Opinión/ Ópticas

Foto: Amarilis C. Rey
Cubamatinal/ Por regla general solemos decir que nada en la vida es eterno. Esta afirmación a mi juicio tampoco es completamente cierta. Hay situaciones que van más allá de nuestro alcance y sí determinan la invariabilidad de algunas cosas que se escapan de nuestro control. No obstante, tomar determinadas decisiones en la vida, no necesariamente implican que posteriormente sean variadas para tomar otros derroteros que nos lleven de vuelta al punto de partida y viceversa.
Por Ulises Vallín
Madrid, 18 de octubre/ En el caso particular de la migración creo que una persona puede decidir vivir donde desee y comenzar una vida nueva en tierras ajenas a la suya, pero de la misma manera podría en un momento determinado regresar a su tierra natal o mover su residencia a un tercer o cuarto país.
Generalmente, la migración nunca fue tomada por aquellos que decidían trasladarse fuera de su entorno, como algo definitivo; sino que en su inmensa mayoría los emigrantes han sido movidos a salir de sus países de origen, por situaciones económicas o políticas. Una vez resueltos estos problemas, regresaban con los medios que habrían logrado acumular mediante su esfuerzo; o en el caso de emigrar por razones políticas, cuando la situación del país les era favorable y garantizaba su integridad física. No obstante siempre ha habido personas que después de muchos años fuera de su tierra, han creado vínculos familiares o sociales con el país donde se encontraban y han permanecido en él hasta el fin de sus días.
Sin embargo, en el caso cubano vemos una diferencia a partir del año 1959 que hace que esta regla varíe al menos en un grado considerable, ya que a partir de este año Cuba que hasta entonces era un país de acogida a una gran cantidad de inmigrantes, pasó a convertirse en un país de emigrados.
Las primeras personas que abandonaron la isla, fueron de dos tipos. Los primeros lo hicieron obviamente por razones políticas y los segundos por razones definitivamente económicas. El gobierno revolucionario expropió las propiedades de los grandes, medianos y pequeños empresarios, dejándolos en un total desamparo financiero y legal forzándolos de esta manera a emigrar del país.
En un principio estos colectivos presumían que ese estado de cosas no duraría mucho y por eso se puede afirmar sin temor a equivocarse, que los cubanos que abandonaron el territorio nacional a inicios de la década del 60, estaban convencidos que regresarían en cuanto la situación política y económica volviera a la normalidad. Con el paso del tiempo vieron que no fue así y no les quedó más remedio que acomodarse como bien pudieron a la sociedad donde se encontraban y echar raíces, aunque murieron con la esperanza de volver algún día.
En el momento que los emigrados de los primeros años se percataron de la imposibilidad de regresar en un período de tiempo corto a Cuba, se comienza a dar el fenómeno que he llamado de ruptura nacional, pues los desterrados comienzan a transmitir la misma teoría que el gobierno cubano estaba aplicando con ellos. Desde La Habana se prohibía el regreso de los emigrados y también cualquier contacto entre las familias que habían quedado fragmentadas y atrapadas entre dos orillas. Entonces desde el exilio se declara la misma estrategia como una manera de cerrar filas ante el dolor y la desesperanza. No regresar jamás a la isla, hasta que el gobierno actual, no abandone el poder definitivamente.
De modo que a partir de ese momento los cubanos que emigraban, lo hacían con la convicción de cortar definitivamente todo nexo con la isla. Era una decisión que se tomaba a sabiendas de que no habría retorno, al menos en una gran mayoría de los casos.
Esta división de la nación cubana ha causado grandes estragos en la sociedad civil, pues conllevó a un gran antagonismo entre las partes que quedaron divididas por la geografía. El telón divisorio que se alzó entre los que salían y los que quedaban, duró más de 20 años, fue entonces cuando los cubanos que vivían en el exilio, fueron autorizados por el gobierno de La Habana a regresar de visita a la isla.
Para ese momento; aunque muchos regresaron a reencontrarse con sus familiares, ya el daño sociológico e ideológico, estaba hecho. El descalabro de la migración sin posibilidad de retorno había cumplido su función totalitaria en la población cubana.
El gobierno de Cuba ya había elaborado un método de estricto control para los cubanos que vivían fuera y querían visitar a sus familias. En primer lugar, abrogarse el derecho de decidir quién podía visitar o no el país que continúa así hasta nuestros días.
Sin estar prescrito por ninguna ley constitucional, los funcionarios del estado, deciden desde ese entonces, quién puede volver al país como turista. Recalco el término turista, porque ningún cubano puede volver libremente a residir en Cuba después de haber emigrado, salvo excepciones muy limitadas y excluyentes.
