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La ruta del esclavo

Debate/ Racismo en Cuba

Cubamatinal/ Se inauguró en el castillo de San Severino, en Matanzas, el Museo La Ruta del Esclavo. Todo está bien, se acabó el racismo en Cuba. El estigma de la esclavitud hace que prevalezcan aún prejuicios y estereotipos, pero hoy todos nos sentimos miembros de una raza. Todo no fue más que un falso dilema negro-blanco puesto en claro por algunos de nuestros próceres y resuelto definitivamente por la revolución.

Por Hildebrando Chaviano

La Habana, 28 de junio/ SDP/ Esto es simplismo y lo demás bobería. La realidad supera todo lo imaginado. Como en la novela de George Orwell, Rebelión en la Granja: “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

El fenómeno del racismo en Cuba no se puede achacar sólo al hecho inobjetable de la esclavitud impuesta por los colonizadores europeos en América y por los españoles en nuestro país en particular, al igual que no se puede decir que los hechos delictivos que se producen a diario en nuestro país se deben a “lacras del pasado”.

Las condiciones socio-económicas son diferentes, todo ha evolucionado o se ha revolucionado, según sea el caso, pero no se puede culpar a la sociedad esclavista imperante hasta el siglo XIX, cuando el negro constituía una minoría iletrada, de que en la Cuba del siglo XXI, con un 60% de negros y mestizos, estos sólo constituyan el 5% de la fuerza laboral vinculada al turismo internacional y otras actividades relacionadas con firmas extranjeras, mientras participan en alrededor del 70% de las actividades del sector puramente estatal. En este propio sector estatal, sólo alrededor del 35% de los puestos de dirección son desempeñados por negros y mestizos. Por otra parte, el 80% de la población penal pertenece a la raza negra.

En cuanto a su participación en la dirección del gobierno, tenemos la siguiente situación:
-Buró Político del PCC: 17%
-Secretariado: 4%
-Consejo de Estado: 35%
-Consejo de Ministros: 8%
-Asamblea Nacional: 36%
-Asambleas Provinciales: 35%
-Alta Oficialidad de las FAR: 10% (VER NOTA)

Este país es mestizo con un tinte más bien oscuro, pero los blancos siempre han sido protagonistas en cuanto detentar el poder y acceder a las riquezas. Los derechos de los negros han sido históricamente conculcados de una u otra manera. Los blancos han usado la fuerza o la maña para que el poder nunca escape de sus manos, mostrándose incluso paternalistas y condescendientes para con los negros, como si esta actitud no constituyera otra manifestación de racismo.

La Revolución Socialista Cubana es una revolución blanca, con la participación de toda la sociedad, pero para provecho del blanco fundamentalmente. El racismo sobrepasa las ideologías, no puede ser analizado como una categoría política más dentro de un proceso revolucionario, es en sí un fenómeno que requiere ser asumido en toda su magnitud y no diluirlo en la llamada lucha de clases. En nuestra sociedad socialista, el obrero blanco y el obrero negro no son iguales. Uno es obrero, el otro es obrero y negro. La solución definitiva al problema del negro en Cuba no puede ser asumida desde un punto de vista clasista, sino racial. Hay que tomar al toro por los cuernos. Blancos y negros debemos atenernos a nuestras responsabilidades y trabajar unidos dentro de nuestra diversidad.

No tenemos que ser iguales, pero aquí estamos, unos traídos por la fuerza y otros venidos en busca de fortuna. Aquí vamos a seguir porque este país es de todos. Los negros aspiramos a la verdadera justicia sin que tengamos que resignarnos a ser negros buenos y agradecidos.

Nota: Datos estadísticos tomados de ¨Afro-Cubans: Powerless Majority in their own country.” Cuba Facts Issue 46 march 2009 ctp.iccas@miami.edu
Lea otros enfoques a debate sobre el tema:

1- A propósito de un artículo de la revista Bohemia

2- El Centenario de la República

3- Hablemos otra vez de racismo

4- De verdades a medias a la “acción negativa”

A próposito de un artículo en la revista “Bohemia”

Cultura/ Debate etnográfico

Por Dimas Castellanos

Cubamatinal/ En el número 14 de 2007, Bohemia publicó un artículo titulado “Cuba 1912. La masacre racista”, en el cual su autor, Pedro Antonio García, realiza un conjunto de afirmaciones y planteamientos que —aunque nos separan dos meses de su publicación— por la vigencia del tema invitan al diálogo. Entre los criterios emitidos por el autor me limitaré a cuatro. 

