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Corrupción sin consecuencias
Enviado por Redacción el 1. Noviembre 2011 @ 04:08 En Cuba, Colaboraciones | Ningún comentario
Colaboraciones/ Autoridad y autoritarismo

Cubamatinal/ En el mercado natural todas las acciones son libres y espontáneamente reguladas por los precios: puedo comprar un terreno e instalar cualquier comercio si los precios que implica me resultan convenientes. Cuando aparece la “autoridad” coactiva, llega la corrupción: ya no soy libre de instalar ese comercio sino que existen “regulaciones” impuestas que me limitan.
Por Alejandro Tagliavini
Nueva York, 31 de octubre/ Diario de América/ El principio filosófico de la corrupción está claro. Ya Aristóteles sabía que, la violencia, es aquello que desvía al cosmos de su desarrollo natural es, por tanto, destructiva, corrosiva. Así, la “autoridad” basada en la violencia (como los Estados modernos que, en definitiva, no son sino su monopolio), es necesariamente corruptora. Efectivamente, en el mercado natural todas las acciones son libres y espontáneamente reguladas por los precios: puedo comprar un terreno e instalar cualquier comercio si los precios que implica me resultan convenientes.
Cuando aparece la “autoridad” coactiva, llega la corrupción: ya no soy libre de instalar ese comercio sino que existen “regulaciones” impuestas que me limitan. Es entonces cuando surge la posibilidad de “coimear” al funcionario que decide la cuestión. Y es muy ingenuo pensar que, todos los funcionarios y todos los ciudadanos, irán contra la naturaleza y se abstendrán de realizar aquello que consideran conveniente solo por evitar la “coima”. Resumiendo: a más coacción (violencia), más corrupción, de hecho, la lista de países más corruptos elaborada por Transparencia Internacional casi coincide inversamente con la de mayor libertad económica desarrollada por la Heritage Foundation juntamente con The Wall Strett Journal.
Ahora, como es realmente impensable que la “autoridad” coactiva vaya a desaparecer en lo inmediato, parece cierto lo que escribió el periodista Miguel Ángel Aguilar, en el periódico económico español Cinco Días, que “la corrupción siempre estará con nosotros y a nosotros nos corresponde… reducir al mínimo su coeficiente”. Así las cosas, no hay sorpresa en que aflore por doquier, la sorpresa reside en su aceptación acrítica, en su impunidad, en su falta de consecuencias políticas. A desentrañar esta incógnita se dedicó Víctor Lapuente Giné, asociado a The Quality of Government Institute de la Universidad de Gothenburg. Su trabajo en el ámbito de la política comparada, recientemente hecho público por el laboratorio de la Fundación Alternativas, es un intento por evaluar el efecto pernicioso que conlleva el hecho de que se tolere la corrupción.
Pareciera que en esta democracia no hay “sanción en las urnas”, cosa que probablemente comprobaremos en estas próximas elecciones. Todo lo contrario, los políticos sospechados de corrupción son reelectos con el agravante de que, las urnas, tienen la capacidad de absolver a los candidatos “con la misma fuerza que el sacramento de la confesión devuelve el estado de gracia al penitente”. Lapuente cree que algunos medios de comunicación no son percibidos como con mucho “pluralismo interno” y, en su opinión, el sectarismo con que se inclinan hacia sus preferencias políticas, merma la credibilidad de sus denuncias de corrupción, que se perciben como resultado de campañas orquestadas por los adversarios.
El autor establece cómo se correlaciona la percepción de una elevada corrupción y el deterioro de los indicadores de calidad de vida y de ausencia de buen gobierno. También se pregunta qué explica los diferentes umbrales de tolerancia a la corrupción en distintas democracias que, teóricamente, comparten muchas otras características. Concluyendo que, para reducir la tolerancia, se debería aumentar la independencia de los medios de comunicación, despolitizar las Administraciones públicas y reformar el sistema electoral incluyendo un mecanismo de sanción individualizada a los candidatos o que aumentara la representación de las fuerzas políticas menores.
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