Opinión/ Repetición: Base de la propaganda en todas ssus vertientes

Cubamatinal/ En 1957, al publicista estadounidense James Vicary, se le ocurrió la idea de introducir propaganda comercial en TV sin tener que interrumpir los programas. Con un equipo llamado Taquinoscopio proyectaba en las transmisiones mensajes en fracciones de segundos que podrían ser captadas por el subconsciente. El mensaje subliminal causó tal agitación en los medios de prensa que el gobierno de EU prohibió su uso. Alegó – en plena Guerra Fría- que podría ser utilizado con fines de propaganda política. La CIA comenzó a estudiar la nueva técnica en secreto.
Por Frank Cosme Valdés Quintana
La Habana, 2 de julio/ Menudo papelazo hicieron el gobierno estadounidense y los medios cuando en 1962 Vicary reconoció públicamente que fue un ardid propagandístico, pues su empresa publicitaria estaba quebrada y que él sabía que el experimento era un rotundo fracaso.
Pero en los 5 años transcurridos, los medios machacaron tanto sobre esto, que habían convertido esta estafa publicitaria en una nueva leyenda urbana. No aceptaron la explicación de Vicary y algunos comenzaron a especular que el gobierno utilizaba este experimento para controlar al público e inducir su comportamiento y que Vicary había sido presionado por la CIA para hacer esa declaración.
Nuevo papelazo, esta vez de los medios, cuando casi 40 años después que esta leyenda creciera hasta convertirse en una verdad absoluta, un investigador decidido a probar que había de cierto en esto, efectuó “23 experimentos” que demostraron con evidencias que estos mensajes subliminales no causan efectos de comportamiento compulsivo. (C.Trapperg A meta-analysis of consumer choice and subliminal advertising, 1996, revista Psychology & Marketing).
No obstante este experimento de 1996, todavía se publican libros, hay sitios Web y alguna que otra prensa ¿seria? aun toca este tema, dándole salud a esta leyenda que continúa latente.
Poco o casi nada tiene de trascendente este tipo de leyendas construidas a base de repetirlas, pero cuando se trata de personajes elevados a la categoría de héroes, santos o intocables, o de la historia real de un país, ya la cosa cambia. Considerando que el público lector de un periódico tiene una serie de derechos frente al mismo, sobre todo a recibir una información veraz y que alguien con suficiente nivel de independencia debe velar por este derecho, se tomó la figura jurídica del sueco Ombudsman, que en ese idioma significa “defensor del pueblo”, para crear en varios medios de prensa del mundo el Ombudsman Press. Por la otra mano, existe el código europeo de Deontología, que reclama el derecho de “exigir información veraz”.
Aunque ya existe en numerosos órganos de prensa, al parecer no se hace uso de este Ombudsman, no funciona, o se ignora por quienes deben exigir del lado de allá una información veraz, sobre todo en el caso de Cuba, que esta defensa existe.
Un judío cubano, nacido en La Habana en 1954 y exiliado junto a sus padres en París en 1963, catedrático en Lengua, Literatura y civilización Hispánica en la Universidad de Aviñón, desde hace años trata de demoler estas leyendas en torno a su país de origen y a personajes claves dentro de este y de hacer el papel de Ombudsman del pueblo de Cuba.
Jacobo Manchover no se mueve en los ambientes hispanos- estadounidenses donde se concentra la mayoría de los autores de libros sobre temas cubanos. Sin embargo, es sorprendente para una persona que se fue de Cuba a los nueve años, cómo expone en sus obras con sólidos argumentos la realidad de este país. Tal vez la doble condición de judío y cubano le haga ver más allá de lo que el común de las gentes puede ver.
Como el Yo Acuso de Emile Zola, su índice señala con nombres y apellidos la complicidad de medios de prensa, intelectuales, presidentes y hasta premios Nobel en la desesperanza que amarga la vida del pueblo cubano. Su último libro, “El Sueño de la Barbarie” (Ed. Atmósfera Literaria, 2012) es prueba de ello.
“Se han dejado llevar por los mismos errores que cometieron con el nazismo, el stalinismo o el maoísmo; la lista de estos intelectuales es larguísima”, comentó en una entrevista.
En medio de la polémica que surgió en torno a su libro “La cara oculta del Che”, contestó: “Es difícil destronar a los santos”.
Y no le falta razón a Manchover. Décadas atrás, Leni Riefenthal, directora de cine y fanática nazi, autora de “El triunfo de la voluntad”, un film que glorificaba a Hitler y al nazismo, fue elogiada por Francis Ford Coppola y Charles Chaplin por su película Olimpiada, sobre las olimpiadas de 1933 en Berlín, en plena efervescencia del Nacional-Socialismo. Después de cumplir prisión por su propaganda del nazismo, siguió filmando en África como si tal cosa. Murió elogiada por la prensa en el año 2003.
Lo mismo sucedió con Albert Speer, conocido con el mote del “arquitecto del diablo”. Después de salir de la prisión de Spandau, se convirtió en millonario gracias a la propaganda que le hicieron los medios por sus memorias.
Curzio Malaparte, Oswald Spengler, Martin Heidegger, Louis Ferdinand Celine, Arno Breker, y el Nobel y premio Príncipe de Asturias de 1999, Gunther Grass fueron defensores del nazismo. H.G. Wells, Jean Paul Sartre, André Gidé, y Albert Camus, (estos tres últimos premios Nobel, defendieron el comunismo stalinista.
Como señalaría Manchover, la lista de los modernos defensores del totalitarismo cubano, como la de los viejos defensores de totalitarismos ya desaparecidos en el excusado de la historia, también sería interminable.
¿Cuál es la causa o que es lo que engendra en estas gentes de todas las profesiones, muchos de ellos brillantes en sus obras, actuar de esa manera tan irreconciliable y contradictoria con su supuesta inteligencia? ¿No funcionará nunca este mecanismo del Ombudsman o el código de Deontología que exija rectificar una información que no es veraz?
No hay respuestas a estas preguntas, hasta ahora, al parecer, casi nadie se percata del daño que hacen.
Ayer como hoy aun se premia a aquellos que ya en el siglo XIX Martí reconoció como “bribones inteligentes”, cuyo desmedido apetito de glorias y de lujo les hace venderse a las tiranías. Y es lo único que hasta ahora se ha podido hacer: identificarlos. Nada más.


