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Madrid ¡Oh cielos!

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Foto de Chema Madoz

Cubamatinal/ París, 30 de Julio de 2010.

Querida Ofelia;

El dicho “De Madrid al cielo y desde allí un agujerito para verlo” data de finales del siglo XVIII, cuando las mejoras urbanísticas y embellecimiento de la villa y corte impulsados por Carlos III, rey y alcalde, habían hecho de Madrid una ciudad placentera para vivir.

Las positivas connotaciones de la expresión son las que han determinado que sea también el título de esta exposición de fotografías que se muestra en la terraza de la azotea del Círculo de Bellas Artes, hasta septiembre de 2010, coincidiendo además con la conmemoración del centenario de la Gran Vía.

La exposición permitirá conocer la obra de grandes fotógrafos y animará a los ciudadanos y visitantes de Madrid a contemplar su cielo, disfrutarlo con plenitud y a ser más conscientes del patrimonio que supone.

En los últimos cincuenta años y hasta nuestros días, muchos fotógrafos han realizado su trabajo en Madrid. Algunos porque nacieron aquí, otros porque desarrollan su carrera en esta ciudad y otros porque sucumbieron temporalmente al magnetismo del cielo y su luz.

Los autores de las fotografías muestran su punto de vista particular, en algunos casos de forma explícita, dando al cielo gran protagonismo sobre la composición, otros implícitamente, retratando la atmósfera resultante de los singulares cielos que ofrece Madrid. La selección de autores se ha hecho apostando tanto por autores consagrados como por artistas emergentes, siempre buscando la variedad y la calidad de los trabajos.

Las obras se exhiben con materiales especiales para permanecer a la intemperie, bajo la influencia del homenajeado. De esta original manera se pueden contemplar, entre otras cosas, la atmósfera de los contraluces de Catalá-Roca; los espectaculares amaneceres y atardeceres de José María Mellado; y la masa de aire que rodea a los personajes al límite de García Alix.

Luz, ante todo, luz, esto es Madrid.

Texto de Luis Pereira

«Esta bóveda celeste que sobrevuela nuestras cabezas, techo original y primigenio, resulta inmenso aun cuando los edificios dificultan su contemplación; magnánimo e infinito cuando se retiran las nubes y el sol llega a su cenit; majestuoso y velazqueño cuando lo acompañan; sublime cuando hace viento; grandioso y piadoso cuando amenaza tormenta y finalmente nos empapa, porque falta hace; distinto cada día, siempre imponente y siempre con esa luz especial que lo caracteriza; este cielo que siempre está presente, que en ocasiones culpamos de nuestros propios errores, símbolo del más allá para muchas culturas, es el denominador común de cuantos lo atesoramos y de quienes están de paso, porque el cielo de Madrid fascina y se anhela. El cielo madrileño, espacio indefinido y descomunal, venerado lugar al que cada mañana consultamos nuestro vestuario, que siempre nos escolta y que tanta fama aporta a la ciudad que reposa a sus pies, recibirá con esta exposición de fotografía un merecido homenaje.»

La azotea del Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la exposición Madrid: ¡Oh Cielos! Es un verdier homenaje de los mejores fotógrafos de España al cielo de Madrid. Se podrá visitar hasta el 5 de septiembre de 2010.

Comisariada por Luis Pereira, la exposición Madrid ¡Oh cielos! muestra fotografías de Ramón Masats, Chema Madoz, Cristina García Rodero, Javier Vallhonrat, , Alberto García-Alix, Ouka Lele, Francesc Catalá-roca, Luis Baylón, Paco Gómez, Valentín Vallhonrat, Manuel Sonseca, José Manuel Ballester, José María Díaz-Maroto, José María Mellado, José Manuel Navia, Julio Álvarez Yagüe, Juan de Sande, Fernando Manso, Rosa Muñoz, Ciuco Rodríguez, Pasquale Caprile, Luis Vioque, Félix Lorrio, Jordi Socias, Thomas Kellner, Antxón Hernández, Bernardo Aja, Sergio Moya, Primoz Bizjak y Julio Sacristán.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo,

Félix José Hernández.

Turistas en París

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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 Cubamatinal/  París, 21 de agosto de 2010

Querida Ofelia;

Cuantas veces en el extranjero he escuchado la celebérrima frase: “los franceses son pretenciosos y arrogantes” o “se creen que son el ombligo del mundo.” Cada vez me he tenido que lanzar a dar explicaciones sobre que las numerosas familias galas que conozco, mis amigos y colegas, son personas acogedoras, simpáticas, amables, etc. He explicado durante tres décadas que esa horrible y falsa imagen la dan los empleados de los lugares que visitan los turistas en París: bares, cafés, restaurantes, hoteles, tiendas, etc. Claro está que si esos lugares son de lujo, ¡los empleados son de una gentileza exquisita!

Me ha ocurrido, acompañando a familiares o amigos procedentes de: los EE.UU., Italia, España, Puerto Rico, México, etc.

Este mes pasamos una semana en Italia, recorriendo Toscana y otra en España por el Principado de Asturias. Al vernos tratados como corresponde a nuestro comportamiento le dije a mi esposa: en el marco de la Formación Continua, los patrones parisinos deberían enviar a sus empleados a pasar un mes a trabajar en un bar, un restaurante o un café de Florencia y a los empleados de tiendas de La Ciudad Luz a trabajar un mes en El Corte Inglés, de cualquier ciudad española, para que aprendan lo que significa tratar al público.

Te lo cuento  para darte dos ejemplos significativos de cómo son tratados los turistas en la que sin dudas es la ciudad más bella y culta del mundo.

Entramos a los grandes almacenes BHV y decidí hacer unos regalos para los despachos de mi hijo y su esposa. Seleccionamos varios artículos que estaban en presentación sobre los empolvados estantes. El empleado nos trajo las cajas cerradas. Cuando le pedí que las abriera para ver si los artículos estaban en buen estado, se negó rotundamente. Le aseguré  que los iba a comprar y que sólo si tenían algún defecto no lo haría. Me dijo que si tenían algún defecto podría traerlas de nuevo a la tienda. Insistí en que no valía la pena que los llevara a casa en Santo Domingo –mentí- y después los devolviera desde allá. La escena era tan ridícula, que daba pena. Al fin el empleado fue a hablar  aparentemente con  su jefe, el cual lo autorizó a abrir las cajas para que pudiéramos ver el estado de los objetos. ¡Cuánto tiempo perdido inútilmente frente al obcecado empleado de mirada más que despreciativa ante los “turistas”, pues al oírnos hablar castellano entre nosotros de seguro que así lo creyó!

 Estábamos paseando ayer con nuestro hijo, su esposa y nuestros dos nietos de un año y tres años de edad. Después de bajar por las fuentes de la Colina del Trocadero, dar un paseo en yate por el Sena y pasar por la Torre Eiffel, decidimos ir a almorzar al Café Castel, a sólo dos cuadras de la famosa  torre, en la Avenue de Suffren. El recibimiento fue glacial:

-Aquí los coches de niños molestan- dijo el primer camarero que vimos al entrar.

-Este coche se puede plegar y usted lo puede guardar hasta que nos vayamos-le respondió mi hijo.

-Está bien, pero no tenemos sillas especiales para los niños- agregó el arrogante camarero.

Al fin nos dieron una mesa (éramos turistas, pues hablábamos entre nosotros en castellano). Mi esposa sentó en sus piernas a nuestro nieto y lo mismo hizo mi nuera con la niña.

Llegó el camarero y lanzó sobre la mesa cuatro “menú.” Pedimos tres croque Monsieur, un croque Madame, jamón y patatas fritas. Cuando el camarero supo que no queríamos vino ni alcohol, recogió molesto los “menú” y se limitó a poner sobre una servilleta de papel un tenedor y un cuchillo que hizo desplazar desde un sólo lado de la mesa sin mantel aunque fuera de papel, sin pasar alrededor de ella. La comida estaba fría. Decidimos irnos a comer el dulce y tomar café a otro lugar.

Pero nos sorprendió cuando antes de terminar de comer nos preguntó si queríamos postres. Al decirle que no, fue a la caja, trajo la cuenta y la puso en el centro de la mesa en un plato de plástico rojo.

Mi nieto no había terminado de comer, cuando el camarero vino y nos preguntó insolentemente: ¿Ya terminaron? Pregunta que repitió unos tres minutos después.

Le pedí la tarjeta con la dirección del restaurante (que aquí te reproduzco). Me respondió: “si hay, están sobre el mostrador.” Allí fui y un barman muy extrañado me la dio.

No sé si alguno de los redactores de la famosa Guide Rouge Michelin, que clasifica los restaurantes franceses  con estrellas según la calidad del servicio y de la comida haya pasado por este café. Pero yo no le daría ni siquiera una sola de las cinco puntas de una estrella.

Comprenderás ahora el daño que hacen ciertas personas a la imagen no sólo de una espléndida ciudad, sino también a la de todo un pueblo.

Un gran abrazo de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.
 

Vivian Gude. De chiripa al destierro.

Cartas a Ofelia/ Memorias de la diáspora

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Imagen de la película Cuba Baila

Cubamatinal/ París, 4 de agosto de 2010.

Querida Ofelia;

El 17 de julio nos encontrábamos en el bello ático londinense de nuestra querida amiga Cecilia Borge Betancourt (de la cual ya te envié el testimonio). Se encontraba entre los invitados  una señora residente en Miami, de sonrisa contagiosa y gran sentido del humor. Mientras brindábamos con champagne a la Libertad de nuestra lejana Patria, observaba la gran cúpula de San Pablo, que dominaba el panorama desde la terraza. Le propuse a la  Sra. Gude que me escribiera su testimonio sobre cómo había logrado alcanzar la Libertad. Ella aceptó amablemente, lo recibí hoy y aquí te lo envío.
 

Vivian Gude-“Mis compañeros de compartimento estaban nerviosos, aunque yo no sabía por qué. Sus bultos, paños que envolvían quién sabe cuántas cosas, asomaban sobre las parrillas, se sumaban a abuelos, tíos, nietos; eran unos pobres yugoslavos, “trabajadores invitados”,  que regresaban de unas vacaciones a su Patria a seguir la existencia laboral a la que ningún sueco aspiraba.

Esperábamos el cambio de autoridades de inmigración en alta mar, a medio camino entre Sassniz, el puerto de Alemania del Este, y Trelleborg, Suecia. El rostro del alemán, de ojos turbios por la sospecha y la mala idea, fue sustituido por uno de ojos claros, cristalinos, encima de un cuerpo donde todo parecía en su lugar, pulcro, en orden, sin deberle nada a nadie.

-¿El pasaporte?, me dijo.

Yo venía armada de cartas de invitación, de recomendación, de… cualquier cosa que pudiera demostrar que yo era una buena ciudadana, obediente, sí, que ni siquiera hubiera podido pensar en nada malo, nada fuera del orden, de las regulaciones, del permiso para vivir en Berlín, de la inscripción en el libro del edificio en que vivía, del registro de la policía más cercana, de la cancelación en ambos registros si iba a estar de viaje más de tres días fuera de mi casa, con pertinentes registros en libros de los edificios y de la policía de mi visita temporal… Sin ninguna idea de saltar un muro, o engañar a los enormes perros pastores alemanes que custodiaban los puntos de entrada a Berlín Occidental, el anticristo, el Diablo Capitalista.

Sin respirar estudiaba tensa la reacción del oficial ante mis cartas, “las cartas”, que todos los cubanos  conocemos. Las que acreditan nuestro pasado revolucionario, nuestra probidad moral, las buenas intenciones de nuestra visita, el derecho a cambiar de casa, a comprar cualquier cosa, a irnos de vacaciones,  a poseer una batidora, incluso a librarnos de un exhibicionista en un cine de pulgas…

El oficial fue desplegándolas y volviéndolas a plegar una por una, devolviéndomelas, apenas leía el primer párrafo, sin prestarles ninguna atención.

Abrió el pasaporte, lo hojeó y llegó a la página de la fotografía. Me miró para cerciorarse de que yo era la misma que allí aparecía y sacó su cuño. Con un “bang” que a mí me pareció que resonaba en todo el vagón del tren montado sobre el ferry, colocó decidido el sello de entrada sobre el pliego.
 

-“Bienvenida a Suecia”, me dijo.
 

Por obra y gracia de ese sencillo gesto, por primera vez desde que la gesta de la Revolución Cubana –así escrito, de manera auto-pomposa- había comenzado seis años atrás, el mundo se volvía un lugar fácil donde se podía respirar, alegrarse, bailar, crear, vivir, amar, en fin, sin di-fi-cul-ta-des.

Hasta el día de hoy eso es para mí la Libertad: el poder vivir en el mundo de una manera fácil, guiada tan sólo por el sentido común,  la lógica y, claro, la buena suerte.

Porque lo que había comenzado seis años atrás había sido un proceso en que gradualmente se habían perdido la lógica, la cordura, la justeza, la justicia, pero sobre todo el sentido común.

Yo soy uno de los raros casos de una ciudadana cubana que fue prácticamente desterrada. Hasta en eso la vida me ha bendecido.

El triunfo de la Revolución –así, en letras minúsculas- fue parte de lo más preciado de mi primerísima  juventud. Tenía quince años, recién me había mudado sola, había comenzado como actriz en el grupo Teatro Estudio, inauguraba mi primer amor y, como colofón, me encontraba en el centro mismo de un huracán que había barrido con el mundo de violencia y corrupción que habían sido el marco de los últimos siete años de mi vida y de la vida de todo cubano.

Yo no pertenecía a la familia del “tuvo”. Mi familia era clase media baja y nunca tuvo nada. Tampoco conocí a nadie que hubiera perdido nada.

Mi percepción de lo que se auguraba como justicia social pasaba por el filtro de un juez que por fin había amenazado con cárcel a mi padre si le volvía a pegar a mi madre y le quitaba la custodia de sus tres hijos- derecho con el que mi padre saboteaba nuestras posibilidades de conseguir trabajo-, y por la reducción a la mitad del alquiler de un apartamento que mi madre malamente pagaba.

Además, estaba en Teatro Estudio. Yo me había inscrito en el grupo para formarme como actriz en la técnica de actuación de Stanislavski (“El Método”), sin saber que éste, bajo la dirección de Vicente Revuelta, formaba parte de la Sociedad Nuestro Tiempo, ala cultural del Partido Socialista Popular (partido comunista cubano). A falta de otros núcleos de activismo cultural, Teatro Estudio se convirtió desde los primeros momentos en base generadora de la nueva “cultura revolucionaria”.

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En mi papel en el filme “Cuba Baila”

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 Foto  para la promoción del filme, 1961.

Conocer esto es importante para entender por qué  tardé tanto en distanciarme totalmente de la Revolución. Los sueños más caros de mi primera juventud estuvieron indisolublemente ligados a los comienzos de ese proceso político-social. Y creía en sus ambiciones redentoras.

La revolución, además, me había impulsado hacia adelante, quemando muchas de las etapas por la que tiene que atravesar un joven en su camino.

Coprotagonicé la primera película post-revolucionaria (Cuba Baila) y asistí al Festival de Moscú de 1961 como “estrellita” a los apenas 17 años. Un par de años más tarde llegué a ser la directora de teatro de la dirección Nacional de la Infancia y la Juventud del Consejo Nacional de Cultura. ¿Cómo no involucrarse con un movimiento que había puesto los  jóvenes a la cabeza? ¿Cómo no sentir el “llamado de la historia” cuando te dicen que el futuro del teatro de tu país está en tus manos? ¡Estoy segura de que si me hubiera estirado un poco hubiera podido alcanzar las estrellas!

Mientras tanto se nombraba “Comisario de Cultura” a gente deplorable como Edith García Buchaca, ex secretaria del Partido Socialista. Y Buchaca  nombraba Director Nacional de Teatro a Amanecer Dotta (se los juro, ese era el nombre de este uruguayo vende-enciclopedias, por demás, casado con Libertad de Nacimiento; no lo estoy inventando). Una columna vertebral de servilismo y oportunismo empezaba a articularse en el Consejo Nacional de Cultura como en los distintos ministerios que regulaban la actividad pública.

Sin embargo, yo creía.

