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La bodega de la esquina
Enviado por Redacción el 4. Octubre 2009 @ 14:18 En Economía | Ningún comentario
Economía/ Lo que fue y ya no es

Cubamatinal/ La bodega de la esquina figura entre los recuerdos que acompañan al cubano a través de su existencia en cualquier lugar del mundo en que se encuentre. Ella, junto a la escuela y al parquecito del vecindario, fueron nuestros primeros vínculos con la realidad y tal hecho marcó indeleblemente nuestros corazones.
Por Oscar Mario González
La Habana, 3 de octubre /PD/ La bodega, como les decimos los de aquí a las abacerías, puestos o tiendas donde se expenden víveres al por menor, representa la institución comercial de mayor arraigo popular. En nuestra capital y en todas las grandes y medianas ciudades del país, existía una por cada esquina y a veces dos. Una frente a otra. Ello, de por sí, habla de la intensa vida comercial de la Cuba anterior a 1959, donde casi todos los ciudadanos, unos más y otros menos, consumían alimentos de reconocida fama universal de modo que el bodeguero, sin ser un ricachón, vivía decorosamente. Sus hijos, generalmente dos o a lo sumo tres, solían estudiar en la escuelita “paga” (privada) de la vecindad.
En 1968 pasaron al estado comunista las últimas bodegas que, con mil apuros y una perseverancia de sus dueños que rayaba en la terquedad, se habían mantenido en manos de éstos. Hoy, al cabo de más de medio siglo, buena parte de estos comercios se mantienen en pie pero, ¡en que ruinoso estado e conservación! Semejantes a esas personas convertidas en vejestorios y despojos humanos antes de tiempo, que a veces enseñan las fotos de quince para anunciar que alguna vez fueron seres vivientes.
Lo que mejor se mantiene de ellas es el mostrador de caoba que a pesar del tiempo exhibe la robustez propia del árbol que le dio vida. ¡Que clase de madera! Medio siglo de comunismo y ahí está; oyendo la conversación y como si con ella no fuera. Ni siquiera el descuido y la humedad le han permitido al comején horadar su carne.
Los estantes, muchas veces de cedro, no han resistido tanto tiempo de dejadez, modorra y apatía y se han convertido en comejeneras cuyos moradores, las llamadas hormigas voladoras, revoletean a su antojo por la trastienda y el portal, anunciando la primavera durante los meses de marzo y abril.
Casi todos los estantes permanecen vacíos y entre éstos y el mostrador media un espacio libre por el que el bodeguero se desplaza con desembarazo sin temor a tumbar la tonga piramidal de latas de conservas o a chocar con la caja de bacalao noruego o de tasajo de Montevideo como sucedía en la “época de los malos”.
De treinta, cuarenta o más estantes sólo se utilizan cuatro, cinco o seis. Uno, para exhibir los mandados de la libreta que han llegado hasta el momento y los restantes para anunciar los productos infantiles o de dietas médicas normados por la libreta de racionamiento. Y para de contar que no hay más ná. Excepto los tres primeros días del mes, cuando vienen los mandados de la libreta y en el piso se ve alguna saquería con arroz, azúcar y frijoles, el resto del tiempo el bodeguero está ocioso.
El grueso de los estantes suelen reservarse para colgar retratos del Comandante y de otros líderes revolucionarios, consignas, exhortaciones, pensamientos de contenido patriótico e informaciones sobre la protección al consumidor.
Casi todo el presente de Cuba que hace evocar el pasado resulta extremadamente triste. Los parques, los cines aún existentes, las edificaciones. En el caso específico de las bodegas, las fachadas y el estado general de muchas edificaciones es deplorable. No pocos bodegueros se juegan la vida cada día frente a un posible derrumbe.
Muchos piensan que de haber seguido Cuba por el camino habitual, es decir, de no haber caído en la desgracia comunista, la clásica bodega, por evolución propia, hubiera desaparecido frente al embate de los supermercados que tanto proliferaban en la década de 1950.
Creo que no, que así como la moderna tienda por departamento nunca desplazó a la pequeña tienda del reparto sino que más bien la multiplicó en forma de quincallas de barrio, así las bodegas hubieran evolucionado hasta llegar al kiosco moderno como ha sucedido en otros países. De todos modos, aún cuando la bodega y el bodeguero desaparecieran del recuerdo vivencial, siempre permanecerán en nuestras mentes como parte del folklore cultural de la nación cubana que inmortalizara Enrique Jorrín en su famoso cha cha chá.
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