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Una historia de amor en cuatro fotos

Enviado por Redacción el 30. Junio 2010 @ 21:43 En Cartas a Ofelia | Ningún comentario

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Cubamatinal/  París, 22 de abril de 2009.
Mi querida Ofelia;

Acaba de regresar de Cuba una encantadora muchacha parisina . Antes de partir,  me preguntó qué quería como regalo de mi lejana Patria. Le di las direcciones y le pedí que me sacara fotos de una serie de lugares que forman parte de mi niñez, adolescencia y juventud,  para poder continuar con la intensa historia de amor con mi Tierra natal.

Discúlpame, pero desde hace 21 años, cuando se acerca la fecha de hoy, aniversario de nuestra separación  física, la nostalgia me gana y vienes a mi mente casi permanentemente.

Entre tantísimas fotos he escogido cuatro. La primera es la de nuestra casa de la calle Fomento n° 8, allá en nuestro terruño camajuanense, donde viví hasta los 9 años. Al abrir la puerta, se ve el brazo del  señor que vive hoy día en ella. Esos postigos me trajeron innumerables recuerdos. Tú siempre tenías esa puerta impecablemente pintada.

 

En la segunda foto se ve a una niña que camina por la orilla del bellísimo mar que rodea Los Ensenachos. A esas islitas  íbamos los domingos en una lanchita, que tomábamos en el puerto pesquero de Caibarién, donde mi padre dejaba aparcado el jeep. Ahora, me cuenta la joven francesa, se puede ir en coche por un terraplén que une las islas con la tierra firme. 

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 La tercera foto corresponde a la puerta del inmueble de la calle Aramburu n°409 en Centro Habana.

Allí viví en el  apartamento interior n° 3  del primer piso, desde el  1959, cuando llegamos a San Cristóbal de La Habana a causa de la “intransigencia revolucionaria” villaclareña, hasta 1965. Esa puerta se cerraba sólo a las 10 p.m. Ahora está siempre cerrada y todo el edificio en ruinas, según se puede constatar en las fotos. 

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 Basta que veas en qué condiciones está la puerta para imaginar el resto. Mis tíos Renato y Graciela vivían en el tercer piso con sus hijos María  del Carmen y Néstor. Desde su balcón yo contemplaba la ciudad, que aún estaba llena de anuncios lumínicos en las calles paralelas de: Zanja, San Rafael y Neptuno o las cercanas Belascoaín e Infanta. Para mí la capital era una especie de árbol de Navidad que se encendía cada noche.

La cuarta y última foto corresponde a la fachada de la última casa en donde viví, en la calle Soledad n° 507, en Centro Habana. Allí me despedí de ti el 21 de mayo de 1981, cuando partí con mi esposa e hijo de cuatro años, a la búsqueda de la Libertad en Francia. La descubrimos y disfrutamos de ella desde ese día, gracias a Dios y a este gran país, que se ha convertido en nuestra Patria de adopción.

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Pero la casa no es la misma, la puerta y las ventanas están enrejadas como si fuera una jaula. ¡Una jaula más, dentro de la gran jaula que es Cuba! Cuando la dejé tenía una gran ventana  a la izquierda que siempre estaba abierta, protegida por una reja de inicios del siglo pasado. La puerta  también era grande y se cerraba sólo por la noche, cuando nos íbamos a dormir. Me es imposible imaginar allí, a aquellas amigas tuyas: Cuca, Esther, Nieves, María   Luisa, Merita, Cruz, Mita ,  Sabina, etc., que se reunían a hacer tertulias contigo y a tomar café por las tardes.

Todos mis sueños se han convertido en realidad, gracias a Dios. Sólo me falta uno: poder recorrer todos esos lugares que forman parte de mi gran historia de amor con mi Tierra, cuando ésta sea Libre. Poder mostrarle a mi hijo, su esposa y mis nietos, la Perla de las Antillas, la mía, no la de los turistas.

¡Tengo que darle mil gracias a esta amabilísima chica por tan bello regalo!

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.


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