Las irregularidades e injusticias que ya comenzaban a hacerse notorias a mi alrededor yo las justificaba como errores pasajeros, pues  El Gran Timonel no sabía lo que ocurría. También pensaba que quizás los relatos no eran ciertos. En última instancia, no lograba entender el sentido de lo que estaba ocurriendo.

Pero en el año 1964 una intensa presión comenzó a sentirse desde todas direcciones. Era una falta de oxígeno, una turbiedad, un ambiente descabellado, sin sentido: la sensación de asfixia y opresión era generalizada. Yo la percibía, pero todavía no la resentía porque no le podía dar nombre y apellido.

Dicen que Mario Rodríguez Alemán, el crítico de cine, mi profesor y mi colega en la Escuela Municipal de Arte Dramático se quejó durante muchos años después de mi partida de la barbaridad que me habían hecho. Y fue una barbaridad.

Yo tenía veintiún años, estaba en las nubes del idealismo más noble, prístino e ingenuo, cuando un estúpido problema de revancha personal, generado por una de nuestras “hermanas latinoamericanas”, me precipitó de manera violenta al vacío de la ignominia, la vulgaridad, lo absurdo y lo turbio: la campaña “moral” que precedió a las UMAP (Unidades militares de ayuda a la producción).

Motivada por un discurso de Castro contra los jóvenes que usaban pantalones muy estrechos (los tildó de “decadentes”), se convirtió en una cacería de brujas, donde ser artista resultó ser sospechoso, y artista era todo aquel que hablara de una forma que los agentes del poder callejero no entendiesen demasiado bien. Al Departamento de Lacras Sociales fueron a parar, al menos por algunos días,  prácticamente todos los artistas e intelectuales de aquella época.

Salí de allí espiritualmente quebrada y sin saber ya qué pensar. La sensación de opresión, de asfixia se me hicieron más patentes. Pero yo seguía creyendo, confiando, queriendo lo mejor para mis semejantes.

Después de todo no renuncia una fácilmente, o al menos los jóvenes de mi generación y lugar no renunciábamos fácilmente a creer que podíamos cambiar el mundo, hacerlo un lugar más justo y verdadero.

Los bienes materiales para mí no eran lo más importante.

Aunque encontraba tan sólo, bien espaguetis  blancos, bien merluza, bien pata o rabo de puerco para comer y tuviera que inventar, como todas las muchachas cubanas, como lograr un par de zapatos nuevos y a la moda de una cartera vieja, e improvisar un overall que había encontrado en una tienda de campo con una camisa de mezclilla y unas sandalias burdas para lograr una apariencia de cierta originalidad.

Las ideas y las intenciones me alimentaban y me guiaban. Y yo quería justicia y justeza para todos los cubanos.

Entonces quise formarme como directora de cine. Pero en el instituto del cine dirigido por una diva homosexual –el brillante, Alfredo Guevara- las mujeres no augurábamos nada serio. Menos aún si se era actriz, que era como declararse seso-hueco. En el ambiente “igualitario” cubano las mujeres nunca llegaron a nada en el cine (Sara Gómez murió de un ataque de asma cuando, por fin, después de no sé cuántos años en el departamento de didáctico-populares había logrado su primer largo metraje).

La respuesta de Guevara a mi solicitud de ser, sencillamente asistente de dirección, fue que “tenía que aprender cine primero”. Como en Cuba la única forma de aprender cine era haciendo cine en el ICAIC, decidí que la única opción posible era tratar de estudiar en el extranjero.

Yo salí de Cuba en el otoño de 1965 hacia Alemania del Este pensando que quizás, con esfuerzo personal, podría lograr una beca para estudiar cine en ese país.

Poco sospechaba yo que los países socialistas otorgaban becas sólo a ciudadanos de aquellos países que “no están convencidos”, es decir, ganados para el socialismo, que las mismas se utilizan con fines de propaganda y de penetración en los países cuyos ciudadanos las obtienen. Cuba ya estaba “ganada”, por lo tanto, las becas sólo eran posibles mediante intercambio a nivel gubernamental.

Sin embargo, en aquel año 1965 cuando el Partido Socialista de Cuba recién comenzaba a organizarse en el Ejército y las estructuras cubanas todavía padecían de cierto caos, yo creía en el esfuerzo personal y la buena suerte.

En aquel otoño del 1965, en el puerto de La Habana, apenas cumplidos los 22 años, me embarqué en el crucero ruso Druzia en compañía de un personaje al que he preferido olvidar y que por entonces era mi novio.

Mi madre parecía muy entusiasmada con mi perspectiva de conocer mundo.

Aunque no me tocó vivir el desgarramiento, por ejemplo, de mi hermana, que tuvo que tomar la decisión de irse de Cuba con su esposo e hijo pequeño  pensando que jamás volvería ver a nuestra madre y a su Patria, pasar por la experiencia de la “pecera” y del pequeño osito que quisieron quitarle der la mano a su hijito de apenas  un año y medio, yo tuve la intuición de que jamás volvería a regresar.

Mi buena estrella, sin embargo, me amortiguó el dolor:  me decía que una vez que terminara los estudios iba a regresar. No salía hacia el exilio: yo iba a estudiar.
Quince meses, en total, viví en Alemania Oriental luchando, primero, por obtener una beca para estudiar dirección de cine; después, por sencillamente sobrevivir mientras se me ocurría algo.

A mi partida de Cuba pensé que si algo me salía mal, tanto en el plan para estudiar como en mi affair personal, siempre podía regresar a Cuba.

Cuando se hizo evidente que no iba a tener la oportunidad de estudiar y mi affair se fue a bolina, me dije que no podía regresar a Cuba derrotada. De alguna manera yo había quemado mis naves.

Mis quince meses en Alemania del Este son un testimonio de la solidaridad humana y  de la calidez que tanto se les niega  a los germanos (ver las páginas de mi blog http://viviangude.blogspot.com/2009/01/parte-iii-una-pea-de-bohemios.html y http://viviangude.blogspot.com/2009/01/parte-ii-viviendo-sobre-un-polvorn.html ). También de los peores aspectos de un sistema socialista. 

Porque para vivir en Berlín Oriental, siempre a unos cuantos pasos de Berlín Occidental,  se necesitaba un permiso especial, que yo no tenía. Durante meses viví sobre una caldera llena de dinamita puesta al fuego, y si no me reventé con ella fue gracias a todos esos amigos, vivos y difuntos, alemanes, (aunque había un portugués), que hicieron todo por ayudarme.

Yo resulté ser probablemente la única ciudadana de un país socialista viviendo en otro país socialista… de forma totalmente privada.

Cada mes estaban a punto de deportarme a Cuba, en medio de salidas y entradas a hospitales porque el frío húmedo, decididamente, no le gustaba a mi organismo.

Mantenía mi contacto con la legación diplomática (en aquel tiempo la embajada cubana estaba en Berlín Occidental) y fue gracias a la misma que conseguí el consejo de uno de los cónsules de que mi madre debía tratar de enviarme el pasaporte común, que se había varado en Cuba, por medio totalmente privado, para que yo pudiera viajar a Suecia a invitación de un amigo. Según el cónsul –y muy en línea con toda la arbitrariedad cubana, “no podían enviarme mi pasaporte por vía oficial”.

Dicho y hecho, mi familia consiguió meterme el pasaporte en una caja de puros habanos que, por ironías del destino, fue a dar a un baúl de escenografía del ballet El Lago de los Cisnes, que partía en gira con el Ballet Nacional de Cuba.

Las peripecias del pasaporte en la caja de cigarros a bordo de ese baúl de escenografía fueran risibles si no hubiesen sido tan angustiosas; su periplo terminó de forma abrupta cuando en un pueblo alemán cuyo nombre ya no recuerdo… se robaron la caja de habanos.

La Seguridad del Estado de Alemania Oriental, los segurosos que acompañan al Ballet de Cuba, su directora, todos se reunieron alrededor de una mesa, me miraron fijamente en los ojos y me dijeron: 

-¿Y por qué su madre envió oculto ese pasaporte?

Como toda batalla está perdida de antemano para todo ciudadano de un país socialista totalitario, decidí soltar prenda.

-Yo recibí estas instrucciones del mismo Cónsul. El está al tanto del asunto”, les dije.

-Quédense con el pasaporte, pero háganselo llegar al cónsul.

Intuitivamente sabía que ese no era el final de nada sino apenas el principio de todo.

A los cuatro días llamé al cónsul quien, al yo pedirle el pasaporte que había recibido siguiendo sus propias instrucciones, me dijo que “había recibido instrucciones ‘de arriba’ que no me lo podía dar”.

Lo que siguió fueron tres meses de agonía en los que, cada llamada para conocer las noticias “de arriba”, me mandaban directo al hospital con un ataque de gastritis. De ahí data mi resistencia a iniciar llamadas telefónicas, un mal que padezco desde entonces.

Finalmente, al cabo de tres meses, el cónsul me entregó el pasaporte y me dijo que me podía ir a Suecia. Me adjuntaba, además, una carta indicándoles a las autoridades de Alemania del Este que Cuba me daba permiso para dejar el país.

Nunca he sabido qué fue lo que pasó, qué magia se obró, quien y por qué autorizó mi salida, pero lo abrupto de ésta llevó a mi hermana a escribirme más tarde una carta felicitándome ¡por haberme saltado el Muro de Berlín!

Cuando me subí al tren en Friedrichstrasse con destino a Sasssniz, en el mar del Norte, estaba segura de que me iban a bajar antes de que partiera; luego, que en cualquier momento me iban a bajar. Después sospeché que me iban a crear la ilusión de que podría abandonar el país para bajarme del ferry en el último minuto.

Con todo y que seguía creyendo en mis ideales, sabía ya, intuitivamente, que la capacidad de arbitrariedad, maquinación y crueldad que ejercían los hombres que detentaban el poder era prácticamente infinita. Más que eso: sentía el vaho de esas criaturas sobre mi cuello gozando del ratoncito que tenían arrinconado.

Llegué a Estocolmo un diciembre del año 1966 en medio de copos de nieve grandes como pesetas y apacibles como el país.  Varios Jultomte (el Santa Claus nórdico) vestidos de rojo, con zapatos suecos, repartían propaganda de oposición a la Guerra de Vietnam. A esas fechas el asunto no me era familiar y no entendía el sentido de lo que estaban haciendo. Pero Estocolmo olía a panecillos dulces de jengibre, a paz, a claridad, a diafanidad. En fin, a Libertad.

A los tres meses envié una carta al susodicho cónsul cubano pidiendo permiso para visitar Alemania Oriental  “sin causarles engorros a ellos o causármelos a mí”. Era un test para saber dónde estaba en realidad con respecto a Cuba.

Sin haber escrito ningún documento renunciando a la ciudadanía cubana y sin tan siquiera haber hecho ninguna declaración pública contra el régimen de Cuba, recibí la siguiente misiva:

“Ciudadana, Por medio de la siguiente le comunicamos que se ha procedido a cancelársele su pasaporte por deserción”.

Así me convertí yo en una de las pocas -o quizás única- de las personas desterradas por el gobierno castrista.

Como les dije, estoy bendecida por los dioses; ellos se encargaron de sacarme de Cuba sin tan siquiera verme obligada a tomar la decisión. Si me hubiera quedado, hace rato estuviera presa o muerta. Me ahorraron el desgarramiento, el dolor.

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Cartel del filme Ballad, 1968.

Al año y algo estaba protagonizando una película, Ballad, dirigida por Goesta Aagren y producida por el Instituto del Cine Sueco,  y unos meses más tarde era aceptada para los estudios de dirección de cine en  la prestigiosísima Escuela de Cine del Instituto de Cine Sueco, cuyo fundador fuera Ingmar Bergman. Me convertí en titular cultural de los periódicos: “La estudiante con más méritos”, decían.

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Recorte de periódico cuando fui aceptada en la escuela de cine, 1968

Hice mi debut como directora en un filme para la Televisión Sueca (Sveriges Radio) y el Comité de Artistas Suecos me otorgó una bolsa (grant) para ir a México y escribir un guión de cine.

Vivo en Miami desde hace 27 años. Fui primero periodista y ahora soy publicista. Trabajo desde mi casa donde tengo una oficina desde cuyo pequeño balcón oigo a los cardenales y a las calandrias cortejar a sus hembras y  alimentar a sus pichones en sus nidos en la primavera.  Mientras escribo… ¿Hay algo que mejor pudiera simbolizar la Libertad?”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Testimonio de Julito Prado

Cartas a Ofelia/ Memorias de la diáspora XII

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Mi barrio de La Habana, donde pasé: infancia, adolescencia y juventud

 

Cubamatinal/  París, 4 de agosto de 2010

Querida Ofelia;

Te envío el interesante testimonio de Julito. Nos conocimos hace ya más de treinta años y hemos tenido la oportunidad de compartir junto a nuestras respectivas familias en París,  Londres y  Miami. Deseo demostrar- como si fuese necesario- que contrariamente  a lo que proclama la propaganda castrista, tan repetida por  los “tontos útiles” que pululan por  estas tierras del Viejo Mundo, el exilio y la emigración cubanos compuesto por  cientos de miles de cubanos incluye en su seno a personas que pertenecieron a todas los estratos sociales sociales, grupos étnicos, religiones e ideas políticas que han existido en nuestra Patria antes  y después de la llegada al poder de los tristemente célebres hermanos Castro el 1° de enero de 1959.

Julito-“Tu  deseo de saber  cómo logré «ser libre» porta el germen de la ambigüedad porque …¿somos verdaderamente «libres» si en la realidad no podemos – por las razones que se saben- ir cuando nos plazca a la tierra que nos vio nacer?  Dejando tal «previa» a buen recaudo te explicaré como llegué a Francia a principio de la década de los ochenta.

Siempre he pensado, y esto es una manera reaccionaria de razonar,  que no fue práctico para mí tener poco más de 15 años  el 1ro. de enero de 1959 .  No había tenido la edad para participar en el combate de parte del pueblo cubano contra el régimen autocrático de Fulgencio Batista, no había concluido aún el bachillerato y estaba lastrado como tantísimos otros por un desconocimiento casi absoluto del contexto del mundo  de la postguerra  y subsecuente Guerra Fría  en plena mitad del siglo pasado. No obstante, no estaba cegado y eso lo debo a mi padre, y también a algunos de  mis profesores.

Había sido testigo  cercano de hechos capitales como los asaltos a Radio Reloj y al Palacio Presidencial, sin olvidar la también fallida acción contra el matancero Cuartel Goicuría. La Sierra Maestra y las lomas del Escambray estaban  totalmente fuera de mi ámbito. En aquellos tiempos tan particulares  y difíciles, mis padres vieron rodar por el piso buena parte de sus proyectos. Así se llegó al enero de marras  bajo una precaria situación que pivoteaba alrededor del único sueldo que entraba en casa, el de mamá. Ella era maestra de una escuela  pública  y a mi padre lo habían cesanteado por razones de política politiquera  a principios de 1958,  de su magnífico puesto en el Ministerio de  Hacienda,  al tiempo que  la práctica privada  de su  bufete  no aportaba prácticamente  nada.

Mientras que los jóvenes y los no tan jóvenes combatían o resistían como podían  al batistato, mi padre debió intervenir gracias a sus muchas relaciones  en favor de más de uno de los que habían ido a parar a los calabozos de Batista. Un día, en Matanzas, vi horrorizado las espaldas laceradas por el bicho‘e buey de dos de mis primos mayores,  quienes  al día siguiente  partieron  hacia Milwakee.  Paralelamente en la  escuela privada donde estudié durante once años, había  varios  «grandes» que estaban en el “ajo”. Entre  ellos  algunos desaparecieron  de las aulas y   posteriormente se supo que habían partido dos a Miami como exiliados, otro a la Sierra Maestra.

Todos, incluyo a  mis dos primos,  reaparecieron como tenientes rebeldes  de la clandestinidad  a mediados de enero del 1959. Durante las mismas semanas se  decía que Santiago de Cuba sería en lo adelante la capital cubana y proliferaban unas inéditas pintadas de “Cuba Federal”.  También se repetía  que todos los exámenes realizados durante el curso anterior serían anulados obedeciendo a una especie de  gesto solidario  con los  estudiantes que habían luchado contra el régimen de Batista… la  típica manía cubana de «las bolas.»

