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Algo de locos
Enviado por Redacción el 3. Octubre 2009 @ 01:10 En Sociedad | Ningún comentario
Sociedad/ Manicomio nacional

Cubamatinal/ Durante mi niñez, había un mulato barbudo, con facha de boxeador, que todos los días, a cualquier hora, tiraba un carretón de madera cargado de hierros y piedras por la Calzada de 10 de Octubre, en una u otra dirección.
Por Luis Cino
La Habana, octubre /PD/ Vestía ropa hecha con saco de yute y fumaba en una pipa gigante los cabos de cigarros que recogía del suelo. Decían que era de Párraga, que había sido policía durante la anterior dictadura, que tenía varios muertos en su cuenta, y que de tanto ocultarse y fingir la demencia para escapar de los juicios sumarísimos y el paredón, enloqueció. Nunca supe si era cierto. La última vez que lo vi, ya no tiraba del carretón. Fue en una guagua, hace más de 15 años. Estaba viejo y mucho más flaco, y los pasajeros le huían, no por miedo, sino porque apestaba a rayos.
Mi infancia, a trancos entre La Víbora y Arroyo Naranjo, estuvo poblada de locos: Violeta, Guayaba, Pela-muertos, La Marquesa…Cada barrio tenía sus locos, eran parte inseparable del paisaje. Pero el principal de todos, era un símbolo de la ciudad: El Caballero de París. Solía verlo por El Vedado, por la Universidad, la calle 23, los alrededores del cementerio de Colón y la Cinemateca. Siempre digno, gentilhombre vestido de negro, la piel como de cera, el pecho forrado con periódicos si había frío, la barba anterior a la de los barbudos de la Sierra Maestra, la larga melena ensortijada muy anterior al zeppelin Robert Plant. Lo veía de lejos, casi siempre desde la guagua. Nunca hablé con él, ahora lo lamento, dicen que su conversación era muy interesante.
El Caballero murió en un asilo pocos años después que las autoridades lo recogieron. Lo pelaron y afeitaron, lo bañaron, y le asignaron ropa limpia y cuotas de desayuno, almuerzo y comida. Pensaron que le hacían un favor. De cualquier modo, en la capital del paraíso revolucionario, cuando aún no se precisaba desesperadamente de los dólares y euros de los turistas, no era políticamente correcto que los locos deambularan por la calle.
En La Habana siempre hubo muchos locos, pero no tantos como hay ahora, a pesar de los turistas, su moneda dura y la corrección política. Hasta una canción celebra (sabrá Dios por qué) a ritmo de timba que “…en La Habana hay una pila ‘e locos”. La locura también es un modo de evadir las duras realidades.
Los locos de mi niñez eran amables y a veces hasta simpáticos. Ni remotamente incurrían en las impertinencias de los que ahora veo por las aceras de La Habana asediar a los turistas o vociferar en las guaguas atestadas de gente sudorosa y angustiada por los problemas cotidianos.
Ahora muchos locos, en las guaguas, las esquinas o los alrededores de las cafeterías en divisas, dicen haber peleado en la Sierra, Girón o Angola, presumen de estar próximos a las figuras del Poder. Los otros locos, los que vociferan improperios contra Los Jefes si alguien los provoca con la pregunta “¿fulano, tú eres comunista?”, no suelen gritar muy alto.
Otros locos berrean boleros (de El Benny o Vicentico Valdés, que son sus preferidos), rancheras o baladas de José José y Nelson Ned. Cuando piden comida o dinero (preferiblemente chavitos), hay un brillo como de odio en sus ojos, como si todos fuéramos culpables de lo que pasa. ¿Será cierto? Dicen que los locos suelen decir las verdades que los cuerdos no se atreven a expresar alto y claro.
No tengo nada en contra de los locos. Los he tenido de vecinos o parientes y hasta de buenos amigos. Hubo un tiempo que no me gusta recordar en que por evadir el servicio militar obligatorio, fui a dar por varias semanas a una sala enrejada mezcla de cárcel y manicomio. Con ingenuidad hippie de 17 años, creí que bajo el socialismo verde olivo se podía ser objetor de conciencia. Allí aprendí que no, además de compartir con orates y muchachos que simulaban serlo para conseguir la baja del ejército, ranchos de espanto, pastillas que te ponían bobo y maltratos a tutiplén.
Mi amigo el escritor Ramón Díaz Marzo me ha hecho sentir culpable por mi foto junto a la estatua del Caballero de París. Ramón, que sabe de locos como ninguno, opina que tocar la estatua o retratarse junto a ella, es un ultraje. Algo de razón tiene, pero no fue esa mi intención. Tampoco creo en la buena suerte y ni muerto me voy de mi país si no me van a dejar salir y regresar cuando lo estime conveniente. Fue sólo que no pude resistir la tentación de retratarme junto al Caballero. También tengo una foto con el Lennon del parque de El Vedado, que ignora olímpicamente a los mandamases que luego de prohibir a los Beatles por diversionismo ideológico, muchos años después le hicieron una estatua a John. ¿Cómo iban a impedir esas fotos los fabricantes de utilerías, los comisarios, un par de turistas tontos, una jinetera y su chulo?
Que me perdone Ramón, pero mi foto con la estatua es mi pequeño homenaje a El Caballero de París, a mi primo Cino Colina que lo entrevistó varias veces para un libro que no pudo publicar porque en Cuba no se lo permitieron y la muerte lo sorprendió en un tren español en el verano de 2003, a los locos de mi niñez, a los que estaban encerrados en los años 70 en la sala Carbó Serviá. También a los locos de ahora mismo. Ojala que para mejorarles un poco la suerte, bastara rozar con los dedos una estatua de la Habana Vieja.
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