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El negrito bailaor
Enviado por Redacción el 4. Julio 2010 @ 10:14 En Cultura | Ningún comentario
Cultura/ La riqueza cultural del solar

Cubamatinal/ La integración racial en Cuba es una realidad. Las desventajas sociales derivadas del racismo son sólo un mal recuerdo ilustrado en los libros de textos escolares u oídas en una que otra expresión callejera, y no más. Basta con recorrer un solar habanero para ver alrededor de trescientas personas de la raza negra convivir familiarmente con siete blancos. O visitar cualquiera de las más de cuatrocientas prisiones del país para conocer que allí purgan sus penas, hermanados, tres blancos y setecientos negros.
Por Víctor Manuel Dominguez
La Habana, 4 de julio /PD/ También podemos lanzar una mirada a los medios audiovisuales del país, donde decenas de prietos, sin ningún tipo de discriminación racial, proyectan sus roles protagónicos como esclavos, delincuentes, criados, boxeadores y hasta músicos, mientras que sólo un blanco hace de burgués, gerente o genial compositor.
Si nos detenemos a sumar, la proporción es ventajosa a nuestra raza, pues sólo dos chinos aparecen comiendo chícharos con palitos en un comedor familiar de la comunidad.
Y ni hablar de la integración política, donde si bien no logramos la cantidad requerida de representantes, sí exigimos la calidad del color, y escogemos al más retinto de los negros para que luche por los intereses de la raza, entre una mayoría blanca, de mestizos dudosos, y de negros deslavados con cremas, pelambres injertadas y miradas con lentes tonalidad fondo de mar revuelto.
Acá sí que no hay racismo. Miremos si no el caso de Juan Pirindingo, El Ñuelas, que aún siendo más negro que las alas de un totí lleva en su sangre y su expediente la piel de un cantaor de pura estirpe flamenca.
Nacido en un solar conocido como El Harén del Gallego Pitufo, y criado por un abuelo senegalés y una abuela mozambicana educados en la Isla de la juventud (sus padres emigraron a los Estados Unidos a combatir el racismo), Juan Pirindingo tuvo una infancia feliz entre lagunas de aguas albañales, apagones, una que otra cuchillada al aire, toques de tambor, palabras obscenas, sopapos, y otros ingredientes de la riqueza cultural que brota en los solares o ciudadelas cubanas
Pero jamás tiró hacia El Monte de Lidia Cabrera, a los Orishas en Cuba de Natalia Bolívar, ni a la rumba y el guaguancó de Chano Pozo, pues sus padres le dejaron como herencia un par de castañuelas y una pandereta, obtenido a cambio de sus labores socio sexuales con una gitana lucumí y un comunista protestante de paso por El Harén del Gallego Pitufo.
Y su amor por el tablao comenzó desde la cuna. Construida con restos de madera de la bodega Ubre Blanca, desbastada por un toro en celo, su lecho primigenio y sin colchón sirvió para que el niño, entre orines y otros residuales, diera sus primeras patadas acompañado con los instrumentos representativos del folklor de la madre patria.
Mientras el resto de los niños del solar entonaban cantos a las deidades africanas a ritmo del batá y de la yuca, Pirindingo ganó el mote de El Ñuelas por hacer de ese mínimo instrumento traqueteante y musical –la castañuela- su juguete preferido.
Estimulado por unos abuelos que llevan en sus genes los ojos azules y el amor por la fabada y el sexo de un negrero andaluz, El Ñuelas, entre abucheos y el señalamiento de sus congéneres del solar, fue perfilando su cante jondo y sus zapateos con la mulata Lola Mondongo y el jabao Diego El Picada, quienes a cambio de no tener que lavar más vísceras de puercos ni picar más cigarrillos ni pesetas, accedieron a su formación artística integral.
La cama de un camión convertida en tablao, iluminada con candiles y mechones en el lugar de las candilejas, por una linterna en función de seguidor y por un mantel de la rusa Katiuska Perestroika como bambalina, fue el primer escenario donde El Ñuelas mostró sus dotes de bailaor.
Alaridos de júbilo lanzados por sus abuelos y mentores del arte, gritos de mofa y uno que otro pedazo de pan con pasta arrojados al escenario, premiaron su debut y su interpretación de La Zarzamora con aire flamenco.
Captado luego para la escena por los instructores de arte del vecindario, El Ñuelas se fue fusionando a los aires y decires, broncas y promesas de contrato, hasta llegar a la cima: obtuvo un viaje a Sevilla –poblado montañoso de la provincia Granma- como utilero del conjunto de bailaores y cantaores Tras las Huellas de España.
Desde ésta, su primera gira artística, El Ñuelas enseñó sus credenciales de integralidad artística, al limpiar el escenario, acomodar los instrumentos, dar la voz de “listos, en punta, ya sale el espectáculo”.
Además, fue elegido por unanimidad para repartir la merienda y aplaudir hasta el ardor desde lo más profundo del telón de boca, a las cinco parejas de blancos y a cuatro músicos del mismo color, sus iguales en la búsqueda del filón cultural ibérico.
Transcurridos sólo cinco años, ya El Ñuelas hace coros en off y sale al escenario cuando apagan la luz.
Los rotundos éxitos en la carrera artística de El Ñuelas demuestran que están equivocados quienes dicen que en la isla negros y blancos “andamos juntos, pero no revueltos”, aunque el totí cubano cante mejor que el canario andaluz.
Eso se los aseguro yo, Nefasto “El productor”
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