo
La Habana, 13 de septiembre /PD/ Tras esas ingestiones aparecen -a menudo- los cólicos abdominales, las náuseas, las disenterías y todo cuanto se derive del consumo de productos alimenticios vencidos, en proceso de descomposición, cocidos a medias o manipulados al margen de elementales normativas gastronómicas.
Lo mismo da que sea una cafetería ubicada en la periferia de un barrio marginal, que un comedor para obreros o un restaurante donde se exige liquidar el importe en moneda dura. En cualquiera de estos sitios puede estar el detonante de una infección pasajera o una enfermedad requerida de internamiento hospitalario.
Las reglas de higiene que deberían proteger al consumidor brillan por su ausencia. En Cuba no existe una cultura que facilite y asegure servicios gastronómicos de calidad.
Los problemas en el sector lejos de ceder, han ido apropiándose de mayores espacios. Casi se podría decir que las afectaciones alcanzan a la inmensa mayoría de los establecimientos encargados de estos menesteres.
Los sitios elegibles para quedar fuera de esa red de centros donde, regularmente, se incuban las cepas de bacterias y parásitos, son los hoteles y restaurantes de precios prohibitivos, en que los huéspedes y clientes provienen de otras naciones.
No es que queden exentos en su totalidad de un mal omnipresente, pero las probabilidades de resultar contaminado se reducen por causas obvias.
Un amigo me contaba su experiencia, al realizar la compra de un pan con carne de cerdo en un timbiriche ubicado en uno de los portales de la calle Monte, en el municipio capitalino de la Habana Vieja.
El dependiente antes de tomar el pan para proceder a la preparación del bocado sacó su pañuelo percudido para limpiar la flema que salía de sus orificios nasales. Como si no bastara con esa nociva maniobra tosió un par de veces encima de los productos, sin apenas proteger su boca.
Al llamarle la atención por este proceder, recibió un furibundo ataque verbal coronado con la sentencia: “No te hagas el fino. Que tu quieres que haga si tengo catarro”.
Una vecina tuvo peor suerte, pues enfermó con hepatitis al beberse un jugo de melón en un concurrido expendio ubicado en el municipio de Centro Habana.
Impelido por el hambre y la sed, Leonel a principios de año, fue a comprar una pizza y un vaso de refresco instantáneo en una cafetería particular también situada en la localidad referida anteriormente. Mi amigo tuvo que refugiarse en un edificio demolido ante la aparición de unos endiablados retortijones de estómago.
Para colmo tuvo que utilizar, en sustitución del papel higiénico, su calzoncillo. Desde entonces se abstiene de consumir alimentos elaborados en los centros gastronómicos tanto estatales como particulares, salvo que lo inviten a algún lugar de mayor categoría donde son mucho menores los peligros de soportar esas desagradables contingencias.
La higiene, la educación formal y la protección al consumidor son en Cuba asignaturas pendientes. Hay más dentro de ese saco repleto de anomalías.
Entre basurales y costumbres bárbaras de numerosos sectores sociales, marcha el país. Es preciso aclarar que el movimiento es hacia atrás, como suelen desplazarse los cangrejos.
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