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Kilchberg

Enviado por Redacción el 15. Diciembre 2009 @ 23:23 En Cartas a Ofelia | Ningún comentario

Cartas Ofelia/ Crónicas

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Cubamatinal/ Paris, 10 de diciembre de 2009.
Recordada Ofelia;

El autobús recorrió los  siete kilómetros  que separan  Zurich de Kilchberg  por una bella carretera a sólo dos vías, a orillas del lago, entre mansiones majestuosas separadas por jardines y parques donde se alzan grandes y frondosos árboles con los sublimes colores del otoño.

Le habíamos pedido al chófer que nos avisara dónde debíamos bajarnos para ir al cementerio de  Kilchberg. De pronto se detuvo y nos dijo que era allí. Nos encontramos en un campo  cubierto por la niebla-eran las nueve de la mañana- y no podíamos ver ni siquiera a algunos metros de distancia. Se escuchaban por todas partes unas campanitas. Nos percatamos que había un banco y decidimos esperar allí a que el tiempo levantara.
En eso apareció una campesina que gracias a Dios hablaba italiano. Ella nos dijo que tomáramos por el trillo de la derecha, él nos conduciría directo hasta la iglesia detrás de la cual estaba el cementerio. En realdad estábamos a un costado del pueblo.

Tomamos por el trillo que pasaba entre los potreros de diferentes granjas donde abundaban las vacas, con enormes campanas colgadas del cuello.

Una media hora después, ya con el sol afuera y sin niebla,  llegamos a la bella y austera iglesia protestante. Al entrar en ella pudimos escuchar al órgano  que interpretaba  una sonata de Bach, nos sentamos a escucharlo y después le preguntamos a una  señora dónde estaba el cementerio. Nos respondió: - están en él. En efecto, la iglesia corresponde a la entrada del mismo.

La iglesia e encuentra sobre una pequeña colina y desde ella el cementerio se extiende por cuatro terrazas escalonadas de jardines hacia el valle cubierto por vinas. Yo llevaba dos rosas.

La primera la colocamos sobre la monumental tumba de mármol negro con un obelisco al centro del poeta y novelista suizo Conrad Ferdinand Meyer (1825-1898) y la segunda en la simple tumba del gran escritor alemán Thomas Mann (1875-1955). Ambos pasaron los últimos días de sus vidas en ese bello pueblito a orillas del lago y rodeados por los bosques. Ellos decidieron  descansar eternamente allí.

Thomas Mann ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1929.

En 1938 logró llegar a los U.S.A., a causa de las persecuciones desatadas por el régimen nazista, se instaló en California, desde donde  dio una serie de charlas radiofónicas por medio de la BBC bajo el apelativo de  ¡Oyentes alemanes!

En 1952 regresó a Zurich. Entre sus obras más célebres se encuentran: “Los Buddenbrook” (1901), donde  trata la decadencia de una familia a lo largo del siglo XIX. Con  “La muerte en Venecia” (1913)  cuenta la atracción fatal de un   escritor enfermo por el bello joven Tadzio en el Lido di Venezia.

En “Carlota en Weimar” (1939), relata el reencuentro entre Goethe al final de su vida con Carlota, su amor de juventud.

Conrad Ferdinand Meyer, fue un gran escritor suizo en lengua alemana. Sus novelas lo convirtieron en un clásico de la literatura de su país: “Jürg Jenatsch” (1876), “El santo” (1879), “La boda del monje” (1884), “Ángela Borgia” (1891). Es autor también de “Poesías” (1882), en las que aúna el sentido plástico y el hálito épico.

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz que ya luce sus mejores galas con vistas a las próximas Navidades,

Félix José Hernández.


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