A la euforia inicial sobrevino para mí  en muy pocos, pero verdaderamente en poquísimos meses,  la desilusión y la inquietud.  Que así fuera lo  debo en primer lugar a mi Padre pero  diría que  en mayor medida al profesor que nos impartía  por entonces Química I y II.  Se trataba de un catalán que  –había sido teniente coronel del ejército republicano español hasta la debacle en la Barcelona de 1939. En la desbandada posterior al «no pasaran» -que sí pasaron, por cierto- fue a parar a Perpiñán luego de atravesar  penosamente  los nevados Pirineos con mujer e hijo de meses. A continuación fue acogido como a tantos otros  por el México de Lázaro Cárdenas.

Pero ya en 1943 vivía en La Habana.  Hombre de ideas de izquierda si uno había,  ya no pensaba igual en 1959 que en 1939 y portaba la «experiencia  del poder» -para utilizar la formula de Marcelino Domingo- y el sufrimiento de una guerra fratricida bajo la férula de un extremismo sectario como raramente  jamás fue vista en otros escenarios.  Poco se ha reflexionado, menos se ha difundido – aquí los historiadores tendrán un día tela por donde cortar si los archivos no son escamoteados-  acerca de la influencia de parte del exilio republicano español en las luchas contra Batista, en la toma del poder por Fidel Castro y en el vertebrar  un  incipiente poder hegemónico fidelista.  Mi profesor «sabía.»  Como más allá del aula, era visita de su casa por mi amistad con su hijo, tuve tiempo sobrado de beber de lo que él había vivido, incluso más que su propio hijo.

Los años 1960 y 1961 fueron en Cuba de una violencia inédita en lo político y sobre todo en lo social.  Cuando en abril de 1961 se produjo el desembarco en Bahía de Cochinos, con el desenlace que se sabe, concluyó el período durante el cual los que se marchaban de la isla lo hacían pensando que retornarían unos seis  meses más tarde. Pensaban   que los americanos resolverían el Caso Cuba, porque “no iban a tolerar un régimen comunista a 180 kms, de sus costas”.  Todos aquellos ingenuos ignoraban que las cartas estaban marcadas y que un período de eterna complacencia y tolerancia para con el castrismo y su Líder Máximo acababa de comenzar.  La llamada Crisis de los Mísiles de Octubre 1962 no haría sino confirmar tal aserto.  Mientras que esto ocurría,  la sociedad seguía  militarizándose.

Los códigos de comportamiento cambiaron y la doble moral del ciudadano cubano hizo eclosión con el oportunismo y la cobardía como referencias  absolutas. Pero la vida no es como el arte, no admite clasificaciones, no tiene géneros. Sobrevino la división en el seno de las familias y con los CDR (comités de defensa de la Revolución), –nefasto logro del fidelismo- el Estado enemigo pudo penetrar por efracción en  nuestros hogares. Fueron muchas las familias divididas por la infamia política. Las consecuencias que ello conllevaba para el joven de 18 años que era yo entonces, sólo puede valorarla quien las haya sufrido en carne propia.  
 

Vista actual de la escalinata de la Universidad de La Habana, alrededor de la cual transcurrieron muchos años de mi vida antes de mi salida hacia
Francia en 1981. Nótese el local cerrado de la antigua Librería Alma Mater en la cual trabajé dos años antes de su cierre definitivo.

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Por su parte la  Universidad no abrió totalmente sus puertas  porque el naciente Estado totalitario había decidido conectar  la sectaria Reforma Universitaria con la instrumentación de nuevos planes de estudios, conformes  con la doctrina marxista. La autonomía universitaria desapareció conjuntamente con la secular hegemonía de los consejos de escuelas, sobre toda modificación de los cursos a impartir. La dictadura había llegado para quedarse y era indispensable eliminar de las universidades todo posible fermento de rebeldía.  Se instituyó el examen de ingreso sobre criterios políticos y las escuelas  hacia las que yo  hubiera deseado orientarme, las de  Derecho y de  Ciencias Comerciales, no abrieron matrículas  de primer año en aquel período.

Decidido a huir, mis padres me “emanciparon” legalmente ante notario porque la ley así lo estipulaba. A continuación un  charlatán me hizo perder un tiempo precioso, al prometernos una visa venezolana que jamás existió.  Cuando opté por   pivotear mi  vía hacia  Los Estados Unidos de América  -primavera de  1962 - la espera se había incrementado, porque fue el momento en que numerosas  personas solicitaban   lo que ya por entonces se llamaba “la salida definitiva del país”.  A esa altura, y no diez meses antes,  debí recomenzar desde cero y ni siquiera una vigencia del antiguo Ministerio de Gobernación que había pagado  a mediados de 1961, me servía para viajar. 

Conservo en mis archivos ese precioso documento.  Como a partir del 22 de Octubre de 1962, los tres vuelos diarios entre La Habana y Miami fueron suspendidos definitivamente  me quedé en un  limbo una vez más  en mi empeño de huir de la isla.  Vinieron a continuación  tres años de infructuosas gestiones buscando una visa de México jamás obtenida. Hubo otros fracasos alrededor de intentos que no describiré aquí, porque pueden  considerarse comprometedores, hasta que surgió la llamada “disposición para varones entre 15 y 27 años” que  a  partir del  éxodo masivo de Camarioca, en el verano de 1965, impedía a esa categoría de ciudadanos la emigración legal.  Al encontrarme en  tal  franja de edad, sólo podía  esperar a junio de 1970 para cumplir   los ansiados 27 años. 

Ese cumpleaños, sin que yo ni nadie lo supiéramos  coincidió casi con otra “ley” del Ministerio del Interior castrista que se conoce como “el cierre del 31 de Mayo de 1970” (también “nuevas disposiciones emigratorias”), merced a las cuales las restricciones inmigratorias fueron llevados a extremos en lo adelante legales, pero sometidos a la arbitrariedad y, valga la redundancia.  Mi solicitud de salida de Cuba fue denegada y a partir de entonces  tuve que trabajar  para subsistir –y también para obviar otra exquisitez castrista denominada “la ley contra la vagancia”-  como peón en un  lúgubre depósito de materiales de construcción, no obstante mi formación. Pasé ese periodo en medio de grandes dificultades y como ya había sido expulsado por motivos políticos de la Universidad de la Habana, era una persona “negativa” y totalmente “fichada” en todos los controles policíacos del aparato represivo. 

A partir de 1970 era prácticamente imposible salir legalmente de Cuba a menos que las autoridades  necesitaran la vivienda o el automóvil del solicitante; caprichos así. Al no tener familiares directos en el exterior, no quedaba otra alternativa que hacer enroque o intentar una fuga clandestina.  También estaba fuera de mis posibilidades el viajar allende los mares como miembro de una delegación gubernamental de cualquier tipo. Ni para eso ni para tener empleos en los que mostrar ardor revolucionario y militancia sin falla  era elegible. Los códigos del sistema seguían siendo los mismos. Y corriendo el tiempo  llegaron un buen día   los sucesos de la  Embajada del Perú y el subsecuente éxodo del Mariel.

Desconfié erróneamente  de  la validez de lo primero. Sin  embargo  fui  “reclamado” por más de seis embarcaciones que fueron a  buscarme al que se convertiría en puerto famoso.  Sólo que, borrando y censurando  las listas de los solicitados, el  siempre original Ministerio del Interior  cubano me suplantó por enfermos mentales y patibularios delincuentes, hoy instalados en “Yankeelandia”,  sumados a  ese enorme contingente de emigrantes económicos  -que no exiliados-  que hacen cada vez que pueden el viaje a Cuba cargados de dinero y de regalos.  Fue en ese contexto que el gobierno de Francia ofreció entrada legal a 500 cubanos. Dos de esas visas fueron para mi esposa y para mí, de suerte que llegamos a París  a comenzar una nueva vida, provistos de residencia legal y de un permiso de trabajo.

En los 30 años transcurridos desde entonces a la fecha hemos vivido integrados a esta sociedad francesa  donde nació nuestro hijo, que hoy día  ya  trabaja después de haber completado su formación universitaria en una de las mejores instituciones del país. Mirando por encima del hombro hacia atrás  no podemos ni imaginar cuál hubiera podido ser  nuestra propia vida ni el estado de un país como Cuba hoy día, si “el general” Batista  no hubiera interrumpido en 1952 el ritmo constitucional (imperfecto, pero osamos pretender  que en vías de mejorar progresivamente), que dando traspiés,  había comenzado en la isla allá por el 1902.

Mucho más difícil es intentar comprender qué habría ocurrido en nuestro país si todos los que huimos del castrismo hubiésemos  adoptado la vía de la resistencia,  al menos pasiva, pero resistencia al fin,  de quien como mi padre –que jamás renovó su pasaporte después de 1959- proclamaron, predicando con el ejemplo, aquel sonoro: “Yo no me voy, los que tienen que irse son Ellos.” Durante algún tiempo no lo comprendí, pero hace mucho que le di la razón.  Concluyo recordando que este  último ejercicio retórico quasi inútil hace pensar en la lapidaria frase de Azorín: ‘la vida sólo se vive una vez.’ Parco y preciso.”

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo, de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

El Parque de Pinocho en Collodi

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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El Pinocho más alto del mundo

Cubamatinal/ París, 3 de agosto de 2010.

Querida Ofelia;

Fuimos a Collodi desde Montecatini y pasamos el día en el pueblito, visitando Los Jardines Garzoni, La Collodi Butterfly House y El Parque de Pinocho. Le recomiendo este viaje a todo aquel que visite las cercanas Pisa o Florencia con niños; o simplemente, al que conserve un corazón lleno de recuerdos de su infancia.

El Parque de Pinocho fue inaugurado en 1956, no es el habitual parque de diversiones sino más bien la invalorable creación colectiva de artistas de gran personalidad. El Itinerario Literario, matizado con mosaicos, edificios y estatuas en medio del verde, es el resultado de la unión entre el arte y el medio ambiente: el recorrido es sinuoso y la tupida vegetación hace que cada etapa sorprenda por inesperada; las plantas mismas contribuyen a crear la atmósfera y los episodios de la narración de las Aventuras de Pinocho.

El Parque es escenario de actividades culturales que se renuevan continuamente aunque sin olvidar nunca sus raíces: exposiciones de arte y de ilustraciones inspiradas en la literatura para niños y en la historia de Pinocho, talleres de creación de marionetas, espectáculos de marionetas, títeres y juglares, según la estación del año, hacen aún más amena la visita del Parque.

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Pinocho y el Hada de Emilio Greco

Apenas pasada la entrada, vemos la primera de las obras ganadoras del Concurso Nacional de 1956, realizadas para el Parque de Pinocho. Se trata de Pinocho y el Hada, de Emilio Greco. La escultura mide en total cinco metros; representa el camino humano de Pinocho que de marioneta de madera se convierte en un muchacho. En la obra se reconocen tres de los protagonistas de la historia: abajo, la marioneta que nace del trozo de madera regalado a Gepeto; en el centro, el Hada Azul que protege a Pinocho y lo vigila; arriba, el Halcón que por pedido del Hada lo libra de la horca.

Plaza de los Mosaicos de Venturino Venturi

La Plazoleta de los Mosaicos , de forma cuadrada, mide treinta metros de lado; está totalmente empedrada y cerrada por muros perimetrales en los que se desarrolla una sugestiva interpretación de Pinocho. Este primer espacio dedicado a las Aventuras de Pinocho, escritas por Carlo Lorenzini, está emplazado en un ambiente de abundante vegetación y muy sugestivo. Fue ideado y realizado por los arquitectos paisajistas Renato Baldi y Lionello de Luigi.

En las paredes aparecen muchos de los personajes que acompañan a Pinocho en sus numerosas aventuras. En una esquina, en una de las entradas, hay un pequeño bajorrelieve con el retrato de Carlo Collodi. La obra está formada por cuatro largas paredes construidas personalmente por el artista, donde se narran los episodios más representativos de la historia de Pinocho, a través de imágenes realizadas con mosaicos de mármol, piedras y teselas.

Este espacio, sugestivo y atrayente, se utiliza como escenario de diferentes manifestaciones y fiestas, entre ellas el tradicional Cumpleaños de Pinocho.

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El policía de Pietro Consuegra.

El País de los Juguetes.

Las esculturas son de Pietro Consagra, la arquitectura de Marco Zanuso y las pinturas de Augusto Piccoli.

Seguimos andando y, después de pasar por un pequeño túnel, entramos en el País de los Juguetes, que es la segunda parte del Parque, realizada al comienzo de la década de 1970 según una idea original de Pietro Consagra, ganador del tercer premio en el Concurso pro Monumento a Pinocho.

La visita comienza por la Aldea de Pinocho, pueblito del que arranca el sendero empedrado del País de los Juguetes.

En la Aldea, la marioneta Pinocho cobra vida y huye de su casa. Aquí empiezan sus aventuras.

Es impresionante la ballena con la boca abierta, cuyos dientes son columnas de mármol. Los chicos pueden entrar por el estanque siguiendo un camino de ladrillos o por la cabeza pasando por una escalera de caracol.

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La ballena

El lugar donde realizar el Parque de Pinocho no podía ser otro que Collodi, donde la antigua aldea conserva inalterado su aspecto de siglos atrás: un conjunto de casas que termina junto a la Villa Garzoni y su escenográfico parque.

Aquí nació la madre de Carlo Lorenzini, autor del celebérrimo cuento infantil y que adoptó como pseudónimo el de Carlo Collodi, en honor al pueblito donde transcurrió su infancia, en casa de sus abuelos de apellido Orzali. El Parque no es un común lugar de diversión como tantos otros, sino la sugestiva y valiosísima obra colectiva de grandes artistas; es un itinerario a través de un cuento de hadas al que da vida el contraste entre la imaginación expresada por el lenguaje simbólico del arte, y la imaginación personal de quien lo contempla.

La diversión surge espontánea y natural, fruto de la belleza del arte y del ambiente. La idea de un complejo monumental fue sugerida en 1951 por el alcalde de Pescia, el profesor  Rolando Anzilotti, fundador del Comité pro Monumento a Pinocho, quien invitó a participar en el concurso a los mayores artistas de aquel tiempo. Se presentaron ochenta y cuatro escultores y el premio fue otorgado ex aequo a Emilio Greco, por Pinocho y el Hada, y a Venturino Venturini, por la Plazoleta de los Mosaicos.

En 1956 se inauguraron el célebre grupo de bronce, representación simbólica de la metamorfosis de Pinocho, y los estupendos mosaicos que ilustran los episodios salientes de las Aventuras, en el área proyectada por los arquitectos Renato Baldi y Lionello De Luigi.

En 1963 fue la vez de la Osteria del Gambero Rosso (Hostería del Cangrejo Rojo), donde se encuentra el restaurante del mismo nombre, obra de Giovanni Michelucci, con sus rojas vigas que recuerdan las pinzas de un cangrejo.

En 1972, el Parque se amplió con el País de los Juguetes, itinerario fantástico a través de más de una hectárea de bosque mediterráneo, proyectado por Pietro Porcinai para las 21 esculturas de bronce y acero de Pietro Consagra y las construcciones de Marco Zanuso que ilustran la trama de las Aventuras.  En 1987 se añadió el “Laboratorio de Palabras y Figuras”, proyectado y realizado por Carlo Anzilotti según una idea de Giovanni Michelucci.

Compramos una gorra color rosa para nuestra nieta y una azul para nuestro nieto, ambas con un Pinocho bordado; también una marioneta del célebre personaje, obra de la fértil imaginación de Carlo Collodi
 

La casa de las mariposas.

La Collodi Butterfly House es un bonito edificio-invernadero de piedra y cristal, proyectado por Emilio Faroldi y Maria Pilar Vettori, del estudio de arquitectura Emilio Faroldi Associati, con sede en Parma y Milán.

En el interior del invernadero hay un frondoso jardín tropical que contiene un millar de mariposas de todo el mundo. Una vez en la casa, una presentación audiovisual prepara al visitante para comprender mejor la vida animal y vegetal que admirará dentro de la Collodi Butterfly House. La presentación didáctica no se interrumpe en el itinerario interno, sino que prosigue con diez enormes carteles informativos, dos insectarios y un hormiguero.

