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Turistas en París

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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 Cubamatinal/  París, 21 de agosto de 2010

Querida Ofelia;

Cuantas veces en el extranjero he escuchado la celebérrima frase: “los franceses son pretenciosos y arrogantes” o “se creen que son el ombligo del mundo.” Cada vez me he tenido que lanzar a dar explicaciones sobre que las numerosas familias galas que conozco, mis amigos y colegas, son personas acogedoras, simpáticas, amables, etc. He explicado durante tres décadas que esa horrible y falsa imagen la dan los empleados de los lugares que visitan los turistas en París: bares, cafés, restaurantes, hoteles, tiendas, etc. Claro está que si esos lugares son de lujo, ¡los empleados son de una gentileza exquisita!

Me ha ocurrido, acompañando a familiares o amigos procedentes de: los EE.UU., Italia, España, Puerto Rico, México, etc.

Este mes pasamos una semana en Italia, recorriendo Toscana y otra en España por el Principado de Asturias. Al vernos tratados como corresponde a nuestro comportamiento le dije a mi esposa: en el marco de la Formación Continua, los patrones parisinos deberían enviar a sus empleados a pasar un mes a trabajar en un bar, un restaurante o un café de Florencia y a los empleados de tiendas de La Ciudad Luz a trabajar un mes en El Corte Inglés, de cualquier ciudad española, para que aprendan lo que significa tratar al público.

Te lo cuento  para darte dos ejemplos significativos de cómo son tratados los turistas en la que sin dudas es la ciudad más bella y culta del mundo.

Entramos a los grandes almacenes BHV y decidí hacer unos regalos para los despachos de mi hijo y su esposa. Seleccionamos varios artículos que estaban en presentación sobre los empolvados estantes. El empleado nos trajo las cajas cerradas. Cuando le pedí que las abriera para ver si los artículos estaban en buen estado, se negó rotundamente. Le aseguré  que los iba a comprar y que sólo si tenían algún defecto no lo haría. Me dijo que si tenían algún defecto podría traerlas de nuevo a la tienda. Insistí en que no valía la pena que los llevara a casa en Santo Domingo –mentí- y después los devolviera desde allá. La escena era tan ridícula, que daba pena. Al fin el empleado fue a hablar  aparentemente con  su jefe, el cual lo autorizó a abrir las cajas para que pudiéramos ver el estado de los objetos. ¡Cuánto tiempo perdido inútilmente frente al obcecado empleado de mirada más que despreciativa ante los “turistas”, pues al oírnos hablar castellano entre nosotros de seguro que así lo creyó!

 Estábamos paseando ayer con nuestro hijo, su esposa y nuestros dos nietos de un año y tres años de edad. Después de bajar por las fuentes de la Colina del Trocadero, dar un paseo en yate por el Sena y pasar por la Torre Eiffel, decidimos ir a almorzar al Café Castel, a sólo dos cuadras de la famosa  torre, en la Avenue de Suffren. El recibimiento fue glacial:

-Aquí los coches de niños molestan- dijo el primer camarero que vimos al entrar.

-Este coche se puede plegar y usted lo puede guardar hasta que nos vayamos-le respondió mi hijo.

-Está bien, pero no tenemos sillas especiales para los niños- agregó el arrogante camarero.

Al fin nos dieron una mesa (éramos turistas, pues hablábamos entre nosotros en castellano). Mi esposa sentó en sus piernas a nuestro nieto y lo mismo hizo mi nuera con la niña.

Llegó el camarero y lanzó sobre la mesa cuatro “menú.” Pedimos tres croque Monsieur, un croque Madame, jamón y patatas fritas. Cuando el camarero supo que no queríamos vino ni alcohol, recogió molesto los “menú” y se limitó a poner sobre una servilleta de papel un tenedor y un cuchillo que hizo desplazar desde un sólo lado de la mesa sin mantel aunque fuera de papel, sin pasar alrededor de ella. La comida estaba fría. Decidimos irnos a comer el dulce y tomar café a otro lugar.

Pero nos sorprendió cuando antes de terminar de comer nos preguntó si queríamos postres. Al decirle que no, fue a la caja, trajo la cuenta y la puso en el centro de la mesa en un plato de plástico rojo.

Mi nieto no había terminado de comer, cuando el camarero vino y nos preguntó insolentemente: ¿Ya terminaron? Pregunta que repitió unos tres minutos después.

Le pedí la tarjeta con la dirección del restaurante (que aquí te reproduzco). Me respondió: “si hay, están sobre el mostrador.” Allí fui y un barman muy extrañado me la dio.

No sé si alguno de los redactores de la famosa Guide Rouge Michelin, que clasifica los restaurantes franceses  con estrellas según la calidad del servicio y de la comida haya pasado por este café. Pero yo no le daría ni siquiera una sola de las cinco puntas de una estrella.

Comprenderás ahora el daño que hacen ciertas personas a la imagen no sólo de una espléndida ciudad, sino también a la de todo un pueblo.

Un gran abrazo de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.
 

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