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Teólogos miopes
Enviado por Redacción el 15. Julio 2011 @ 20:20 En Colaboraciones | Ningún comentario
Colaboraciones/ La coprofagia como dogma “liberador”… o como imaginar el paraíso en el infierno

Monseñor Arnulfo Romero y Leonardo Boff
Cubamatinal/ Los miopes no vemos ni regular de lejos. Emborronamos los contornos y perdemos de vista los detalles. Esta limitación aqueja masivamente a los teólogos de la liberación: agudos y brillantes en sus críticas a las sociedades de dominación capitalistas, a las que ven de cerca, le atribuyen perfecciones irreales a las llamadas socialistas, a las que miran de pasada y al bulto. Concentrados en las insuficiencias de aquellas, no se percatan de las presentes en estas.
Por Rogelio Fabio Hurtado
La Habana, 14 de julio/ PD/ Por supuesto, de denunciar y combatir las opresiones propias debemos ocuparnos quienes por sufrirlas las conocemos.
Aunque podemos enorgullecernos de contar con un religioso apasionado patriota, en la persona del Presbítero Félix Varela, no pudo este fundar en Cuba un fuerte vínculo entre la fe y la praxis política. Las fraternidades masónicas sí se convirtieron en fecundos talleres de laboreo libertario. La Iglesia colonial, sujeta al Real Patronato de la Corona española, fue vista, en sentido general, como una institución integrista, pese a que no faltaron sacerdotes y religiosos sensibles a la causa independentistas.
A lo largo de los primeros 57 años de República, no se caracterizó el catolicismo nacional por su participación en las luchas sociopolíticas ni por su arraigo popular. Había asilos de ancianos, centros hospitalarios, atención caritativa a los pobres y demás, pero todo dentro de la modalidad de asistencia social y beneficencia. Funcionaban las Juventudes Católicas (Obrera y Estudiantil), las Damas Católicas y los Caballeros de Colón, siempre dentro de una atmósfera de colaboración cordial con las autoridades.
Reconocimiento merece la revista La Quincena, dirigida por el P.Ignacio Biaín así como el núcleo de jóvenes católicos a quienes el Cardenal Arteaga cortó las intenciones de fundar, en los años 50, un partido confesional.
Súmense a esos antecedentes, cinco décadas de endiablado ateísmo científico, bajo un estado torpe pero tozudamente totalitario; las facilidades de evasión hacia los Estados Unidos; una Iglesia sin liderazgo, incapaz de proponer alternativas creíbles a la desesperanza y, por último, una oposición fragmentaria y aquejada de un caudillismo patético. Es simplemente natural que entre nosotros no fructifique la Teología y menos la Liberación.
Sin embargo, los teólogos miopes allanan el camino para conciliarse con las élites de poder totalitario. Por ejemplo, cuando el brasileño Pablo Richard, uno de sus expositores más diáfano, asevera que el ateísmo revolucionario (eufemismo por marxista) no aparece normalmente como enemigo de la Iglesia, falsea la verdad, como saben quienes han sufrido marginación en Cuba sólo por confesar su fe,.
En general, los Teólogos de la Liberación parecen ignorar sistemáticamente las opresiones específicas que se aplican en el llamado Socialismo a todo aquel que no colabore con el régimen. El ciudadano, siempre bajo una amenaza difusa, no cuenta con medios legales para defenderse. Se ve a sí mismo solo e indefenso frente al aparato de poder, que no vacila en apropiarse de los medios de comunicación masiva para darles un uso canallesco y unilateral, despiadado si es preciso, pues estos revolucionarios ateos son seres que no respetan códigos, para quienes sólo es prójimo su compinche. Lo más curioso es que lo confiesan abiertamente: “Nacimos para vencer y no para ser vencidos”.
He leído -y seguiré leyéndolos- a varios de estos teólogos. Admiro a Monseñor Romero, asesinado en su patria salvadoreña por ejercer el don profético hasta sus últimas consecuencias, martirio aceptado también por otros sacerdotes y monjas. Disfruto con los textos de Monseñor Hélder Cámara y de Mons. Casaldáliga, así como los libros de los hermanos Boff, Leonardo y Clodovis, y los debidos al jesuita peruano Gustavo Gutiérrez.
A todos les advierto que el totalitarismo cubano no es el paraíso humanista que los funcionarios, intelectuales y religiosos afines al mismo están autorizados a mostrarles, sino una forma de opresión faraónica, acaso aún peor, porque no admite réplicas ni críticas. Admitirla como alternativa a los males del capitalismo es un espejismo.
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