En el edificio se conjugan la tecnología más avanzada del vidrio para construcciones con la magia, la luminosidad, la delicadeza que evocan tanto los invernaderos como las mariposas. Se admira un hermoso jardín exótico donde día tras día se cortejan, se alimentan en las flores y se reproducen un millar de las más bellas mariposas del mundo, propias de los ambientes amazónico o neotropical, afrotropical e indoaustraliano.

Es un mundo fascinante, el triunfo de la etología, donde se ven todos los estadios de desarrollo (huevo, oruga, crisálida y mariposa), se observan las diferencias entre las mariposas diurnas y nocturnas, se distinguen los colores aposemáticos y disuasorios y los trucos adoptados para sobrevivir, como el mimetismo de tipo batesiano o de tipo mülleriano. 

La Fondazione Nazionale Carlo Collodi es un organismo sin fines de lucro, reconocido. A partir de 1990, está incluida en la Lista Oficial de Instituciones Culturales de interés nacional del Ministerio de Bienes y Actividades Culturales. Los objetivos estatutarios son los siguientes:

- Dar a conocer y difundir en el mundo las obras de Collodi, en especial Las aventuras de Pinocho; reunir en una biblioteca las ediciones italianas y extranjeras de los escritos del autor y de todo lo que lo recuerde; 

- Valorizar, a través de manifestaciones culturales, premios, convenciones, conferencias, exposiciones, publicaciones, concursos y demás, las obras de Collodi; dar impulso a la redacción de obras para la infancia;

- Realizar en la población de Collodi un centro de estudios sobre la literatura para niños;

- Administrar y mejorar el Parque Monumental de Pinocho, ampliarlo y valorizarlo.
La asociación está sujeta al control del Ministerio de Bienes y Actividades Culturales.
 

El Parque Garzoni.
 

El Parque Histórico Garzoni, uno de los más bonitos de Italia, es un logrado ejemplo de unión entre la geometría renacentista y la espectacularidad del naciente Barroco. El parque se sitúa frente al Parque de Pinocho, es una obra de arte de raro equilibro donde el verde, las escaleras, los juegos de agua y las estatuas forman un todo único.

Es una vivencia inolvidable pasear entre las maravillas de este lugar fantástico: grutas, teatros creados con setos de boj, estatuas de seres mitológicos, sátiros, figuras femeninas, invernaderos con pavos reales, bosques de bambú. Según una antigua y pícara tradición, recorrer estos lugares es propicio a los enamorados, no sólo por las tupidas frondas y los escondites que favorecen besos y caricias, sino también por el laberinto, simbólica alusión al andar juntos el camino de la vida.

Tan pronto como se entra en el parque, se ven bonitos parterres, estatuas y dos amplios estanques circulares. Andando, se llega ante las dos grandes escalinatas de doble tramo, con juegos de agua alimentados por un complicado sistema hidráulico. Las escaleras llevan a las tres terrazas superiores. Poco más allá, la impresionante escalera de agua, con dos estatuas femeninas a los lados que representan a las eternas rivales Lucca y Florencia.

En lo alto, la estatua de la Fama soplando en una concha de la que brota un altísimo chorro de agua. Además de seguir el itinerario principal del parque, se puede caminar por muchas otras avenidas y senderos laterales descubriendo el perfume de las esencias, los juegos de luz y sombra de la vegetación, el misterio de los laberintos, el encanto de las esculturas. El Parque ha sido restaurado recientemente: de la tarea se ocuparon los estudios de arquitectura  Emilio Faroldi Associati, con sede en Parma y Milán,

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El Palacio Garzoni  y el pueblito de Collodi

Collodi está a mitad de camino entre Montecatini Terme (10 kms.), célebre por sus termas y sus excelentes hoteles, y Lucca (15 kms.), magnífica ciudad de grandes murallas que encierran monumentos y panoramas de rara belleza. Además, queda cerca de Pisa (32 kms.) y su maravillosa Plaza de los Milagros; de Viareggio y de la costa de la Versilia (45 kms.) con sus famosas playas; de Florencia (60 kms.), una de las capitales mundiales de la cultura y el arte. Cerca de Collodi está Pistoya, ciudad de arte; Vinci, con el Museo y la Casa de Leonardo.

En Collodi se visita  el histórico Parque Garzoni (y la adyacente mansión, o villa), estupendo ejemplo de jardín a la italiana del siglo XVIII. No lejos de aquí está la sede de la Fondazione Nazionale Carlo Collodi, institución cultural que realizó el Parque de Pinocho.

En su sede de Via Pasquinelli 6 alberga la Biblioteca Collodiana y el Centro Internacional de Estudios sobre Literatura y Literatura Juvenil.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
 

. Parco di Pinocchio. Teléfono: (39) 05 72 42 93 42

. Fondazione Nazionale Carlo Collodi. Teléfono: (39) 05 72 42 96 13

. Storico Giardino Garzoni e Collodi Butterflay House.

 Teléfono: (39) 05 72 42 63 14

La Cheguevaramanía italiana

 Cartas a Ofelia/ Crónicas de un fraude mediático

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Cubamatinal/ París, 2 de agosto de 2010.

Mi querida Ofelia;

En el avión que nos conducía el 21 de julio a Florencia nos dieron a escoger entre varios periódicos italianos y franceses, tomé un ejemplar de Le Monde, el gran periódico de centro izquierda galo. No me quedó más remedio que sonreír al ver el dibujo del día de Colcanopa, en la sección: L’été 2010. Le Monde du futur. (El verano del 2010. El Mundo del futuro). El dibujo reproduce la famosa foto del Ché  comiendo un sándwich de una famosa cadena estadounidense de comidas rápidas. La M símbolo de esa marca se convirtió en  una W- símbolo de la victoria por estos lares-, con el escrito “¡Hasta la revolución!” Al pie del dibujo aparece el siguiente texto: “Cuba. Los Estados Unidos suavizan el bloqueo de Cuba, al permitir la importación de productos de primera necesidad.”

En la estación central de ferrocarriles de Florencia Santa María Novella, en un quiosco de revistas venden “billetes fuera de curso legal, todos auténticos”, según reza el cartel en lo alto de las tiras. Los de la izquierda cuestan 1,5 euros y los de la derecha tres euros. Entre estos últimos vi un billete rojo cubano de tres pesos del año 2004 con la reproducción de la foto de Korda del Ché Guevara por un lado mientras que por detrás  el mismo funesto personaje se encuentra cortando caña de azúcar. Lo compré, aunque según mis cálculos, pagué treinta veces su valor real. Pero al tocarlo, me percaté de que el papel en el que está impreso es de muy baja calidad. Además, al mirarlo a trasluz me di cuenta de que no coinciden los bordes de las  imágenes impresas por ambos lados. Pero no importa, lo compré como “souvenir” turístico de Florencia.

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Estábamos paseando por la Vía Roma y nos detuvimos a admirar a una muchacha “enyesada” y con una gran estola blanca, que se movía como estatua viviente. Pero detrás de ella, en el escaparate de una tienda, habían dos carteles que representaban a la actual reina inglesa y al Ché con caras de chimpancés. Entré a la tienda y una amable empleada me mostró los t-shirts negros de: Mao, John Lennon y la Reina Isabel, con caras de chimpancés, pues los del Ché se habían agotado. Pero quedaban aún a la venta unos en los que se encontraban los cuatro personajes juntos.

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Gentilmente colocó uno de estos últimos sobre el mostrador para que yo pudiera sacar la foto. Me di cuenta de que sobre la foto de los cuatro chimpancés estaba escrito: « With the monkeys » .Creo que si su graciosa majestad británica, la viuda del ex Beatle o la “compañera” hija del Ché lo supieran, no estarían muy contentas.
 

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Pero la Cheguevaromanía no termina aquí. Al salir de la estación de trenes de la ciudad de Pisa, en la parada de autobuses, me sorprendió la lista de nombres de las paradas siguientes, entre las que aparece una con el nombre del famoso argentino.

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Pero creo que la aberración más grande la encontramos en la gran Librería Feltrinelli. Su departamento de libros de Filosofía, está “decorado” por tres fotos del famoso jefe de la tristemente célebre prisión de La Cabaña, donde cientos de cubanos fueron fusilados en los meses que él la gobernó. ¿Era  filósofo? ¡Me entero ahora!

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La foto central es de color azul pálido y nos muestra a un Ché sonriente. Sobe él, con letras rosadas aparece escrito: “Bisogna essere duri senza mai perdere la Tenerezza. Librerie Feltrinelli” (Es necesario ser duros sin perder nunca la ternura. Librerías Feltrinelli).

Que la casa editora Felrinelli, propietaria también de la gran cadena de librerías imprima esos carteles, es asunto suyo, pero que a mí como cubano me presenten al Ché Guevara como a alguien tierno… ¡es demasiado!

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Tengo otros ejemplos, pero ya esta crónica se hace larga.

Te seguiré contando en las próximas cartas.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Publicación en España del octavo tomo de la serie Cartas a Ofelia

 Cartas a Ofelia/ Publicaciones

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Cubamatinal/ París, 1° de agosto de 2010.
 

Mi recordada Ofelia;
 

Ya puedes descargar desde ayer, la versión para internet de Entrañable Ofelia; mi octavo y último libro de crónicas de la serie Cartas a Ofelia, en el siguiente ENLACE   

Este último libro aparecerá impreso en España  a finales de verano. En él encontrarás los testimonios de cómo lograron la Libertad veinte grandes amigos: 16 cubanos, dos  franceses, uno alemán y uno búlgaro.
 

Por otra parte, puedes descargar gratuitamente los ocho libros de la serie (antes de que desaparezcan del portal WEB), puedes hacerlo DESDE AQUÍ 

Si te interesa obtener alguno de ellos en papel, debes escribir a la Dirección de Libros de  Europa Actualidad , e-actualidad@eu93.net

Un gran abrazo desde la espléndida Ciudad Luz, con gran cariño y simpatía,
 

Félix José Hernández.

Las noches intensas de los curas gays

Cartas a Ofelia/ Crónicas de escándalos

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Cubamatinal/ París, 1° de agosto de 2010.

Mi querida Ofelia;

Mi asombro fue grande al ver la semana pasada en el aeropuerto de Florencia la portada de la célebre revista italiana de centro derecha Panorama. Unas manos de hombre entrelazadas con un rosario y las uñas pintadas de color fresa, bajo las cuales aparecía escrito: “Un cronista de Panorama ha vivido entre los homosexuales de Roma. Y por casi un mes se ha documentado sobre  los vicios y perversiones de insospechables sacerdotes que llevan una doble vida.” Al pie de la página y con grandes letras está escrito: “Las noches intensas de los curas gays.”

Compré la revista, que había sido puesta a la venta ese día, aunque no había leído aún el artículo cuando por la noche en el noticiero de la Rai se desató el escándalo debido a  las protestas de diferentes organizaciones de laicos católicos, e incluso del Vaticano.

En Italia, como en el resto de los países europeos los casos de algunos sacerdotes pedófilos, han tirado lodo sobre la reputación del clero. Fue célebre el caso del cardenal Tommaso Stenico, las imágenes con un joven gay  filmadas por una cámara oculta pasaron por el canal 7 de la televisión italiana. También las relaciones de otros curas con  jóvenes gays, conmovieron la opinión pública itálica. Thomas Ehiem, fue expulsado del coro de la Basílica de San Pedro, al ser descubiertas sus relaciones con el Caballero de Su Santidad Angelo Balducci, para el cual buscaba compañías masculinas.

Un periodista de la revista Panorama, haciéndose pasar por gay, acompañado por un verdadero gay, logró introducirse en la ‘movida homosexual’ de algunos miembros del clero romano, con una cámara oculta durante veinte días. Los sacerdotes que de día llevan una vida normal como las de cualquier otro en su parroquia, de noche frecuentan los bares, saunas  y discotecas gays de la Ciudad Eterna, buscando relaciones sexuales clandestinas y anónimas. Cuando la noche avanza se desplazan  a fiestas de gays en apartamentos romanos donde  dan rienda suelta a sus deseos ocultos. Numerosas fotos acompañan el artículo de ocho páginas, pero los rostros han sido borrados para que los párrocos puedan conservar el anonimato.

Uno de los sacerdotes gays, después de tener una relación homosexual con el amigo del periodista, en su apartamento contiguo a un centro religioso,  le muestra los trajes con los que oficia la misa y se lamenta:  “cuando chateando escribo que soy cura, muchos hombres salen huyendo.”

Ante la opinión expresada  por el Vaticano de que la revista lleva a cabo una campaña contra la iglesia, Giorgio Mulé, director de Panorama declaró: “Podemos dar nombres, apellidos y direcciones de los sacerdotes que tuvieron relaciones homosexuales, incluso las filmaciones con cámaras ocultas.”

Uno de los sacerdotes, en un bar frecuentado por curas gays declaró al periodista: “el 98 % de los curas que conozco son homosexuales.”  A continuación agregó: “En la Iglesia actual hay una parte ‘intransigente’ que se esfuerza por no aceptar la realidad y otra parte más ‘evangélica’ que reconoce y acepta el fenómeno de los curas gays.”

Otro gay dijo al periodista: “En Roma hay una basílica donde de vez en cuando los homosexuales ‘pasan por el cajero automático’, yo acompañé en mi coche a un amigo hasta la puerta de esa iglesia; unos veinte minutos después regresó con trescientos euros en el bolsillo.”

Al finalizar una noche de lujuria colectiva en un apartamento romano, un joven sacerdote inició a oficiar una misa en la sala con las siguientes palabras: “Estamos aquí para celebrar esta misa dominical, que es también la oportunidad para darle gracias a Dios por nuestra nueva amistad.”

Franco Grillini, director de Gaynet y presidente honorario de Arcigay al comentar lo publicado por Panorama, expresó: “la sexualidad humana, sea heterosexual o gay, no se puede suprimir y el celibato de los curas no existe.”

Aurelio Mancuso, líder histórico de la comunidad gay italiana dijo: “Yo también tuve una relación con un monseñor hace unos quince años. Se sabe que los sacerdotes van a los lugares de reunión entre homosexuales como son las saunas, los bares y las discotecas.”

El actual Papa Ratzinguer se ha visto frente a los informes a propósito de  seminaristas pedófilos y a  la inaceptable confusión creada en las mentes de muchas personas que consideran a los  gays como pedófilos.

El 31 de agosto de 2005, apenas había subido al trono de San Pedro, el Papa declaró que los homosexuales no podían entrar a los seminarios o ser sacerdotes; por tal motivo había que verificar las tendencias gays  de los aspirantes a seminaristas con psicólogos y psiquiatras.

El reportaje de Panorama termina con las siguientes líneas:

“Para Benedicto XVI no será fácil barrer toda la ‘suciedad de la Iglesia’ que ya había denunciado incluso antes de ser elegido Papa.”

Y así van las cosas por La Ciudad Eterna.

Un gran abrazo,

Félix José Hernández.
 

El desencanto de Cecilia Borge Betancourt

Cartas a Ofelia/ Memorias de la diaspora XI

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Imagen: Cecilia Borge Betancourt. Londres 1961.

Cubamatinal/  París, 28 de julio de 2010.

Querida Ofelia;
 

Cecilia es una gran dama cubana: culta, refinada, calurosa, simpática, siempre dispuesta a ayudar a los cubanos disidentes que han llegado a París o Londres. Es una señora cuya formación data de antes de la creación del  homo novus cubensis. Cuando hablo con ella me parece estar haciéndolo con mi querida tía Tanita, ambas son  símbolo de distinción cubana. Le pedí su testimonio y hoy lo recibí. Te ruego que lo hagas circular entre los amigos y familiares de nuestra querida y lejana físicamente San Cristóbal de La Habana.

Cecilia-“Mi nombre de soltera es Cecilia Borge y Betancourt. Lo sigo utilizando cuando me es posible. Vivía en la Avenida Paseo, cerca de Calzada, en el barrio de El Vedado. Pertenecíamos a la llamada clase media cubana.

