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Culpas ajenas
Enviado por Redacción el 31. Enero 2010 @ 18:06 En Cultura | Ningún comentario
Cultura/ El cosaco y la cubana

Cubamatinal/ De un tiempo a acá, me ha dado por sentirme culpable de todas las represalias que toman contra personas que de un modo u otro están a mi alrededor. Familiares que se quejan de sus teléfonos pinchados sin disimulos por los escuchas de la policía política, amigos y vecinos que evitan saludarme porque han sido advertidos de lo dañino que es el trato con disidentes, los reproches de la que era mi mujer porque no consigue trabajo luego que la despidieron de su empleo por estar casada con un periodista contrarrevolucionario…
Por Luís Cino
La Habana, 28 de enero /PD/ Supongo sea otro daño más a mi psiquis producto de toda una vida bajo un estado policial. Sólo que el asunto pasa de castaño oscuro cuando empiezo a preocuparme y sentirme responsable por las represalias contra personas ajenas a mi entorno, a las que ni siquiera he visto en fotos. Tal es el caso de la culpa que siento respecto al narrador, poeta y ensayista Manuel García Verdecia.
Hace varias semanas, García Verdecia y el poeta Rafael Vilches Proenza fueron despedidos por el Comité Provincial en Holguín de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). A los dos escritores los declararon no confiables por utilizar “para un proceder impropio de intelectuales revolucionarios” las cuentas de Internet que graciosamente le permitía utilizar el régimen. A ambos los acusaron, además de intercambiar correos con escritores exilados, de “visitar páginas electrónicas contrarrevolucionarias.”
Aquí es que me siento culpable en cierta forma. En diciembre, escribí un artículo en Cubanet donde aludía en el primer párrafo a un cuento de García Verdecia. En aquella ocasión escribí:
“El cuento El cosaco y la cubana, del narrador y poeta holguinero Manuel García Verdecia, está tan cinematográficamente bien escrito que a veces no estoy seguro si lo leí o lo vi en la pantalla. Con Lisanka, la película de Daniel Díaz Torres que representó a Cuba en la recién concluida edición número 31 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, es poco probable que me pase lo mismo. Lo digo por lo inverosímil de su trama: un soldado ruso, celador de los misiles nucleares “en un lugar de Cuba”, que compite por el amor de una tractorista cubana en plena Crisis de Octubre de 1962. Francamente, prefiero el romance de la criolla y el general soviético de las estepas del Don que escribió (¿filmó?) García Verdecia.”
No sé si por esa mención, los suspicaces policías del pensamiento anotaron al intelectual holguinero en la lista de “mis cómplices”. O si alguien le comentó que en Cubanet hablaron de él y García Verdecia sucumbió a la vanidosa curiosidad que sentimos todos los escritores por saber qué piensan los demás acerca de lo que escribimos, y cometió el grave pecado de entrar sin permiso en “una página electrónica enemiga”.
Debe ser un tonto remordimiento mío por culpas ajenas. Ojalá. Por las represalias debe sentir bochorno el pintor-comisario Jorge Hidalgo Pimentel, presidente de la UNEAC en Holguín, y sus amos que les dan las órdenes.
Manuel García Verdecia, de 57 años, autor de más de una decena de libros, es Máster en Cultura Cubana y ha ejercido la docencia en universidades de Cuba, Canadá, México y la República Checa. Pero eso no basta para un intelectual revolucionario. Debe actuar como un burócrata, aplaudir sin chistar, acatar las órdenes como un gaznápiro y tener las cuentas (de Internet) claras para conservar amistades (de los censores informáticos de la UNEAC).
Por estos días, García Verdecia, que hasta la purga era vicepresidente de la UNEAC en Holguín, ha puesto a circular en la intranet, la súper-expurgada versión nacional de la red de redes, un e-mail (que aclaro no me ha enviado a mí) donde niega haber violado las normas establecidas por la Resolución 127 del 2007 sobre la seguridad informática y se defiende de las acusaciones de los censores al proclamarse un intelectual crítico pero dentro de la revolución.
El problema que ese dentro o fuera de la revolución, que decide el todo o la nada, nunca ha quedado, a conveniencia de los inquisidores, bien delimitado. Cualquier patinazo en sus bordes puede resultar fatal.
Culpas y vergüenzas ajenas aparte, lo único que puedo hacer es denunciar esta nueva infamia contra dos escritores cubanos y solidarizarme plenamente con su derecho a Internet y a la expresión de sus ideas, no importa si en ese campo minado que es “dentro de la revolución”.
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