Carlos Manuel de Céspedes fijó como objetivos fundamentales del levantamiento “la obtención de la independencia absoluta y la conquista de la justicia social”. La historia la hacen los hombres en dependencia de sus ideas e intereses y Céspedes no escapa de esa máxima. Sencillamente, la obtención de la independencia era imposible sin el apoyo de los esclavos. El deseo, manifiesto en la Declaración de Independencia acerca de la “… emancipación gradual y bajo indemnización de la esclavitud”, refleja claramente los intereses de los hacendados poseedores de esclavos. 

Dos meses después de iniciada la Guerra, Céspedes declaró que la abolición sería uno de los primeros actos del gobierno una vez conquistada la independencia. Sin embargo, para conciliar esa declaración con los intereses de los amos, dictó una orden a los jefes revolucionarios para que aceptaran en sus filas a los esclavos ofrecidos por sus dueños y certificaran su propiedad, así como que los amos pusieran a sus esclavos en función de la guerra sin liberarlos, de tal manera que gozaran del derecho de indemnización después de la independencia. 

Es bueno recordar que mucho antes del denominado “Grito de Yara”, los negros esclavos venían luchando con su propia agenda contra la esclavitud; agenda que coincidió en 1868 con la de los hacendados. Así, los dos propósitos básicos declarados eran independencia y abolición. Para los esclavistas cubanos de la zona oriental, en franca bancarrota económica, la libertad de los esclavos era un medio y la independencia de España el fin. Entre esa realidad y la conquista de la justicia social había un gran trecho. 

“La gran burguesía cubana trataba de parecerse cada día más a sus amos yanquis”. Atribuir la conducta racista de la burguesía cubana al intento de parecerse a “sus amos yanquis” es simplificar un asunto más complejo. La discriminación y consecuentemente los prejuicios raciales que devinieron parte de nuestra cultura, tienen sus raíces hundidas en el tiempo en que los negros eran cazados en África, comprados como mercancías y tratados como animales. Es cierto que las tropas norteamericanas, procedentes de un país donde la discriminación era más fuerte que en Cuba, fortalecieron esos hábitos ya existentes en la Isla y que ello ayudó a enraizar el favoritismo hacia los blancos, como se reflejó en la escasa participación de los negros en el gobierno, en instituciones públicas, en la Guardia Rural, en la Policía Nacional y en la Artillería. 

Tan enraizada era esa cultura discriminatoria que figuras ilustres de nuestra historia, como Enrique José Varona, quien llegó a declarar, respecto de los negros, que “el haber luchado por Cuba no les daba necesariamente derecho a un trabajo en el gobierno, pues las necesidades de la paz son diferentes a las necesidades de la guerra”. De los independientes de color a la revolución 

Fueron legisladores negros, temerosos de perder su base política, quienes se prestaron para la ilegalización del Partido Independiente de Color. Esta afirmación carece de fundamento. Martín Morúa Delgado, conjuntamente con Antonio González Pérez y Tomás Recio elevaron la Enmienda al Congreso, la cual fue aprobada, primero como Enmienda y después, como parte de la ley de reforma electoral, convertida en ley. A partir de ese momento los negros miembros del Congreso se opusieron a la abrogación de la Enmienda. 

El propio Juan Gualberto Gómez, que defendía el asociacionismo, junto al resto de los congresistas negros, se opuso a la creación de un partido de una sola raza y firmó el 1 de junio de 1912 una declaración de apoyo al gobierno. Morúa, por su parte, enarbolaba esos criterios desde fines del siglo anterior y por ello antes se había opuesto a la formación del Directorio de Sociedades de Color organizado en 1892. Si la conducta de Morúa acerca de la existencia de organizaciones de una sola raza databa de unos 30 años antes, esa misma conducta no puede atribuirse tan fácilmente al temor de perder su base política. 

“La discriminación racial persistió hasta 1959″. Tan alejada está de la realidad esa afirmación que la discriminación racial no sólo permaneció después de 1959, sino que hoy, 48 años después, sigue presente. Junto a los “beneficios de la revolución”, los negros perdieron los insustituibles instrumentos cívicos que habían propiciado el lento avance alcanzado. 

Expulsado de los espacios públicos, el racismo se refugió en la cultura y permaneció en espera de mejores tiempos. El espejismo ante tan espectacular y significativo “logro” condujo a la errónea decisión de eliminar el debate público acerca del tema, que gracias al derecho de asociación y a los espacios en la prensa escrita, había tenido en la República una influencia positiva en el azaroso avance hacia la igualdad entre cubanos. 

Hay que ir al grano, y eso comienza por reconocer la persistencia de la discriminación racial en la Cuba de hoy, buscar y debatir sobre sus causas, plantear posibles soluciones, participar, desde la prensa, en la formación de una nueva cultura de integración para coadyuvar a que arribemos definitivamente a esa comunidad inconclusa, de intereses y de fines, que es la nación cubana. 

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