En 1957,  en la fiesta de  cumpleaños de mi gran amiga María del Carmen, me presentaron a un invitado excepcional. Era un joven y apuesto ingeniero inglés que hablaba muy bien el español. Casi enseguida  me pidió que lo acompañara a conocer La Habana, pues no tenía quien lo guiase. Acepté de inmediato, paseamos por toda la ciudad y… nos enamoramos.

Como ingeniero del petróleo tenía un contrato de trabajo en Venezuela, desde donde reclamaban urgentemente su presencia. Nos despedimos en el Aeropuerto José Martí y pensé que aquel adiós sería definitivo. Sin embargo Robert me escribía dos veces por semana y me llamaba por teléfono cada noche,  al punto de indisponer a mis padres.

Tres meses después aprovechó un fin de semana para regresar a La Habana y con la ayuda de un notario nos casamos rapidísimo, pero tuvimos que viajar por separado hacia Venezuela, porque yo no tenía pasaporte y tuve que esperar a que me lo hicieran. Cuando al fin llegué a Caracas, nos instalamos en una bella residencia. Tuvimos el placer de conocer a un grupo de refugiados cubanos que habían huido de la dictadura de Fulgencio Batista.

En la capital venezolana conocí a un señor de origen checo que tenía una librería donde también se podía comprar la prensa internacional. Un día conversamos sobre la Revolución que se preparaba en Cuba y, con su gran experiencia de judío escapado de las persecuciones nazis me dijo: ‘ese Fidel que está en las montañas cubanas es un pequeño Hitler.’ Yo, joven estúpida, digamos inexperimentada, me enfurecí contra aquel hombre, mientras él sonreía al escuchar mis argumentos.       

También conocimos a un hombre de negocios griego, amigo de Onassis, el cual nos advirtió: ‘ese Castro es comunista.’ Fue otro que me inspiró una especie de odio ciego por considerarlo como calumniador.

En Caracas ayudábamos económicamente al grupo de refugiados, pues sólo uno de ellos había conseguido trabajo y pocos recibían ayuda de sus familiares desde Cuba.

Al fin, el 1° de enero de 1959 Batista huyó a la República Dominicana y los barbudos bajaron de las montañas. Celebramos el triunfo de la Revolución con gran alegría en compañía de nuestros compatriotas y amigos venezolanos.

A mediados de enero fuimos a Cuba en compañía de algunos compatriotas. Ellos regresaban definitivamente, o así lo creían. Mientras que nosotros íbamos a celebrar el Triunfo de la Revolución, pero debíamos regresar pronto  a Caracas.
 

En La Habana nos hospedamos en el Hotel Hilton, el cual estaba lleno de jóvenes barbudos. La mayoría eran iletrados y sólo hablaban de armas de fuego. Una noche hubo un tiroteo en una habitación de nuestro piso. Nunca supimos lo que ocurrió. ¿Se le disparó una ametralladora a alguien o  se cometió un asesinato? Decidimos irnos al Hotel Nacional, que era mucho más tranquilo y todavía era frecuentado por turistas extranjeros.

Casi todos nuestros amigos y familiares estaban contentos con el triunfo revolucionario y la caída de la dictadura batistiana. Sin embargo a mi padre le inquietaba la verborrea de Castro. Le dije: ‘papá es normal que hable mucho, eso se debe al entusiasmo y a la exaltación que le procura la victoria revolucionaria.’

Clemencia, la madre de mi amiga María del Carmen era profesora de inglés en una importante institución habanera. Además era una mujer muy inteligente: Ella me dijo: ‘nuestro porvenir es un enigma inquietante.’ Nunca he podido olvidar esa frase.

También un amigo que había luchado en el Segundo Frene del Escambray me confió textualmente: ‘alégrate de vivir fuera de Cuba porque las cosas no se presentan como esperábamos. Creo que la democracia ha sido una ilusión.’

Sin embargo, no todo el mundo era pesimista como mi padre y mis dos amigos. En La Habana tuvimos un buen contacto con Raúl Roa, con el economista Regino Boti y con otros personajes importantes que habíamos conocido en América del Sur y que habían sido nombrados ministros por Fidel Castro, aunque durarían poco tiempo en sus puestos.

Sólo un año después, ya decepcionados por el camino que tomaba la Revolución, regresamos a La Habana para visitar a mi familia. Nos enfrentamos a la terrible realidad: a Clemencia le habían quitado el puesto de profesora con la justificación de que en Cuba no se necesitaba el inglés. La habían ubicado como maestra de escuela primaria; donde tenía que enseñar un alfabeto que comenzaba por “F” de Fidel y “R” de Revolución.

A nuestros amigos de la familia González les quitaron su bella  casa propia, por encontrarse en una nueva ‘zona militar’. Los instalaron en una cuartería en Centro Habana. Miguel González se suicidó. A nuestro amigo Tulio lo condenaron a varios años de cárcel por haber comprado dólares.  Habían fusilado a  Alberto, era joven íntegro que había luchado en el Escambray.

Salimos de Cuba hacia Londres sin ánimos y durante medo siglo sólo hemos recibido malas noticias de la Isla del Dr. Castro: fusilamientos, cárceles llenas de inocentes, un pueblo hambriento, etc.

Mi país está en manos de dos individuos que se han hecho  llamar presidentes sin haber sido jamás elegidos: un demente con ínfulas de emperador que sólo sueña con una nueva Guerra Mundial y un alcohólico que lo sigue como perro faldero.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Los tres inviernos del Miedo

Cartas a Ofelia/ Libros

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Cubamatinal/ París, 5 de julio de 2010.
 

Mi querida Ofelia;
 

Como cada libro que me ha regalado mi gran amiga italiana María Rosaria, éste que acabo de leer es de gran calidad. Una verdadera lección de historia.

Cayó nieve  ensangrentada sobre Italia en los tres inviernos del miedo. Fueron los más difíciles de la guerra civil, esa  guerra interminable, en la que fascistas alemanes y « partigiani » (guerrilleros),  combatían con  objetivos diferentes, pero  llevaban a cabo las mismas atrocidades. Fue este desorden cruel lo que  abrumó a Nora Conforti. Muchacha de dieciocho años de edad de una familia rica. Nora se refugió con su padre en la casa de campo familiar, en las colinas entre Reggio Emilia y Parma. No se imaginaba  que allí viviría su primera historia de  amor y después los horrores de dos guerras que harían cambiar su vida, convirtiéndola en un infierno.

Giampaolo Pansa nos cuenta una historia resultado de  largos años de investigación, sobre la resistencia y sus numerosas  zonas de sombras. La bellísima novela es un gran fresco de la vida cotidiana de la alta burguesía agraria emiliana, durante los  seis años de infierno, desde junio de 1940 hasta finales de 1946. Una impresionante reconstrucción de una época  feroz.

Fueron dramáticos los tres inviernos de miedo, que vivieron los italianos que residían entre el río Po y los Montes Apeninos, en la provincia de Reggio Emilia, testigos de los horrores : torturas salvajes, exterminación de familias, fusilamientos colectivos, linchamientos públicos,  cacería de brujas, familias completas (incluyendo los bebés) quemadas vivas, ametrallamiento de prisioneros en las cárceles dentro de las celdas, etc.

Ellos fueron testigos impotentes del duelo brutal entre dos regímenes totalitarios.
Los fascistas trataban de sobrevivir con la ayuda de los nazis, mientras que  los comunistas, cuyas atrocidades abominables  se extendieron  mucho más allá del 25 de abril, utilizaban el asesinato como  estrategia despiadada para destruir toda la sociedad civil y a todos los que les podrían impedir tomar el poder y convertir a Italia en un país comunista.

Pero en la memoria del lector permanecerá  la humanidad de los personajes que rodearon  a Nora. Ella queda en estado de Giulio, el cual fue enviado como carne de cañón por los fascistas al frente ruso, donde murió.

Su amigo de infancia Paolo Mori, “partigiano  de Le Fiamme Verdi”, guerrillas no comunistas, fue asesinado por los guerrilleros comunistas, como a casi todos los que luchaban contra el fascismo pero que no eran comunistas. Había que eliminar los posibles “obstáculos” del futuro, ésa era la orden secreta de Stalin.

Mirella Galloni, maestra fascista amiga de infancia de Nora, fue asesinada atrozmente por los comunistas.

Los comunistas iban a los bancos de los pueblos y ciudades y pedían las listas de las cuentas con los nombres de los clientes y las sumas que poseían. Posteriormente iban a buscar a sus casas a las personas y les pedían  dinero en nombre del “antifascismo”, si se negaban, eran asesinados junto a toda su familia. Los trancaban en sus casas y les prendían fuego.

Pansa nos da los nombres  y apellidos, las direcciones y las fechas exactas de todos los crímenes que narra en su impactante novela. Sólo el personaje de Nora pertenece a la  ficción, lo demás es Historia.

Margarita Tossi, fue hecha correr desnuda junto a otras muchas mujeres por las calles de Reggio y al llegar al  estadio fueron fusiladas por los comunistas. ¡Qué espectáculo!
Al caer el fascismo, los periodistas que trataron de denunciar los crímenes de los comunistas fueron asesinados y los periódicos incendiados, como el caso de “La Nuova Penna” ( La Nueva Pluma).

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Paralelamente a  figuras que pertenecen a la historia, como Togliatti, De Gasperi, los jefes de las bandas de color rojo y negro, el obispo Socche, el guerrillero blanco conocido  como ” Il Solitairo”, se mueve la gente común de aquellos años. Las mujeres se vieron obligadas a  llevar la carga más pesada de la guerra; los niños se enfrentaron con el terror político, mientras que los jóvenes fueron a parar  a trincheras opuestas y se mataron entre ellos por miles.

Sólo con la victoria de la Democracia Cristiana en las elecciones del 18 de abril de 1948 contra el Frente Popular (de izquierdas), se puede decir que terminaron los asesinatos políticos por arte de los comunistas en esa ensangrentada región que yo recorrí con mi esposa  el verano pasado.

La dureza del enfrentamiento entre ricos y pobres fue enorme. Las víctimas de la guerra que salen a la luz hogaño,  son como  fantasmas que nos piden que se haga conocer al mundo la verdad.

Siempre tuve una gran curiosidad por visitar la ciudad de Reggio Emilia, pues entre 1970 y 1980 fui traductor y guía de delegaciones de “partigiani” de esa región que visitaban a  Cuba. Al fin, el 20 de julio el 2009 pasé el día recorriéndola bajo un sol de 35°c. Recorrí con mi esposa (y dos botellas de agua), el centro histórico: La Piazza Prampolini, la Catedral (siglo XV), la Via Broletto (donde almorzamos muy bien en la terraza de un viejo café), la Piazza de San Próspero (siglo XVI)  y la Piazza Fontanesi.

Como Italia es un país que conserva un patrimonio artístico cultural de dimensiones incomparables con el de ningún otro país en el mundo, considero que a pesar de la riqueza de Reggio Emilia, no tiene ni remotamente la belleza de: Roma, Venecia, Florencia, Verona y tantas otras. Lo más interesante fue la iglesia  de La Madonna della Ghiara  (siglo XVII), en cuyo interior hay espléndidos frescos y un bello crucifijo obra del Guercino.
 

Al terminar de leer este impactante libro, pienso en las atrocidades cometidas en las calles y plazas de las ciudades que recorrimos hace apenas un año: Modena, Reggio Emilia, Ferrara, Ravenna y Parma.
 

Giampaolo Pansa nació en Casale Monferrato en el 1935. Escribe en la revista L’Espresso y en el periódico La Repubblica. Ha publicado numerosos ensayos y  novelas como Il sangue dei vinti (La sangre de los vencidos), La  grande bugia  ( La gran mentira)  e I Gendarmi della Memoria ( Los gendarmes de la Memoria), con gran éxito de ventas. Su popularidad en Italia es inmensa.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

   

I tre inverni  della paura.
Giampaolo Pansa.
Rizzoli romanzo.
567 páginas.
21,50 euros.
Ilustracion de la portada de Clinton Van Germet.
ISBN: 978-88-17-02318-4

Las dos Velázquez

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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 Imagen: Año 1963 en La Loma – de izquierda a derecha: Juan Alberto, Ramón, Yoly y Carli.

 

Cubamatinal/ París, 13 de julio de 2010.


 
Mi querida Ofelia;

El aroma inconfundible del más puro café cubano nos deleitaba en el ático de un hotel de Saint Moritz en los Alpes suizos, cuando mi hermano y yo comenzamos a recordar con nostalgia en medio de un paisaje inmaculadamente blanco, los palmares, los cañaverales y los cultivos de tabaco que todo el planeta nos envidiaba y que nos rodeaban en el lejano Camajuaní donde dimos nuestros primeros pasos. Nuestra conversación llegó hasta las personas que nos acompañan con su dulce recuerdo. Le pedí a Juan Alberto que me enviara algunas de estas reflexiones, que no pueden ni pretenderán jamás ocultar la nostalgia que las invade, salpicadas del color, la alegría y el sabor camajuanenses, común denominador de todos quienes un día dejamos atrás nuestra tierra.
 

Querida Ofelia, desde Italia Juan Alberto me ha enviado estas líneas que hoy te envío pues sé que tú también sentiste un gran cariño por estas dos amigas entrañables:

“Podría comenzar indistintamente por una o por la otra; si las pongo en una balanza podría hasta iniciar por deshojar una flor para decidir por cuál de las dos empezar mi breve relato, pues fueron las dos caras de una moneda valiosísima que llevo, y en tantos llevamos, en el corazón.  Los valores que ambas dieron a su paso por La Loma[1] no se compran, antes bien se heredan y forjan en la cotidianeidad, como fue en las familias donde crecieron. Su condición humana y su generosidad nos impregnaron a todos los que veníamos pisando sus talones en la vida que se abría paso ante nosotros.

A pesar de tantos años y los miles de kilómetros que me separan de ambas, la vida no ha logrado arrancar de mi memoria todo lo que me dieron de sí mismas en aquellos meses de sol incansable, Clara y Monga, en nuestra querida colina, a la luz perdida de un poste de la luz pública o bajo los inigualables aguaceros cubanos desbordando las cunetas camajuanenses. 

No sé si llamarla Clara, como siempre me dirigí a ella, o bien decir Cutis, como muchos la conocían, o simplemente evocarla como quien fue, Clara María Velázquez, aquella amiga a prueba de tantos años, quien desde Leoncio Vidal 94 nos envolvió con su encanto en una exquisita atmósfera de espiritualidad magnética para nosotros en aquella adolescencia.

En mi mente es aquella mujer siempre joven, que nunca ocultó las canas que ya se asomaban en su melena al estilo Georgia Gálvez, de raíces profundamente camajuanenses – de quien también se nos perdieron los pasos en el exilio – rodeada por todos nosotros, Carli Catoira, Toni Cabrera, Yoly Martínez, y por mí, al colmar su gran portal, como siempre lo hemos llamado en Cuba; con las piernas cruzadas, sentados sobre el cemento, con los ojos abiertos de par en par, recostados sobre el borde de aquel “salón” hacia la acera, o sobre  el muro de bloques de cemento del colindante de Cuca y Piloto, sus eternos vecinos, mientras otros nos acomodábamos como podíamos, casi los unos sobre los otros, en el banquito que una vez fuera verde vivaz y que luego perdiera todo su brillo como Clara misma, como su madre Amparo y el mítico periquito verde que inútilmente trataba de dar vida y color a ese banco donde siempre estaba con ellas, como celoso guardián ante la algarabía juvenil que invadía su territorio.

 LAS CLAVELLINAS DE CLARA

a Clara María Velázquez

Ischia, 14 de septiembre de 2008

Ni mármoles ni calizas,
vienen de los ríos de mi tierra
y cubren aceras y cunetas en mi pueblo lejano,
donde hierbas, musgos y algas se discuten un espacio.

 

La lluvia de agosto cae intensa y cerrada,
el cielo se pierde detrás de las nubes
y yo miro apenas por la ventana
el llanto incesante de las tejas al viento.

 

Corre el agua loma abajo y salta sobre las piedras,
tan blancas como la cal, escondiéndolas por toda una hora.

Un suave olor fresco se alza al vuelo en el viento del verano
anunciando el suspiro de la tierra sedienta y agradecida.

