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Pesebres Quiteños en el Palacio Real de Madrid.

Enviado por Redacción el 28. Enero 2010 @ 07:18 En Cultura | Ningún comentario

Cultura/ Cartas a Ofelia
 

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Cubamatinal/ París, 4 de enero de 2010.

Recordada Ofelia;

Del mismo modo que la incorporación de las figuras de personajes de la vida diaria renueva año tras año la actualidad del acontecimiento que celebra el Belén, la inclusión de escenas o personajes relacionados con la vida de María o de José anteriores al nacimiento de Jesús, ayudan a reforzar la importancia de lo descrito allí. La encarnación del hijo de Dios es la culminación de una larga serie de sucesos previstos y anunciados por sibilas y profetas.

Por ello la inclusión de estas figuras, o de escenas que describen diferentes pasajes de la vida de María, representada a través de su nacimiento o de la presencia de sus padres, San Joaquín y Santa Ana, su dedicación en el templo, el momento culminante de la Anunciación, la Visitación a su prima Santa Isabel, y aquellas que proceden del ciclo de la Duda y la Dormición de San José, constituyen un repertorio de imágenes que, aleatoriamente, forman parte de los Belenes, aportándoles una narración histórica que comparten en muchas ocasiones con las realizadas en las obras pictóricas, donde pequeñas escenas en los fondos refuerzan el relato.

Muy relacionadas también con la celebración de la Natividad, y estrechamente vinculadas con los conventos de monjas, las numerosas representaciones del Niño Jesús, tan comunes en la producción de los artistas quiteños, forman parte del ritual practicado en estas comunidades con la celebración de innumerables aspectos de la vida infantil de Jesús, difundidos por  los evangelios apócrifos y las incontables narraciones populares que dedican todo tipo de composiciones a estos temas.

Un buen número de las ciudades fundadas por los españoles en América, durante los siglos XVI al XVIII, se convirtieron en centros de producción artística que desde muy temprano cubrían las necesidades locales, impuestas por una clientela propia, con intereses muy diversos, al tiempo que se atendían a las peticiones llegadas desde otros núcleos, tanto urbanos como rurales, creando áreas de influencia a partir de unos modelos prestigiados por la singularidad de su iconografía, la calidad de sus autores o el propio interés alimentado por los cambios de moda y el comercio.

Quito fue sin duda una de esas importantes ciudades. Capital, junto a Cuzco, del extenso Imperio incaico, inició oficialmente su trayectoria integrada en el Imperio español a partir de 1533, pasando pronto a ser cabeza de la Audiencia de Quito, integrada en el Virreinato del Perú.

La actividad constructora estuvo vinculada de forma muy especial a las Órdenes religiosas, que se establecieron en este territorio con tal rapidez que antes de diez años ya contaba con franciscanos, mercedarios y dominicos. Los conventos, de extraordinarias dimensiones, hasta el punto de llegar a disponerse, en algunos casos, en torno a seis claustros, necesitaron rápidamente de los ajuares litúrgicos correspondientes y la ornamentación, pictórica y escultórica, en la que plasmar los mensajes de evangelización y reafirmación religiosa.

Ello permitió la concentración en su interior de un variado número de artistas y artesanos, formados en muchos casos, por los propios frailes, en las escuelas organizadas en los conventos, como el Colegio de San Andrés, creado en el Convento de San Francisco en 1555. Estos artistas compitieron rápidamente con los incorporados desde los centros españoles y europeos y, agrupados en cofradías y gremios, fueron dotando de identidad a lo que hoy conocemos como arte quiteño.

A ello también contribuyeron la llegada de obras europeas de la más diversa procedencia, enviadas mayoritariamente desde la Península, la incorporación de producciones desde otras áreas de la América Virreinal, especialmente desde el gran centro de producción artística en los Andes, Cuzco, e incluso la aportación realizada desde Oriente a través del comercio por la vía del Pacífico, que convirtieron a Quito en un crisol artístico con resultados de gran personalidad y creatividad.

La necesidad del amueblamiento interior de estas incontables iglesias permitió el desarrollo de una técnica de gran calidad dedicada a la talla en madera, que puede apreciarse en los magníficos retablos, púlpitos y marcos que se conservan, no sólo en la capital, sino en las numerosas poblaciones que componen su área de influencia.

