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Campismo popular Las Caletas
Enviado por Redacción el 16. Septiembre 2009 @ 10:24 En Sociedad | Ningún comentario
Sociedad/ De lo cotidiano
Cubamatinal/ Me decidí a disfrutar un campismo popular por dos cosas: he escrito de como son y lo que ocurre en ellos, por la cantidad de comentarios escuchados y lo visto en TV, no por haberlos visitado. La otra razón es que me invitaron dos amigos que tal vez no hubieran entendido la causa de mi negativa. Así estarían de convencidos que todo iría bien, que conociéndome, decidieron embullarnos a tal aventura, con el incentivo que después de Los Cocos, “Las Caletas era la mejor base”.
Por Sinué Escolarte
La Habana,15 de septiembre/ El despegue desde el parque Jhon Lennon aportó el primer tropiezo. Lunes 7 AM, imposible tomar algún transporte hasta 15 y 6 en el vedado desde donde nos encontrábamos en Diez de Octubre. Próximos a la hora señalada todavía luchábamos de que forma llegar. Un carro “particular” abordado luego de una larga caminata con los bultos encima, para alejarnos de la parada repleta, viendo pasar vehículos que no paraban, me trajeron a la mente los años que hace que ocurre lo mismo, casi medio siglo. Una muestra palpable de involución. Escolares de diversos tamaños corriendo de un lado a otro, tropezando entre si, sudados, montando por detrás con el peligro de caerse. Personas de cualquier edad y procedencia social con mala cara, expulsando algunos sonidos extraños y palabras machucadas por la espera infructuosa, era el panorama que dejábamos atrás. Protestas abiertas ninguna, todas hacia adentro, hacia sus almas y sus sentidos para hacerse mas daño. Con los primeros 3 CUC del día entregados al dueño del auto y el agradecimiento, nos quitábamos la preocupación inicial luego del susto de perder el viaje.
La sorpresa me invadió con el arribo al parque al verificar que los ómnibus eran chinos. Nuevos y cómodos Yutong, calmaron la ansiedad ante la idea de aquellas guaguas llamadas “de palo”, que muchas veces en otros menesteres abordé. Del tramite burocrático, la espera y la seriedad de los responsables junto a sus duros modales de inconformidad no escapamos y, después de un par de horas entre ordenes, orientaciones y tirarnos fotos con la sentada figura de Lennon sin lentes, pues le fueron robados, emprendimos el camino al paraíso.
Prohibido comer en el trayecto, ni sacar la mano, tampoco fumar, podía apreciarse fácilmente en pequeños carteles, pero fue la voz del malhumorado chofer quien nos lo advirtió. Poco después en asamblea ofrecida en la carpeta, poniendo atención, en silencio, como disciplinada muchedumbre, admitimos la segunda retórica sobre las reglas a cumplir por los campistas y las consecuencias de su violación. La tercera de las enseñanzas, partió de la que nos llevó hasta la cabaña,-por favor me recogen la basura y la vierten en el tanque que tienen frente. “Gracias, ah, si quieren yogur blanco, el pepino,«pomo plástico» les cuesta 25 pesos”. Al menos el desayuno que tras la segunda advertencia había quedado excluido de la alimentación, estaba garantizado. La salida en la mañana tampoco da derecho al almuerzo de hoy, pero mis amigos sagaces y experimentados populistas, habían traído cuatro panes que podían sustituir el desagradable efecto digestivo, hasta la tarde que buscáramos la comida, aceptable para el lugar y el precio. El timbiriche que despacha alimentos ligeros, refrescos y agua, abre a cualquier hora y cierra temprano.
La pregunta, ¿la piscina está limpia? pudo haber ofendido a la que nos entregaría la cabaña, pero lo asumió con dulzura afirmando que si. Evidentemente estaba en proceso el disparo de la venta del yogurt.