Allá abajo,
en la línea del tren
volverán siempre a florecer
a raudales las clavellinas de Clara
mientras un coro de grillos proclama el final del atardecer.

Fue Ángel Velázquez el padre de Clara, fiel en sus pasos junto a Su Amparo, como su nombre lo dice. Ángel se marchó a la casa del Señor a inicios de la década del sesenta, no sin antes haber transmitido a su hija su amor por la vida, sumado a la cubanía que guiaba los pasos de su hija.

El portal de aquella casa carecía de muros para contener a todos quienes nos acercábamos a nuestra amiga, violando su elemental derecho al reposo durante el bochorno del mediodía en el valle de Camajuaní, siempre que una vez que almorzaban, fuera lo que fuera lo que encontraran en sus platos, cuando Amparo se asomaba a la puerta entreabierta por el gancho que la fijaba y decía a su hija que la mesa ya estaba servida.
 
 

Aquella llamada se repetía discretamente, con un encanto muy especial, cada mediodía y cada atardecer, interrumpiendo dulcemente nuestras tertulias sin fin, improvisadas en aquel portal, donde nuestros pasos se perdían sobre el cemento, como la gran mayoría de los portales en Camajuaní, sin mayólicas sevillanas – casi exclusivas de Trinidad –, sin baldosas elaboradas, sino simplemente sobre el humilde cemento fundido sobre la tierra de la colina.

Eran pisos cubanos fundidos listos a soportar huracanes, aguaceros y los baldes de las típicas limpiezas de nuestras amas de casa, o como un rompecabezas de lajas blancas, prolongando aún más las aceras de piedras del río Sagua.

En una ocasión soñé que aquel torrente maravilloso que corta graciosamente la carretera que conduce a Camajuaní, poco después de la entonces finca de los Riestra, en otra dimensión universal donde los ríos, bosques y mares tenían voz propia, había sido premiado por su belleza y su bondad al habernos regalado tantísimas piedras blancas para nuestras aceras.
 
 

CUNETAS VERDES

Al Mediodía de Camajuaní
Apenas dos palmas de mis manos
me separan de tu paso constante.

 

Ni olores, ni impurezas, ni desganos,
sino transparencias deslumbrantes
que limpian dibujando mi pueblo de cal.

Verdes las largas algas, los  musgos y la vida
que danza en junto al suspiro de mis peces,
cual esperanza al final de la mañana.

Verdes y anónimas también las lomas lejanas
vibrando bajo el sol del bochorno inevitable, 
como la sabia esperanza de la madre incansable
ante cazuelas de harina, boniato y sofritos improvisados.

 

Clara fue amor espontáneo para toda La Loma, fue la chica que conoció la poesía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Sor Juana Inés de la Cruz, leyó a Miguel de Cervantes y amó la lírica mística de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz.

Fue la mujer que nos condujo de la mano hojeando incansablemente al ritmo de una voz dulce y profunda sus poemarios de Machado, Lorca y Hernández. ¿Quién habría podido sospechar que aquel tesoro de ideas se escondía en esa mujer discreta, sentada en su comadrita o en el eterno banco verde, envuelta en el humo de sus constantes cigarrillos Populares, en otros tiempos Regalías El Cuño, con o sin filtro, apurando una tacita de café, o de borra, lo que encontrara. Una amiga franca y sincera, siempre dispuesta a escuchar a quien quiera se sentara en el portal de las tertulias. Un buen día descubrí que Clara, cosa que ya yo sospechaba, también incursionaba en la creación literaria.

Humildemente, con la modestia que la caracterizaba y que en mi inmadurez adolescente nunca supe valorar en toda su dimensión, un atardecer del lejano verano de 1966 me mostró sus “papeles”, como los llamaba, donde recopilaba tantos y tantos poemas apresurados, algunos a lápiz, otros en  tinta – ¡Clara sabía escribir hasta con la pluma y el tintero!, escritos en las hojas que lograba llevarse de la Casa de Socorros Toribio Castellón, ya convertida en Policlínico, donde trabajaba frente al Chalet de Piedra, conocido también como el Chalet de la Tota – quien también un día tomó rumbo hacia la Florida.
 

No me atreví – y hoy me arrepiento – a pedir a Clara que me permitiera copiar sus poemas, cuando después de leérmelos me confesó que ya pronto no nos veríamos en los veranos de su portal pues estaba esperando la salida definitiva del país hacia los Estados Unidos. Un dolor muy grande sentí cuando mi prima Aurelita me confirmó que sí, que era cierto, y que se esperaba que de un momento a otro se marcharían.

Todo no fue tan veloz como ella misma pensó, para alegría mía y de todos los que disfrutábamos de tan especial amistad. Los años habían volado y nos encaminábamos hacia la temprana juventud. Entre ellos mi gran amigo y hermano el Carlos Alberto Catoira Martínez, Carli, así como nuestra gran amiga Mirta Yolanda Martínez Vázquez, Yoly, y por supuesto, Toni Cabrera, nuestro insustituible compañero de travesuras, hoy heredero de toda la tradición que cultivó su padre, el Gran Antonio Cabrera, legendario e irrepetible Chivo Mayor de toda La Loma.
 

Si no lo hubiera vivido personalmente nunca habría podido imaginar que en nuestro pueblo natal, entre escogidas, despalillos y zapaterías, con un aire de olor a “melao” del Central Fe [2], salpicado del hollín que salía a borbotones por su chimenea a unos cinco escasos kilómetros de distancia detrás de la loma de la Blanquita rumbo a Placetas, una mujer joven y autodidacta conocía y adoraba la obra del maestro de las letras alemanas Johann Wolfgang von Goethe. Quién sabe si hasta un cierto punto fue ella quien sembró en mí las primeras inquietudes hacia aquella cultura. Clara fue la primera persona en mi vida que me habló del Dr. Fausto y de las Cuitas del Joven Wherter.

Era una experiencia maravillosa el poder escuchar una persona que por su amor a la cultura y a la vida había logrado llegar por su esfuerzo propio hasta la leyenda del Oro de los Nibelungos. En la ciudad de La Habana nunca encontré, a igualdad de condiciones y oportunidades, nadie ni remotamente semejante. No escatimó ocasión para alegrarnos a todos con sus fantasías y un día nos prometió que esa noche celebraría en su casa, especialmente para nosotros, nada más y nada menos que un “Conjuro a Mefistófeles”.

Clara se disfrazó con una capa de agua  de plástico color gris, se envolvió la cabeza con una toalla en combinación perfecta cual turbante apenas llegado “del más allá”, y nos recibió a Carli, a Yoly, a Toni y a mí, en la sala de su casa. Amparo no podía disimular una carcajada contenida, precisamente porque sabía lo que estaba por suceder.

Clara nos condujo solemnemente en medio de una fabulosa atmósfera mística hacia la cocina-comedor, donde en penumbras habían cubierto la mesa con un mantel hasta el piso. Sobre aquella mesa habían colocado un globo de vidrio, muy de moda en Cuba en los años cincuenta, que volteado, hacía las veces de “bola mágica”.

El punto culminante llegó con las notas de su cajita de música, embrujando más aún aquel ambiente  ya desesperante para los que allí nos reuníamos. De pronto se encendió una luz que invadía la “bola mágica”, alternando aquello con bocanadas de humo. No era otra cosa que Monga, nuestra extraordinaria amiga, que se había prestado para esconderse debajo de la mesa con una linterna de baterías, y al fumar inyectaba el humo a la bola y con ella a nuestra imaginación aterrorizada.

De pronto, un gato en el patio hizo un ruido detrás de la ventana y todos, empezando por Carli y terminando por mí, salimos despavoridos y horrorizados de la casa hasta llegar al portal para morirnos de la risa cuando luego salieron las dos. Esa es una de las páginas más hermosas que guardo de LAS DOS VELÁZQUEZ juntas para regalar a los jóvenes de La Loma una noche de fantasía inolvidable.

Clara me escribió cartas bellísimas a mis escuelas al campo[3], que me animaban en la lejanía de la familia durante inviernos interminables. El 2 de septiembre de 1967 ya me iba de Camajuaní, siempre tristísimo, al terminar el verano para regresar a La Habana. Me abrazó  fuertemente y me regaló un libro que guardo celosamente, pues es lo que de ella me queda. Se trata de un viejo ejemplar de la Historia de la Vida del Buscón llamado Don Pablos, de Don Francisco Quevedo Villegas, editado en Madrid en 1915, con una dedicatoria llena de cariño donde concluye “Aunque algún día esté lejos no me olvides”.
Años más tarde, su espíritu y su recuerdo no dejaron de acompañarme durante mi paso por la Universidad de La Habana, y me pregunté si la visión de aquella mujer habría logrado imaginar que algún día me dedicaría a las letras, quién sabe si estimulado por lo que esa entrañable amistad había logrado sembrar en mí.

Al despedirnos me negué a pensar que fuera ésta la última vez en que la vería. En esos años, al irse de Cuba la persona que subía al avión desaparecía para siempre, definitivamente, como por arte de magia para quienes quedaban atrás en Cuba. El espectáculo desgarrador de las despedidas en los aeropuertos cubanos era comparable al de un funeral en vida. Es un dolor que arrastramos todos, de quien sobrevivió esas décadas. Sólo queda el amargo recuerdo de todo lo que se nos fue entre las manos en los más bellos años de nuestras vidas, cuando cada momento es único e irrepetible, como el ser humano mismo.
 

Los meses pasaron y ya de regreso en La Habana supe por mi prima Aurelita que Clara se había marchado con Amparo por el “puente aéreo” desde Varadero hacia Miami, y nunca más supimos de ella. Su recuerdo, como todo lo que desaparece sin más ni más, se convirtió en un mito irrepetible para todos y así la recuerdo, en la incertidumbre de si todavía vivía, de cómo estaría, de qué habría sido de la amiga que había entrado en nuestras vidas jóvenes para quedarse entre nosotros, de si trabajaba en una factoría de Hialeah, de si tenía la pensión de la seguridad social de la Florida, de si sufría la soledad, de si había encontrado otras amistades que hubieran logrado reproducir la relación que tuvo con tantos jóvenes en su portal de Camajuaní. En vano tratamos de encontrar su rastro.

Hoy vivo convencido de que desde allá donde hoy su alma descansa, sigue los pasos de todos los que tuvimos el privilegio de conocerla en este mundo. Clara terminó sus días como una infinidad de cubanos, del lado de allá del Estrecho de la Florida, en un cielo dividido por tantos, tantísimos motivos kafkianos e innombrables de intolerancia fraticida.
 

Si bien Clara fue pura espiritualidad galáctica, Ramona fue desde su niñez lo que hoy podríamos llamar “un espíritu libre e indoblegable”. Esa Fue Ramona Velázquez, a quien siempre llamamos Monga. La hija de Toña y Ramón Velázquez, hermana de Daysi Velázquez, quien desde Leoncio Vidal 90, en su humilde casita un poco más alta de la de Clara, distinguía los movimientos de toda “La Loma”.

Un amplio escalón servía para alcanzar el portal con su banquito y la ventana protegida por una reja de maderas de poco menos de dos metros de altura. En aquel escalón, por muchos años, se sentaba el chino Manuel, quien apoyaba sus dos enormes cestas de yaguas entretejidas en el  piso que dividía la casa de Monga de la de sus vecinos Cuca y Piloto, recostando cuidadosamente el palo sobre las tablas ya descoloridas por el paso de los huracanes. Manuel llevaba y vendía de todo lo habido y por haber en sus cestas.

Era un espejismo asiático en medio de la colina cubana, la viva imagen de la libre circulación de los hombres en esta tierra compartida. Llegó a Cuba para quedarse como tantos cubanos se iban para siempre, en un torrente humano que trascendía las ideologías. Parte inseparable del banquito en el portal era Toña, cuando no estaba  sentada en la salita, siempre con su pierna cruzada, recostada a un brazo del sillón, con una sonrisa que era amor puro de absoluta Alma Mater, y un cigarrillo que sólo se apagaba cuando encendía otro.

Ramón Velázquez, Mongo, torcía sus puros cuando no mascaba la hoja, tradición muy villareña, con tabaco de tripa que él mismo se procuraba en las escogidas de nuestro pueblo, y allí, balanceándose suavemente, con la paciencia de la sabiduría de los años vividos, fumaba uno tras otro, los puros que él mismo torcía sobre la mesa del comedor que conducía hasta la cocinita del fondo.

Deysi fue desde muy joven ejemplo de laboriosidad incansable. Cierro los ojos y la veo sentada los domingos en el portal, con su mesita de manicure, rodeada de las chicas de La Loma: Carmita, Yayo, Mary, Clara, Cuca, Aurelita, Panchita, Fefa, Milo, Hito, Pichín, Rina, Luisa, en fin toda el alma joven que colmó de alegría La Loma, esperando su turno para embellecer sus manos. Se casó con Rolando Vázquez, Vitea, y de esta feliz unión nacieron Odalys y Rolando, dos primores de niños.

Ya desde que la vio nacer, mi prima Aurelita sintió un cariño muy especial por aquella bellísima criatura que fue Odalys, y así se convirtió en su madrina. Los ojos de Rolandito fueron a parar a los de nuestra querida Zenaida Blanco, que tejía incansablemente kilómetros de estambre mientras jugaba y conversaba con aquella criatura que la adoraba – no creo que haya existido jamás alguien capaz de trabajar las dos agujas a tal velocidad y con tanta maestría -.

Todos sabíamos que se marchaban también del país para siempre, y nos preguntábamos qué sucedería cuando Rolandito y Zenaida se separaran para siempre. Al final de sus días, Zenaida se despidió del mundo en su Palacio del Comején, como ella cariñosamente llamó a su casa en la calle General Naya. 
 

Como cada año la llegaba de septiembre y la vuelta a las aulas en La Habana me separaba una vez más de nuestro pueblo y de tanta gente sin saber las volvería a ver ni cómo ni dónde. Una noche estábamos sentados en el portal de mi abuela Aurelia, en Leoncio Vidal 98, y vi bajar a Cozón con Yayo, eran casi las diez de la noche y ya el tren de Sagua había pasado hacia Caibarién.

Yayo entró a despedirse de mi abuela Aurelia pues se iba ya para siempre. Nunca supe exactamente cuándo se fueron Deysi,  Vitea y sus niños. Un día de junio al regresar a mi “aldea”, encontré la casa de Monga más vacía. Allí estaba mi amiga con Toña, balancéandose junto a su cigarrillo, contándome que los demás se habían ido.

Un suspiro profundo sacudió el rostro de Toña cuajado de arrugas, se puso de pie y me trajo, como siempre, una tacita de café de bienvenida, del que le habían traído de Remedios. ¿Cómo olvidar la amabilidad de estos gestos en medio de la humildad y la decencia más profundas?
 

Los ojitos de Toña recuperaban su brillo de antaño al verme regresar cada mes de junio apenas cerraban las aulas en La Habana. Y entonces comenzaba Monga a interrogarme, literalmente, sobre “qué estaba haciendo” y “qué estaba estudiando”. Monga disfrutaba en carne propia todo lo que le contaba. Su interés por saberlo todo iba creciendo día a día.

Recuerdo una noche a Esther Policart, en presencia de su madre y su hermano Jaime, explicando unos versículos del Apocalipsis de San Juan a mi prima Aurelita y a ella en su casa situada entre el Cine Teatro Muñiz y el  Super Bar – un verdadero oasis de helados hechos con frutas frescas.

¡Qué curioso, las tres estaban vestidas de verde, sobre todo Esther, que lucía aquel color en todo su vestido, en cambio, Aurelita y Monga vestían dos faldas verdes con sus blusas blancas! No sé si fue coincidencia o la mano de Dios diciéndoles que a pesar de todo lo que sucediera, siempre había que tener esperanza! Años más tarde me llegó la noticia de que los Policart habían logrado salir de Cuba con rumbo a Panamá.
 

Monga adoraba el cine, prácticamente no había película, ya fuera de Hollywood o de la nueva presencia de Sovexportfilm en las pantallas cubanas que no hubiera visto en los cines Muñiz y Rotella, no había matinée dominical en que no estuviera. Delia y Sofía, las Parras, allá en el cine Rotella junto a la excavación, sabían perfectamente que Monga no podía vivir sin el cine, y ya Aurelita, ella y yo entrábamos noche por noche gratis, sentándonos en las últimas filas a la izquierda, apenas se entraba en la sala.
 