Evidentemente detrás de esto hay un factor económico considerable, pues el no permitir el regreso definitivo de los emigrados al país, pero sí la posibilidad de visitarlo como turistas, hace que el flujo de ingresos por ese concepto aumente de una manera considerable e ininterrumpida.
Este fenómeno, comienza a manifestarse más claramente a partir de los años 90 cuando extinguido el bloque socialista, – que permitió al gobierno cubano durante décadas disfrutar de rentas de origen político- , el estado cubano da un giro de 180º en su política exterior y despenaliza el dólar en 1993. Esto permitió el flujo de la inversión y el turismo extranjeros por una parte y las visitas de la comunidad cubana en el exilio como nunca antes.
De este modo el turismo internacional descubrió un nuevo destino tanto de inversión como de esparcimiento, rodeado hasta ese entonces de un “misticismo romántico” digno de un culebrón surrealista. Además, se abrió la posibilidad de que los cubanos residentes en el extranjero enviaran remesas a sus familiares en la isla creando así un flujo de divisas, ininterrumpido y siempre in crescendo.
Esta estrategia fue a mi manera de ver, la que salvó del colapso al régimen cubano en la década del 90. No obstante, esta “apertura”, condujo a nuevos problemas de tipo sociológico, ya que a partir de ese entonces la visión que los cubanos tenían del exterior –totalmente desvirtuada- , cambió por completo, aunque no en el mejor sentido.
Ahora, sobre todo las nuevas generaciones, que dicho sea de paso habían nacido dentro del sistema totalitario y no conocían nada más que la terrible crisis económica en que vivían (período especial); en contacto con decenas de extranjeros en las calles de la ciudad y al mismo tiempo con sus propios familiares que regresaban después de largos años de exilio, comenzaron a buscar la forma de emigrar pero con una nueva concepción, poder salir, ayudar económicamente desde fuera a sus familias y volver como turistas.
La migración actual de Cuba está compuesta por un colectivo que en su inmensa mayoría, no conciben la idea de volver a residir en la isla.
Este sentimiento de desarraigo está dado principalmente por la cerrazón de la política migratoria del gobierno cubano, que no permite la doble nacionalidad de sus ciudadanos, ni mucho menos la posibilidad de residir en Cuba, una vez hayan pasado 11 meses y un día de haber salido del país.
Además la imposibilidad de los cubanos que viven fuera de la isla, de invertir capital y comenzar negocios en Cuba, añade un plus a la acritud de los mismos ante este tema.
Impera la ley de la simulación y una inmensa cuota de post modernismo, donde se comienza a “parecer y no ser”; influyen en la actitud de un colectivo humano que no es capaz de traspasar el umbral del pasado y ubicarse en un presente que nos debería mover hacia otros derroteros. Los más de 50 años de régimen totalitario han influido de una manera importante en este comportamiento.
De manera que, desperdigados por la geografía mundial, los cubanos repiten frases típicas como “resistencia a cualquier precio”, “aquí no se rinde nadie” y, “pa´tras ni pa´coger impulso”. Este simulacro constante de firmeza, prosperidad y felicidad, son evidentemente legados de una revolución que se ha movido dentro de estos mismos parámetros, llevándonos a una situación de total desequilibrio económico, social, moral y de salud mental.
Una considerable dosis de surrealismo está acompañando a la sociedad civil cubana en la diáspora desde la década de los 90, ya que como se ha dicho anteriormente; no concibe ideas normales para cualquier colectivo de emigrantes como son el salir y entrar libremente, invertir capital, etc. Por lo tanto se puede agregar que de alguna manera es un exilio impuesto por el propio individuo. Un exilio que le hace un personaje raro e inadaptado. En su mayoría trasladan toda su cultura y folclore, en muchos casos crean guetos donde finalmente sucumben una y otra vez, atrapados por unas reglas diferentes y un orden social imposible de asimilar en su totalidad.
En resumen, la anormalidad de la diáspora cubana, es la que ha creado en primer lugar el falso mito de la emigración exitosa dentro de la isla, que mueve a la mayoría de la población a desear emigrar compulsivamente en una carrera desesperada hacia lo absoluto y sin retorno, condicionantes estas traumáticas para los actores de cualquier sociedad.
Si añadimos a esto el absoluto despojo de derechos que como consecuencia de la emigración sufren los cubanos una vez abandonado el territorio nacional, tenemos como resultado la sociedad cubana de hoy.
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