Insulza, un Panzer de gelatina

Latinoamérica/  Le llamaban “El Panzer”, en alusión  a los eficientes y pesados carros de combate alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

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Cubamatinal/ Todo un peso pesado en la política interna chilena, José Miguel Insulza, luego de conducir la cancillería chilena durante un largo periodo, decidió asumir un reto mayor.  Pero al obeso Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), la talla y los retos de la organización le quedaron grandes, muy grandes, desde el principio.  A tal punto que las tendencias centrífugas dentro de ella, desatadas por la coyuntural Alianza Bolivariana, pueden llevar a la desaparición de la OEA.

Por Julio Antonio Aleaga Pesant

La Habana, 15 de junio/ PD/ Hay quien dice que José Miguel Insulza es el gran ganador de la turbulenta 42 reunión de cancilleres de la OEA, celebrada a principios de mes en Cochabamba, Bolivia.  Refiere que el hombrín “logró sacar adelante la Asamblea, pese a la politización boliviana y la evidente dispersión ideológica de América”.  Aguantó a pie firme, con cara de “no es conmigo”, las arremetidas de Correa y sus aliados contra la OEA y sus organismos de derechos humanos.  Pero la cantidad de transgresiones a la decencia política vistas en aquella reunión, el uso del foro público internacional para plantear temas particulares, rechazados por la comunidad de naciones,  los ataques contra el sistema interamericano de derechos humanos, los sistemas de seguridad continental y la libertad de prensa, muestran otra cara de la realidad de la OEA.

La indecencia de los anfitriones llegó a tal nivel que algunos diplomáticos protestaron por la politización boliviana de la Asamblea.  Fuentes internacionales afirman que la mitad de los actos públicos, incluida la ceremonia de inauguración, fueron actos proselitistas, con marchitas indígenas incluidas, a favor del presidente de Bolivia, Evo Morales, quien llevó a sus partidarios “al gallinero” de la sala, para que  aclamaran su discurso, el de Correa o el del canciller de Venezuela, Nicolás Maduro, para dar a los medios una falsa imagen de apoyo.

Pero todo empezó antes.  En las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, la OEA  no presionó con  contundencia a los gobiernos de facto que violaron los derechos humanos y no condenó a tiempo y con la debida fuerza al imperialismo argentino en su afán militarista, primero en el conflicto con Chile por el canal de Beagle y más tarde al invadir las Islas Falklands.  Esa es la permanente espada de Damocles que pende sobre la organización,  empuñada por la izquierda revisionista latinoamericana.
Con esos truenos llegó José Miguel Insulza a la Secretaria General, apoyado por los petrodólares venezolanos y dejando en la contienda diplomática de la elección al mexicano Jorge Castañeda  y al salvadoreño Francisco Flores,  ambos enemigos del populismo castro-bolivarista por enfrentarlo de frente.  Como el que paga manda, y José Miguel Insulza es más blando que la mantequilla en el verano, adelantó desde el principio de su mandato la agenda del bolivariano Hugo Chávez con la introducción del tema Cuba en las reuniones de cancilleres, lo que culminó con la invitación a La Habana a insertarse en el mecanismo continental, el apoyo a la tesis de la beligerancia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC),  el apoyo a  Manuel Zelaya  y el bloqueo al gobierno que buscaba el re encauzamiento democrático en Honduras, además de  la legitimación de los dudosos resultados en las elecciones en Venezuela que entronizaron a Hugo Chávez, entre otras crisis.
Por eso, en esta reunión de cancilleres, la Alianza Bolivariana estableció una estrategia de presión y penetración mucho más audaz y pendenciera.  Comenzó con la invitación a la reunión al presidente de Ecuador Rafael Correa.  Algo inusual, debido a que la reunión es exclusivamente de cancilleres.  Correa dirigió su artillería gruesa contra los Estados Unidos (país miembro), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR), criticó el papel de los medios y su influencia en “la desestabilización de los gobiernos de la Alianza Bolivariana” y hasta habló de liberar a los cinco espías cubanos presos en los Estados Unidos.
Los argumentos y análisis de valor estuvieron basados en la supuesta subordinación de la OEA y la CIDH al vecino del norte.  No observó que la CIDH criticó mas a los Estados Unidos (once veces) y Honduras (doce veces), que a Venezuela (una), Ecuador (una), Bolivia (una), o Cuba (tres).
Las modificaciones al CIDH, propuestas por el grupo de países de la Alianza Bolivariana, son apoyadas por Brasil y Colombia.  Sin embargo, la Alianza pide el desmantelamiento de la Comisión, por ser una piedra en el zapato de sus intenciones hegemónicas regionales.
Los intereses de los latinoamericanistas enfilan más a la desestructuración del sistema interamericano que a la búsqueda de soluciones globales y racionales, para los problemas del continente, como son  el respeto a los derechos humanos, la eliminación de la pobreza, la búsqueda de inversiones de capitales y la competitividad económica con otras áreas geográficas.

Ya en agosto del 2011, Andrés Oppenheimer citaba a defensores de los derechos humanos en el continente, quienes acusaban a José Miguel Insulza de debilitar a la CIDH, que junto con la Corte de Derechos Humanos es el brazo más efectivo y prestigioso de la organización.  El periodista también citaba a José Miguel Vivanco, directivo de Huma Rights Watch, quien  dijo que Insulza encabezaba una ofensiva destinada a restarle independencia y eficacia.

De ahí que un artículo de Antonio Martínez, aparecido en el Nuevo Herald recientemente, indicara al hambre continental como el gran perdedor de la reunión.  Según el texto, “aunque se aprobó una  resolución genérica sobre la lucha contra el hambre y la desnutrición que sufren 53 millones de americanos, el documento es un rosario de generalidades, sin proyectos concretos, metas claras ni plazos, sobre el que los delegados pasaron de puntillas y con prisa”.

¿No puede o no quiere José Miguel Insulza detener el impulso desestructurador del populismo latinoamericano? ¿Es tan duro y victorioso como parece o es simplemente un lacayo de los intereses de la Alianza Bolivariana, a quien le debe el puesto?

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