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La estrategia del chivo expiatorio
Enviado por Redacción el 23. Octubre 2011 @ 11:39 En Estados Unidos, Opinión | Ningún comentario
Opinión/ Ópticas

Tan indignados… que buscan la reelección del presidente que ha recibido las mayores contribuciones monetarias de la propia Wall Street
Cubamatinal/ El presidente Obama trató de buscar excusas primero. No funcionó. De ahí la nueva estrategia del presidente: no quejarse, pasar el muerto. Atacar. Imputar. Acusar. A los ricos y a sus “garantes” Republicanos por arruinar el país.
Por Charles Krauthammer
Washington, 22 de octubre/ Diario de América/ ¿Qué hacer cuando no te puedes postular a un cargo público a cuenta de tu actuación — a cuenta del 9 por ciento de paro, del crecimiento estancado y de déficits ruinosos hasta donde alcanza la vista? ¿Cómo presentarte cuando se te pregunta si los estadounidenses están mejor que hace cuatro años y te ves obligado a responder no?
La táctica de interpretar el improbable. Declararte el más débil. Denunciar a Washington como si el electorado no hubiera reparado en que llevas casi tres años al frente de él.
Pero por encima de todo: encontrar culpables.
El presidente Obama trató de buscar excusas primero, achacando la sombría tesitura de Estados Unidos a las alteraciones de la cadena japonesa de abastecimiento, a la primavera árabe, a la deuda europea y a diversas actuaciones de la providencia.
No funcionó. Suena lastimero y defensivo. Carece de hostilidad, cosa que es por encima de todo lo que anhela el electorado de Obama.
De ahí la nueva estrategia de Obama: no quejarse, pasar el muerto. Atacar. Imputar. Acusar. ¿A quién? A los ricos — y a sus garantes Republicanos — por arruinar el país.
Según la versión de Obama, es la negativa de los ricos “a pagar su justa parte” lo que está poniendo en peligro el programa Medicare de los ancianos. Si los multimillonarios no se rascan el bolsillo, los centros escolares se caen de viejos. Las deducciones a la prospección están costando sus plazas docentes al profesorado. Las lagunas fiscales que aprovechan las multinacionales evisceran la investigación médica.
Es crudo. Es maniqueo. Y a la izquierda le encanta. A efectos de matemática y lógica, no obstante, es ridículo. La subida tributaria más codiciada de Obama — un impuesto adicional del 3 al 4,6 por ciento a los millonarios y multimillonarios (difusamente definidos como particulares que ganan más de 200.000 dólares) — habría reducido el déficit del pasado ejercicio de 1,29 billones a 1,21 billones. Prácticamente el error de redondeo. Los privilegios fiscales a la prospección representan menos de la mitad de una jornada de gasto federal.
Se podría recaudar 100 años de la laguna tributaria favorita de Obama - el impuesto del patrimonio sobre aviones privados corporativos - y no financiaría un mes del Medicare de los ancianos, cuya insolvencia es función del incremento de la longevidad, de las nuevas tecnologías caras y del derroche de la protección del profesional médico de un demencial mecanismo de negligencias.
Después de tres años, las autoproclamadas transformadoras políticas sociales de Obama han dado lugar a una economía desesperantemente débil. ¿Qué hacer? Seguir la vía inmoral: unos plutócratas están desangrando al país y yo os voy a rescatar de ellos.
El problema es que esta clase de demagogia populista es algo más que intelectualmente deshonesta. Es peligrosa. Obama está abriendo la caja de Pandora. El rencor popular, fácilmente atizado, se controla menos fácilmente, sobre todo cuando los más básicos de los instintos reciben legitimidad por parte del líder del país.
Prueba A de la acusación. El martes, el Senado bajo control Demócrata tramitaba una legislación punitiva contra la divisa de China. De no ser detenida por el presidente de la Cámara John Boehner, podría haber conducido a una guerra comercial - una versión del siglo XXI de la guerra de aranceles Smoot-Hawley de los años 30-. Obama es consciente de esto. No ha manifestado ningún apetito por una inclemente guerra arancelaria. Pero él marcó el tono. Una vez que se sale a cazar a los malos, aparecen por doquier, sobre todo si eres foráneo de conveniencia.
Prueba B de la acusación. El senador Demócrata Dick Durbin se despacha contra el Bank of America por anunciar un recargo en las comisiones de las tarjetas de 5 dólares mensuales. Obama reitera la ignominia con refinadas denuncias de las entidades bancarias y de sus comisiones ocultas — a excepción de que esta comisión de cinco dólares no está oculta. Es totalmente transparente.
Pero aquí hay un destacado senador Demócrata que invita a los titulares a retirar sus ahorros de una entidad bancaria importante (y con problemas) — después de que dos presidentes y dos Congresos consumieran miles de millones de dólares del contribuyente para salvar entidades bancarias en quiebra. No porque fueran merecedoras ni virtuosas sino porque eran imprescindibles. Sin entidades bancarias, no hay préstamo. Sin préstamo, no hay actividad. Sin actividad, no hay puestos de trabajo.
Prueba C. La temática de la villanía de las rentas altas que emana de Washington trae un vástago: Occupy Wall Street. Manifestantes enfundados en Levi’s y sorbiendo Starbucks iPhone en mano denuncian al sector privado de América mientras lloran la muerte de Steve Jobs, el titán corporativo y multimillonario de la octava potencia.
Estos haraganes indignados lastrados por sus préstamos estudiantiles de 50.000 dólares con grado en lengua inglesa han decidido que la ausencia por su parte de trabajo digno de salario tiene su origen en la perversidad de los multimillonarios sobre cuyos domicilios marchan ahora — para aplauso de los Demócratas que sufren envidia aguda del tea party y que ahora salivan ante las energías que estos anarquistas del gobierno intervencionista van a prestar a su causa supuestamente.
Menos porque el verdadero movimiento de protesta fiscal tea party contaba realmente con un programa — menos administración pública, menos regulaciones, menos carga fiscal, menos deuda pública. ¿Cuál es el programa de Occupy Wall Street? Comerse a los ricos.
¿Y luego qué? No hemos llegado aún a ese punto.
No hay planes de sobremesa. Pero no importa. Después de todo, no tiene nada que ver con programas ni con políticas. Se trata de buscar chivos expiatorios, de una administración fracasada que trata de salvarse a base de achacar nuestros problemas - y sus fracasos - a clases enemigas, a base de convertir el descontento general en indignación contra unos pocos malignos.
Del Senado a las calles, funciona. Obama es demasiado inteligente para no saber lo que iniciaba. Pero mientras ello le conceda una posibilidad remota de reelección, no muestra ningún signo de que le importe.
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