Fue un alma libre que no soportaba imposiciones de ningún tipo. Su entusiasmo innato y contagioso no conocía ni cuerdas, ni alambres de púas ni fronteras imaginarias por insalvables que parecieran; nació libre y luchó a capa y espada por vivir a su manera. Un día le traduje la letra de la bellísima canción My Way[4] y  me dijo: ¡Esa soy yo!  No había carnaval de agosto en que no  bajara con nosotros disfrazada como “mascarita” desde la glorieta del parque hasta el final de la “trocha” llegando a la línea del tren en el barrio de San José, casi hasta Tercera del Oeste.

En “algo” lográbamos llegar a Patio Club, o con los zapatos en la mano para salvar el fango del tramo final del camino hasta Piscina Club. Con ella fuimos a las parrandas de todos los pueblos cercanos de la comarca, encontráramos lo que encontráramos para ir, pues lo importante era eso: ir, ver las fiestas de Remedios, de Vueltas y de Caibarién.

Fue cómplice de nuestras aventuras, la inseparable, la incansable, la que corrió con nosotros “pidiendo botella” tras los camiones de “Recursos Hidráulicos” para lograr llegar hasta la playa de Caibarién. Fue con quien tomábamos por asalto los trenes “lecheros” de Sagua a Caibarién, siempre buscando el mar, los espacios libres, y si no lo lográbamos entonces nos bastaba el agua cristalina del río Camajuaní al cual bajábamos por el “palmar de la coja”, o en la famosa Poza del Níspero, más allá de la casa de Milagros. Sólo el Gran Antonio Cabrera, con una vida consagrada a la tradición parrandera, podía comprender su pasión por “nuestras carrozas”. 

La casa de los trabajos de Los Chivos situada en la antigua escogida, jamás habría subsistido sin Monga y su carisma durante los durísimos años del llamado Período Especial en Tiempos de Paz de los años 90. Era ella la que no tenía hora para terminar de trabajar, de pintar, de inventar con nada de nada, de recortar y montar bambalinas.  
 

Un día de la década del sesenta supe que la intolerancia en que vivíamos había sido implacable con ella. No había espacio para alguien que no se comportara a tono con los “cánones establecidos” y terminaron por enviarla a una granja de Corralillo para su “rehabilitación”.

Por suerte aquello duró poco tiempo y al regresar en el verano la volví a encontrar en su casa, impaciente porque le contara todo lo que podía sobre la vida en La Habana – que para ella era el universo imaginable -  y lo que yo hacía en la escuela. Llegó hasta mí la feliz noticia de que la Gracia de Dios la había premiado con el mayor de los regalos: nuestra amiga sería madre, y así fue.

Cuando llegué a Camajuaní me apresuré a ir a conocer a Silvia, su más preciado tesoro. Había acabado de bañarla en su habitación. Me dijo textualmente: “¡Mira Juan, mira qué linda es mi niña!”. Recuerdo su ternura maternal al presentármela sobre su cama. En 1978 estuve por primera vez en Alemania y me vi en el museo Zwinger de Dresde ante la obra maestra de Rafael: la Madonna Sixtina, creada por el Maestro entre 1514 y 1515. Silvia era el tercer ángel que faltaba en aquella maravilla del arte universal.   
 

Llegó 1980 y con él también un acontecimiento que sacudió la historia de Cuba en la segunda mitad del siglo XX: el éxodo masivo del puerto del Mariel. Miles y miles de personas salieron de Cuba hacia los Estados Unidos, y entre ellas, también se fue Silvia.
 

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Imagen: Camajuaní, Juan Alberto y Silvia

Monga y Toña se presentaron ante mí, nuevamente, sentadas en sus sillones entre un cigarrillo y otro, con una lágrima que no dejaba de cubrir sus rostros. Permanecí en silencio, sin preguntar nada. Monga me confesó que no quería para su niña “ni lo que ya había vivido, ni lo que había dejado de vivir”.

Sus palabras eran y son la divisa de miles de personas desaparecidas o por desaparecer en el mar por más de medio siglo en el Estrecho de la Florida en cuanta cosa pueda flotar: el deseo de descubrir lo que no hemos podido ver con nuestros ojos, pensar con nuestros cerebros, oír con nuestros oídos y tocar con nuestras manos. 

Llegaron los años del tercer milenio y con ellos el pasaje de nuestra amiga hacia la Casa del Señor. Nadie merece tanto dolor y mucho menos ella. Carli Catoira logró visitarla dos días antes de que sus días terminaran en La Loma. Antes de despedirse, le susurró al oído que siempre la habíamos querido mucho.

Con ella se fue un ángel de la alegría. Un sueño me sigue en Europa: volver a vivir en La Loma los tiempos que dejamos atrás, aunque sé que las segundas versiones nunca fueron buenas y que es mejor guardar el recuerdo de como fue antes que defraudar el corazón y sus esperanzas.
 
 

LO INDESCIFRABLE
Ischia, 2009
 

La vida es  un devenir
indescifrable, incognoscible;
el tiempo, innombrable,
se lleva en su fugacidad
el espejismo de la vida
que en vano tratamos de atrapar.

Y al final aquí estamos, eso pensamos,
como allá estuvimos creyendo ser partícipes
de la gran imagen virtual, fugaz, total y mordaz,
que arrastra, implica, envuelve y compromete,
con su fuerza de huracán insaciable.

Todo lo pide a cambio en su voracidad inusitada,
pues todo se va en el tránsito de una existencia arrolladora.”

 Querida Ofelia, así termina el homenaje de Juan Alberto a dos personas inolvidables que formaron parte de nuestras vidas en el terruño camajuanense. Te ruego que lo hagas a llegar a nuestros amigos y familiares de Camajuani que las conocieron.
 

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
 

[1] Barrio del pueblo de Camajuaní en la provincia de Villa Clara, Cuba

[2] Rebautizado “José María Pérez” en los años sesenta en Cuba

[3] Período de 4 a 6 semanas en que todos los años las escuelas cubanas cierran para trasladarse a los campos a trabajar en la agricultura.

[4] My Way, una de las canciones más famosas de todos los tiempos, escrita y cantada en francés por Claude François, traducida al inglés por Paul Anka y popularizada en el mundo por Frank Sinatra.

Las Memorias de Miguel García Delgado

Cartas a Ofelia/ Testimonio

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Imagen: Campamento de Columbia, La Habana, enero de 1959. De izquierda a derecha: Lázaro Artola, Armando Fleites, Fidel Castro, Eloy Gutiérrez Menoyo, Aurelio Nazario Sargent, Andres Nazario Sargent  y Lázaro Asencio. Arrodillados: Roger Rodríguez, Genaro Arroyo y Miguel García Delgado.
 

Cubamatinal/ París, 12 de julio de 2010.

Querida Ofelia;
Hasta  finales de 1958 en nuestro terruño camajuanense, mis héroes habían sido: Superman, Batman, Tarzán, Zorro, etc. Pero con la llegada de los barbudos al pueblo, mis héroes se convirtieron en personas de carne y hueso: Ramiro y Miguel entre otros, sustituyeron a los anteriores.

El papel de Miguel en los EE.UU. por medio de la organización de pic-nic gigantes, de las fiestas de San José del 19 de marzo, como en nuestro lejano pueblo, las carrozas de sapos y chivos, las parrandas, la recopilación de la Memoria de los camajuanenses a través de su revista y del Club de Camajuaní y tantas actividades más que harían la lista demasiado larga, serán reconocidas por el que escriba la historia del exilio camajuanense, a lo largo de este último medio siglo. No tengo temor a equivocarme al afirmar que nadie como Miguel García Delgado ha hecho tanto por unir a los camajuanenses de la diáspora esparcidos por el mundo.

Siempre que hemos ido a Mami nos ha abierto las puertas de su casa y nos ha brindado generosamente su servicio de guía. Hasta mi nuera franco alemana cuando  Miguel nos llevó en su coche a pasar un día juntos en Key West, me dijo: “es un hombre profundamente humano.”

Gracias Miguel por tu amistad. Te pedí el testimonio de tu vida de revolucionario y aquí la reproduzco.

Miguel-“el 8 de febrero del año 1959 todos los guerrilleros que habían formado las fuerzas del Segundo Frente Nacional del Escambray depusimos las armas en Cienfuegos. Los primeros que las  entregamos  fuimos: Eliope Paz, yo, Beraldo Salas y Elio Balmaseda.

Todos éramos de la guerrilla de los camajuanenses que dirigían los capitanes Beraldo Salas y Ramiro Lorenzo. Como Ramiro pasaba el mayor tiempo en la Comandancia que radicaba en casa de doña Rosa, lo sustituía Salas y el segundo era yo. Cuando Ramiro volvía,  su segundo era Eliope Paz. Al terminar de desmovilizarnos de la guerra, Eliope, Elio, Salas y yo decidimos  partir a  reunirnos con nuestras respectivas  familias.

La primera acción del movimiento 26 de julio en Camajuaní tuvo lugar en el mes de febrero de 1957. Me encontraba en la tabaquería de Eliope Paz, en La Habana, lugar que visitaba habitualmente, ya que Eliope era un conocido rebelde contra  el dictador Batista. Fui a participar en varias manifestaciones de estudiantes universitarios invitado por  Eliope.

Un día  me preguntó:

-Miguelito, ¿por qué en nuestro pueblo no se oyen actos de resistencia contra el tirano?

- Sabes que existe el movimiento 26 de Julio y toda tu familia pertenece a él.

- ¿Por qué no vamos allá  y hacemos un acto de protesta?

 -Saldré para Camajuaní mañana mismo y hablaré con Carlos Gómez (que era el jefe del movimiento en Camajuaní).

Cuando hablé con Carlos, él estuvo de acuerdo y se lo hice saber a Eliope. Quedamos en que en marzo alrededor de las fiestas del 19 de marzo él viajaría a nuestro pueblo.

Yo sabía que Ramiro Lorenzo estaba también en nuestra posición contra la tiranía y lo fui a ver a casa de su tía, donde él vivía. Cuando toqué en  la puerta me recibió una joven que me deslumbró al instante. Ella sería el amor de mi vida y mi segunda esposa por 26 años. 

Le conté a Ramiro lo que habíamos hablado con Carlos y  me dijo que buscara a otro para hacer juntos  el primer sabotaje en nuestro pueblo. Le dije también que el hermano de Benito Paz vendría desde La Habana y nosotros tres formaríamos el grupo.

Carlos  nos citó en la casa de Gerardito Paz y allí nos entregó dos bombas y nos dijo que las teníamos que poner en  el centro escolar  a las 8 en punto de la noche y la otra en el cine. Yo en mi vida había visto una bomba y la escondí bajo mi ropa. El objetivo no era herir o matar a alguien sino el hacer saber que existía un movimiento revolucionario en el pueblo,

Traté de ponerla  en escenario del cine pero no pude sacar las rejillas de la pared. Se acercaba la hora, miré a mi alrededor, a la  casa de la familia Palacio,  pensé que en un carro que allí había aparcado podría herir a alguien, tampoco en el restaurante del chino, entonces vi en la calle una pila de arena como de dos metros de altura, miré el reloj que Carlos me había dado y  faltaban unos minutos para la 8 de la noche; decidí que debajo de la pila de arena no le haría daño a nadie.

La mecha era grande, la encendí y me fui caminando para el Café del Hotel Cosmopolita, me senté y pedí una cerveza. Por casualidad en la mesa contigua estaba el policía cuyo apodo era El Látigo Negro en una de sus borracheras. Casi inmediatamente  explotó la bomba y esa noche llovió arena sobre el mamoncillo y sus contornos.

Ramiro y Eliope trataron de darle candela al Centro Escolar pero la candela que ellos le dieron no prosperó y del centro nada más  que se quemaron  algunas cosas sin importancia.

Después de varios días Carlos  me dio la misma misión y fue un tremendo fracaso pues le di candela tres veces, primero en el Despalillo, seguí para la tienda de Las Tres Marías y tampoco explotó y por último fui al baño del Paradero de Trenes, la puse y tampoco explotó.  La volví a recoger y de ahí me fui a casa a dormir. Al  día siguiente la entregué a Carlos y él muy descontento me explicó: “cuando no funciona, olvídate de ella y déjala donde la pusiste.”

Acto seguido me dijo que el Movimiento provincial necesitaba voluntarios para una acción, Le afirmé que  podía contar conmigo. El día señalado se apareció Víctor Vázquez (Vitea). El cual dijo a Carlos que éramos  los únicos que se habían ofrecido para esa misión. Nos dio dinero para el pasaje y nos ordenó que teníamos que ir para Cienfuegos a la fábrica de hielos de la familia Aragonés.

Allí estábamos reunidos unos cincuenta  jóvenes provenientes de todos los municipios de la provincia. Después de esperar unas dos horas, vino un hombre como de unos treinta años y exclamó: “pueden regresar a sus pueblos y muchas gracias por haber venido.”

Después  de transcurrido un tiempo, nos enteramos de que nos habían acuartelado en la fábrica de hielo para perpetrar un atentado contra Santiago Rey Perna,  Ministro de Gobernación que iba  frecuentemente a su pueblo para visitar a su familia.

En Camajuaní la policía y los cuerpos represivos cada vez que  suponían que los revolucionarios iban  a hacer algo, lo primero que hacían era lanzar una ola de represión contra  los más conocidos entre los que estaban contra el régimen de Batista. Primero era contra Raúl Hernández, Oberto Machado y Gilberto Sosa, después agregaron a la lista a Benito Paz, Jorge Piñón, Ramiro Lorenzo y otros muchos más. Por ese motivo, cada vez que el Movimiento 26 de Julio de Camajuaní tenía planeado algo, los primeros mencionados tenían que irse para otros pueblos y los segundos nos trasladábamos para La Habana.

Por ejemplo, Benito se hospedaba en casa de su hermano Eliope, Víctor Vázquez en casa de su hermana Hilda, Ramiro se trasladaba al apartamento que José Casanova (Cuqui) tenía en Regla, que por cierto era el lugar de reunión de los revolucionarios camajuanenses. Jorge Piñón  no tenía familiares en la capital, por lo cual se escondía en casa de mis tíos Eloy y Consuelo, que era mi casa en la Habana. Cuando disminuía la represión en nuestro pueblo, todos regresaban discretamente a seguir la lucha contra el tirano.

Terminé por alzarme en las lomas del Escambray con un grupo de mis amigos, formando parte del Segundo Frente Nacional, donde permanecimos todo el año1958 hasta que triunfamos.

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Imagen: Camajuaní, fiestas de San José, 19 de marzo de 1959. El barbudo (Miguel García), liberando a la Patria (Ester Acosta).

Cuando nos dimos de baja del ejército Rebelde en la ciudad de Cienfuegos, los miembros del Segundo Frente nos dirigimos a nuestros pueblos. Cuando  llegué a Camajuaní había tremendos problemas por ocupar las distintas plazas de trabajo.

Fue en ese momento en el que se me apareció en casa Carlos Martínez que era coordinador  de sabotajes del Movimiento 26 de julio al que yo siempre pertenecí. Me pidió que me pusiera al mando de la Policía Nacional Revolucionaria  y que restableciera el orden en  el pueblo.

AL principio no acepté, pero por la insistencia de Eliope Paz y Carlos Gómez acepté, pero con la condición de serlo solamente por un mes. El comandante de la provincia vino a Camajuaní y me pidió que me quedara en ese puesto. Después  me trasladó para Placetas, que era la capitanía aduciendo que yo tenía que ocupar ese puesto  dado mi expediente revolucionario. Cuando proclamaron a la ciudad de Trinidad ciudad muerta con una huelga, el comandante me llamó y me dijo que el único que le podía ayudar era yo, ya que había esta alzado en esa zona  y hacia allí me envió.

¡Y empezó la infiltración comunista!