Seis pedazos de espuma de goma, algunas semi forradas con una tela de dudoso color, esperaban nuestros cansados cuerpos al anochecer, colocados por esfuerzo propio sobre las tres rusticas literas de hierro y cartón tabla salpicadas de pintura, cubiertos con las sabanas que traíamos de la casa. Las almohadas confeccionadas al enrollar los pantalones, resolvieron ese escollo. Toallas, papel sanitario, jabón, pasta dental, shampoo, suavizador, etc. repletaban los maletines, advertidos a tiempo por los amigos de la necesidad de acompañarnos. Nos faltó el cubo. Dos ventiladores, un televisor funcionando y una meseta sin fregadero, que soportaban la presencia de par de cantinas para transportar los alimentos y seis bandejas plásticas, sin cubiertos ni vasos, se usarían para comer luego de ir hasta el lugar donde la despachan a unos 300 metros, en subida. Comeríamos con los plásticos en las manos, debido a la inexplicable falta de sillas y mesas. Con un closet sin gavetas ni algo para guardar o colgar, se completaba el calido interior. Por fuera una bendición, por dentro, un desastre. Todo lo que es visible sirve: las guaguas, la piscina, el comedor donde no se come por no estar terminado, las áreas verdes cuidadas pero repletas de hormigas depredadoras que invaden las edificaciones.
El agua para tomar a otros 300 metros, se encargaba por la caminata, de evitar la dispepsia que pudiéramos sentir. No era potable la del lavamanos, que junto al tanque del servicio sanitario, emulaba anunciando inundación con su constante goteo hacia el piso, lugar donde un poco mas allá, de no ser por las “santañillas” que inescrupulosas nos acabaron las piernas con múltiples picadas como recibimiento, pensábamos colocar las tres noches asignadas, las delgadas gomas de dormir en busca de unión, mejor temperatura, higiene y visibilidad para la televisión.
Por suerte había pocos mosquitos, pero la ausencia de agua en la noche, dejaba despedir del baño el característico olor de la orina hasta las 8 AM, en que nos daba la alegría de regresar para descargar. Tampoco por el día se escapaba de un tiempo sin el preciado liquido y la corriente en una ocasión faltó por varias horas.
La piscina, en efecto, parecía limpia, pero la imposibilidad de ver el fondo me hacia desconfiar. El fuerte olor del cloro y las profundas arrugas y asperezas que nos provocó en las manos, dejaban a las claras presentir un remedio casero de ultima hora, cosa que confirmé cuando al otro día el color verde oscuro, intenso, con algunas algas flotando y un cambio sustancial en el aroma, me facilitaron el diagnostico de una otitis externa que dio su primer indicio, con una hipoacusia que achaqué a restos de agua en el conducto auditivo, o un tapón de cerumen hinchado, que no salía, ni dando los saltos de Sotomayor. Por suerte llevaba antibiótico y con la aparición del resto de los síntomas inicie tratamiento.
El precio de cinco comidas para cuatro personas, las dos cabañas para seis por tres noches y el transporte de cuatro, mas 75 de los pomos con yogurt, no llegó a cuatrocientos pesos, unos 15 CUC. Este esfuerzo estatal inventado también por, El Hombre Mas Bueno Del Mundo, facilita la defensa de su política por aquellos que lo reciben a tan bajo costo, acorde con sus bajísimos salarios. No cabe dudas esto es justicia social. Puede considerarse un privilegio acceder a una reservación de tal categoría, ya que en otras áreas son de un increíble disconfort y estrechez, con techos de zinc y baños colectivos fuera, sin TV ni ventilador. Una base con “casitas” minúsculas de bloques sin resanar ni pinturas, cerca de allí, se le otorgan gratuitas, por una semana como estimulo, a trabajadores vanguardias, que contentos, juegan al dominó y exhiben su pomo de uranio empobrecido y música a todo meter, con el que cogeran una espesa nota, después de cocinar lo que tengan, en carbón, acribillados por los mosquitos y el calor.
Pero lo mas interesante fue percibir lo complacido que se sentían en general, lo fácil que buscaban solución a cualquier dificultad y, como muchos, prolongaron su estancia y algunos en franco intercambio me dijeron que el mes próximo estaban en La Laguna, otro de inferior calidad. Terminé frustrado al reconocer que ellos tienen ilusiones, esperanzas y felicidad y yo, soy un irracional e inconforme aberrado que considera al subsidio, un suicidio.
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