Los escultores quiteños realizaron al mismo tiempo múltiples imágenes de bulto redondo o relieves destinados a cubrir, junto a las pinturas, los espacios de los retablos reservados al discurso iconográfico que debía persuadir y reforzar la fe de los creyentes. Para ello, los artesanos y artistas y su clientela desarrollaron un gusto especial por los modelos procedentes de la escultura andaluza, especialmente la sevillana, que se renovaba permanentemente con la llegada de obras de los talleres de Juan Martínez Montañés, Juan de Mesa o Alonso Cano.

Así, al mismo tiempo que llegaban a Quito desde la Península obras que enriquecían los repertorios de los artistas locales, desde los talleres quiteños salían esculturas destinadas a otras áreas de América donde eran muy apreciadas, según indican los escritos de la época, dedicados a documentar peticiones y envíos. En algunos casos eran figuras completas; y en otros, se trataba de numerosas cabezas y manos que debían servir para componer en destino las tradicionales imágenes de vestir.

Sin embargo, la escultura quiteña no se caracteriza por obras de gran tamaño, ya que, por el contrario, su producción se identifica más con las imágenes de tamaño mediano, e incluso pequeño, cuando se trata de encargos que responden a las devociones domésticas o a las de las clausuras de religiosas, que hacen de la relación diaria con ellas un capítulo fundamental de la expresión de la piedad personal.

Y precisamente fueron estas obras de pequeño formato, profusas a lo largo de todo el siglo XVIII, y muy especialmente en la segunda mitad, las que más atrajeron la atención del exterior. A ello contribuyó el uso de una técnica esmerada en la que resaltaba el tratamiento brillante de las carnaciones, especialmente de los rostros, con el uso de mascarillas de plomo o estaño y ojos de vidrio, y la ornamentación de la indumentaria, a base de láminas de pan de plata recubiertas por finas capas de pintura, que dejaba entrever el brillo metálico del fondo.

La escultura de pequeño formato encontró precisamente su máxima expresión en el amplio repertorio de figuras destinadas a componer los magníficos Nacimientos o Belenes que se popularizaron en toda la Audiencia de Quito al mismo tiempo que en el recto de la América hispana. Estas agrupaciones de personajes que rodean al Misterio, formado por la Sagrada Familia, situada a cobijo de las ruinas donde se produjo el nacimiento de Jesús, son la respuesta de los talleres quiteños a la larga tradición que acompaña a las celebraciones de la Navidad en el mundo hispano.

Y del mismo modo que sucede en cada uno de los centros donde se producen obras destinadas a estas composiciones, en Quito y su entorno los localismos técnicos y temáticos confieren una clara personalidad a estas creaciones, que también se nutren de las aportaciones de la literatura y el teatro popular, que inspiraban a una gran cantidad de festejos navideños.

Las pequeñas tallas en madera policromada ofrecían ya en la segunda mitad del siglo XVIII un amplio repertorio de personajes tratados tanto a la manera clásica, especialmente las figuras centrales, como con los elementos que delatan su pertenencia a un contexto propio, tal y como es habitual en otros ambientes. Esta intromisión del mundo cotidiano y contemporáneo en el mayor acontecimiento de la cristiandad permite cada año la actualización del suceso y la incorporación protagonista de los diferentes grupos sociales en el mismo.

La presencia de llamas en la comitiva de los Reyes Magos, desplazando a los tradicionales camellos (tal y como se muestra en el conjunto procedente del Museo de América de Madrid), ­incluye al continente americano junto a los otros continentes que rinden tributo al Niño Dios. Y las numerosas figuras de individuos contemporáneos de todo oficio y condición, y en muchos casos con aspecto grotesco, como las que aporta el Museo de Arte Colonial de Bogotá, pertenecen ya a un mundo decimonónico, en el que la crítica social se abre paso por medio de la representación simbólica de los defectos de determinados estamentos. Ya no se trata de individuos de procedencia temporal y espacial indefinida, que se presentan como portadores de ofrendas.

La complejidad de estas composiciones, formadas por figuras de diferente tamaño y origen, incorporadas a lo largo de los años a un núcleo inicial, y situadas en escenarios imposibles, sólo puede advertirse en la actualidad en los Belenes conservados en los conventos quiteños, como el de El Carmen de la Santísima Trinidad.
Un gran abrazo desde la Ciudad  Luz,

Félix José Hernández.
En torno al Pesebre. Belenes Quiteños
Siglos XVIII – XIX
Palacio Real de Madrid.

Abierto al público hasta el 24 de enero de 2010.


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