Estando en la capitanía de Trinidad un día a principio del 1960 me fue a ver el director de correos de la provincia de Las Villas y me dijo:

-Miguel tengo entendido que tú conoces a los rebeldes que se alzaron de en esa zona y necesito que me digas a quién puedo nombrar como administrador del correo de Trinidad, pero  tiene que pertenecer al Movimiento 26 de julio o al P.S.P. (Partido comunista).

- Eso aquí  no funciona- le afirmé- porque aquí el M-26-7  fue casi inexistente y los comunistas no lucharon contra Batista. Aquí la mayoría eran del D.R. o del Segundo Frente del Escambray.

-Del Segundo Frente no.

- Bueno búsquelo usted.

A los pocos días fue nombrado el nuevo administrador de correos. Era un conocido comunista de Trinidad.

En el mes de Octubre de 1960, al conocer la infiltración de los comunistas en todos los mandos municipales y militares, pedí mi baja de la Policía Nacional Revolucionaria, la cual se me concedió tres meses después.

Ahí fue cuando empezó mi calvario, pues como ellos conocían que yo no era simpatizante de los comunistas, no me dieron trabajo y cada vez que había una movilización me iban a buscar y me encarcelaban. Fue esa la causa por la que intenté abandonar clandestinamente mi país.

Cuando en 1965 el presidente de los U.S.A, ofreció asilo a los cubanos que quisieran ir a vivir en tierras de Libertad, yo le escribí pidiéndolo el asilo político, el cual fue aceptado  y… pude viajar  a los EE.UU.

Llegué a Miami el 29 de Julio de 1966, me hospedé en un hotelito detrás del aeropuerto de Miami, al que los cubanos  llamábamos La Casa de La Libertad. Tenía terinta años y llegué con tres hijos de cinco, tres años y el más pequeño con sólo quince días de nacido. Yo no tenía oficio ni hablaba inglés. Me relocalizaron en un pueblo cerca de la ciudad de Boston en la península de Cape Corp.

Llegué a las cinco de la mañana y a las siete me pusieron a trabajar en una lavandería, vistiendo el mismo traje con el que hice el viaje desde Cuba. A las 5 p.m., cuando creía que regresaría a casa, mi cuñado me dijo que me tenía un part time. Yo no sabía lo que me quería decir, pero me llevó para un club y allí me puso a lavar platos hasta la una de la madrugada. Así fue todos los días hasta que en  diciembre de ese año 1966 mi mujer me dijo: ¡sácame de aquí o me vuelvo loca! Por esa razón vine a parar a Miami.

En Miami, trabajé en todo lo que se presentaba: como ayudante de camarero, pintor de brocha gorda, podador de árboles, camionero, repartidor de periódicos, limpié oficina y  aviones, fui sereno, trabajé en fábricas, puse antenas de t.v., taxista, etc.

Regresé a los taxis y me retiré a los 65 años de edad. Como en la imprenta aprendí el único oficio que tengo además de los conocimiento que adquirí en el giro de taxis, en el año 1990, ya  propietario de una imprenta, me dije: este es el momento de hacer el sueño de mi vida y me dediqué a editar una revista que hablara netamente de mi pueblo, de  Camajuaní. La sigo editando desde hace veinte años. Es la revista de todos los camajuanenses, los de aquí y los de allá, sin rencores hacia nadie.

Puedo decir sin temor a equivocarme que yo, sin estudios ni oficio alguno, he podido en esta gran Nación que son los U.S.A. poder criar a cuatro hijos,  y dos nietos, gozando de plena Libertad y sin tener que hacer algo indebido. ¡El sueño americano yo lo pude lograr! Es por eso que aunque no soy rico,  vivo decentemente en este gran país del cual poseo la ciudadanía. Y digo desde el fondo de mi corazón: God save América!”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

El testimonio de Ileana de la Guardia

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Cubamatinal/ París, 9 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Cada año, al final del curso universitario, paso a mis estudiantes de letras, muchos de los cuales cursarán posteriormente estudios de leyes, para convertirse en abogados o jueces,  la participación de Ileana de la Guardia en el programa cultural de Bernard  Pivot  Apostrophes, que es el más importante de la televisión  gala. Allí Ileana presentó su libro “Le Nom de mon père”. A continuación, les proyecto el excelente documental  “8A”, como ejemplo de lo que es un proceso estalinista puro y duro, pero que no se llevó a cabo en Moscú en los años treinta, sino en La Habana en 1989. El debate que sigue es siempre profundo y de gran calidad. Los jóvenes franceses reaccionan muy positivamente y me muestran su admiración por los condenados. Los chicos quedan fascinados por Ileana.

Es que sin lugar a dudas Ileana de la Guardia posee un refinamiento, una distinción y un cachet poco común. ¿Será la más parisina de las cubanas o la más cubana de las parisinas? Junto a su esposo, Jorge Masetti, forma una pareja símbolo de glamour . Alguien dijo: “el lujo se puede comprar, la elegancia no.” Pero no nos podemos equivocar, detrás de su elegancia material y espiritual se encuentra el carácter de una valiente mujer que sigue luchando contra vientos y mareas por el honor de su padre y la vida de su tío.

Como a otros grandes amigos, le pedí a Ileana su testimonio y aquí te lo envío. Te ruego que lo imprimas y lo hagas circular entre nuestros amigos y disidentes en San Cristóbal de La Habana de la forma que ya conoces.
Ileana-“Fue en el  verano del año 1989 cuando perdí  a mi padre Antonio de la Guardia, esta tristeza por la ausencia definitiva  de un  ser querido, se volvería a repetir al dejar a mi familia, cuando decidí con mi esposo Jorge Masetti abandonar a Cuba.  Vivir en mi país se había convertido en una angustia cotidiana.

Mi padre tenía 51 años al momento de su muerte, era un hombre de espíritu joven, pleno de vitalidad. Era artista y militar,  algo que dejaba ver ciertas contradicciones entre el hombre que servía a un régimen totalitario y el hombre creativo, libre; quizás fue  lo que lo llevó a morir condenado por traición a la Patria frente a un pelotón de fusilamiento.

Si bien mi relación con él se había desarrollado esporádicamente, pues desde el divorcio con mi madre no vivíamos juntos, a través de nuestros sucesivos veranos  pasados en el mar en un barco de vela,  aprendí  a apreciar  su compañía y a querer  a ese hombre generoso, lleno de afecto, que se convirtió en mi mejor amigo.

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La Habana, 1986. Ileana y su padre.

Fue detenido el 13 de junio, día de su cumple años y fue fusilado el 13 de julio, un mes después. ¿Pura coincidencia o simple cálculo macabro de Fidel Castro? Nunca lo sabré, pero poco importa. No me dejaron el tiempo necesario para una larga despedida, ni de una buena defensa jurídica, como existe en los países civilizados, donde la vida tiene su justo valor.

Con gran placer dos años después, al recibir mi carta de refugiada política en Francia, sentí  una gran alegría y comencé a recuperar la confianza en el ser humano, en el hombre que respeta la vida. Al fin podía vivir en un país donde la pena de muerte había sido abolida.  Francia se convirtió en mi nuevo hogar.  Y si me voy por un tiempo la añoranza me invade.

Las pinturas de mi padre me acompañan  como un sueño en colores, están en mi pequeño apartamento parisino, son un recuerdo nostálgico de mi país  y de mi familia. Mi abuela paterna murió en el año 2001, y como era católica, yo en París la recordé con una misa en la Iglesia Saint Severain. Ella era una señora pequeña, menuda, de temperamento alegre, que le gustaba cantar cuando se tomaba un Martini en los aperitivos que habitualmente hacían mis abuelos. No puedo decir que tuve una infancia difícil, ni triste. Crecí en una casa alegre, abierta a la calle, donde todo el mundo podía pasar en el día sin avisar. Era una casa muy grande, con amplias ventanas cerca del mar, construida por mi abuelo en los años cuarenta.  Cuando había mal tiempo, el mar agitado podía escucharse en ella y por donde pasabas el dedo palpabas  la sal. Había una gran biblioteca con libros antiguos, con fotos de otros tiempos.  Mi abuela conservaba grandes cajas con viejos objetos de plata y manteles de hilo, que ella se empeñaba en limpiar y utilizar en nuestros almuerzos  dominicales.

Recuerdo las dos semanas antes de mi partida con una gran tristeza, mi tío Patricio, el hermano gemelo de mi padre, estaba en encarcelado, condenado en el mismo juicio que mi padre, sin defensa, ni posible puesta en tela de juicio de su condena. Él  había sido militar. Sólo le dejaron los pinceles para soportar su difícil condena, pues él también amaba y ama la pintura. Hoy gracias a su arte, pinta uno bellos paisajes, muchas veces con un elefante solitario en la sabana africana, simbólico contenido después de lo vivido.

Mi tío, junto al general Ochoa había vivido la guerra de Angola, él era el jefe de la información militar y al inicio del año 1989 había dicho a Fidel Castro: “ésto es un problema de los angolanos, nosotros somos percibidos como un ejército de intervención” Había insistido para ir a las negociaciones de paz y retirar las tropas cubanas.  A Castro  no le gustó que le dijeran lo que había que hacer, como tampoco le gustó que Ochoa lo percibiera como un loco y todavía menos, que lo dijera en alta voz y lo compartiera en sus reuniones con mi tío y  mi padre , que eran  amigos suyos.

Cuando el juicio comenzó contra ellos, nadie sabía muy bien de qué serían acusados. Sólo el titular de un artículo en el Granma (órgano oficial del partido comunista cubano), me dio un mal presentimiento, el mismo decía:

“Lavaremos con sangre esta traición a la Patria”, es decir que, la sentencia ya estaba dictada. También avanzaban la condena por tráfico de drogas hacia los Estados Unidos.  Yo conociendo la ética de mi padre y mi tío, me parecía que alguien me contaba una mala película inventada por el régimen para deshacerse de ellos. Además que objetivamente veía muy difícil de explicar, cómo Ochoa podía participar en un tráfico de droga desde Cuba hacia Estados Unidos, si él estaba dirigiendo las tropas cubanas en África junto a mi tío. Mi padre por su parte, dirigía un servicio del Ministerio del Interior, llamado M.C., que había sido creado para contornar el embargo americano y  buscar material médico entre otros que Cuba no podía procurarse por vías legales. Yo sabía que los grandes aparatos de IRM que tenían algunos hospitales cubanos era  gracias al servicio del M.C. Éste los había sacado de los Estados Unidos por medio de  lancheros que vivían en Miami.

Los lancheros estaban mezclados a tráficos ilegales, por supuesto que no eran hombres de negocios legales. Esos lancheros pidieron favores a cambio, como recibir ayuda logística en las aguas territoriales cubanas y por supuesto, el gobierno dio la luz verde y el departamento de mi padre debía ocuparse de abastecerlos de combustible, agua, etc. Estas lanchas debían quedarse en  mar afuera y no tocar tierra. Como estos hombres eran vigilados por la D.E.A., algunos fueron detenidos y los servicios americanos supieron que la oficialidad cubana estaba en contacto con ellos, por lo cual  decidieron hacerlo público para condenar al régimen cubano. Fidel se les adelantó y sacrificó a mi padre y  se deshizo de Ochoa:  un peligro político menos.

Vivo en París desde hace 19 años. Soy sensible a los problemas de Francia. Mi hijo nació en esta ciudad hace 12 años. Cuando mi familia y yo recibimos la nacionalidad francesa en junio del 2010, sentí una gran tranquilidad, pues por fin mi país de residencia, sería oficialmente para siempre mi país adoptivo.  Y en mi viejo apartamento del barrio latino contemplé el patio florecido de hortensias y jazmines. Me puse a leer de nuevo  el libro que mi padre me había ofrecido cuando era adolescente, éste se llama Juan Sebastián Gaviota y cuenta la historia de una gaviota que es rechazada por el grupo por volar más alto que las otras y ser diferente. Lindo mensaje contradictorio  con la realidad de una joven que debía seguir el dictamen de la juventud comunista. En realidad creo que mi padre ya en aquel momento creía en la capacidad del hombre que ha de  ser libre y diferente de los otros. Quizás esto me dio la fuerza para irme de Cuba y rehacer mi vida. 

Hoy sólo me queda la esperanza de poder regresar un día a mi Cuba, entrar a la casa de mi infancia, ir  al mar con mi madre, acompañar a mi tío mientras  pinta uno de sus cuadros y… a pesar de mis tristes recuerdos, pasear por  La Habana con una nueva mirada. Sé que sólo verdaderos cambios en la política del régimen me permitirían regresar.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
 
Le nom de mon père.

Ileana de la Guardia

Editions Denoël

308 páginas

ISBN: 2-207-25057.1

Historias de la diaspora X

Cartas a Ofelia/ El largo camino de Eyda hacia la libertad

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Eyda el día de sus Quince en La Habana.

Cubamatinal/ París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Ya has leído tres reseñas  mías sobre sendos libros escritos por esa gran dama cubana que es Eyda Machín. Su cultura, elegancia de espíritu, simpatía y distinción, la hacen una verdadera embajadora de la feminidad cubana en La Ciudad Luz. Aquí te envío el testimonio que nos escribió sobre cómo logró ser Libre.
 
Eyda-“Era apenas una niña cuando el frenesí revolucionario se apoderó de mi pobre isla. Parada en la terraza de mi apartamento frente al Malecón, vi desfilar las tropas del ejército revolucionario que hacía su entrada triunfal en La Habana. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Sin saber por qué, tuve el presentimiento que una desgracia se abatiría sobre mi pobre Patria.

No tuve que esperar mucho tiempo para comprobar que mi presentimiento no era infundado. A ojos vistas, la isla se transformaba en un territorio donde el odio, la violencia y la delación estaban a la orden del día. Familias enteras se destrozaban mutuamente: de un lado los adeptos a la Revolución, del otro los tenaces opositores a la creación de un Estado comunista. La pena de muerte fue decretada de inmediato. Los primeros fusilados fueron los miembros del antiguo régimen dictatorial. Las estaciones de televisión difundían los juicios públicos realizados por tribunales revolucionarios. Terrible reedición del circo romano y de las persecuciones de los primeros cristianos.

Ante aquella horda desenfrenada, una ráfaga de pánico estremeció la isla. En 1960 mi padre, abogado, decidió partir con su esposa y mis dos hermanitos. A pesar de su deseo que me fuera con ellos, la autorización fue denegada por las autoridades revolucionarias. Yo podía salir con mi padre y su familia, pero no así Mami, mi madre adoptiva, pues ella no formaba parte del núcleo familiar.

Mi decisión fue inmediata. Si Mami no podía partir, yo tampoco. Estaba lejos de imaginar que la cortina de hierro caería sobre la isla cautiva. Al llegar a los Estados Unidos, mi padre se apresuró en enviarnos una visa waver. La ruptura de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, a principios del 1961, fue el segundo obstáculo para lograr nuestro camino hacia la libertad. Existía otra solución.

Mi hermano, residente en Venezuela desde hacía varios años, solicitó nuestra visa para ese país. Nos apresuramos en preparar los pasaportes. Cuando ya todo estaba listo, un tercer obstáculo apareció. La mayoría de los países latinoamericanos, entre ellos Venezuela, rompió relaciones con Cuba. Estábamos en el año 1962. Todas las pasarelas hacia la Libertad serían brutalmente cortadas. No había escapatoria. Estábamos irremediablemente condenadas a permanecer prisioneras.

Atrapada en esa locura colectiva   que se había apoderado de gran parte de la población, mi única idea, mi obsesión era huir. ¡Huir! Lejos de ese mundo en descomposición que se desmoronaba ante mis ojos. Lejos de esa guerra fratricida y aterradora que devoraba, a un ritmo desenfrenado, lo que quedaba de esa tierra. Lejos de ese mundo atiborrado de traidores. Lejos de esos discursos interminables y repetitivos eructados por el Amo.

Necesitaba urgentemente respirar un aire que no estuviera viciado por la desconfianza. ¿Cómo hacer para escapar de ese infierno? Todas las salidas estaban bloqueadas. Nadie podía salir legalmente de la isla. Una verdadera hemorragia humana había comenzado el éxodo, arriesgando la vida, atravesando por centenas el Estrecho de la Florida ya sea nadando, en neumáticos de automóviles o en embarcaciones improvisadas, en dirección de las costas de los Estados Unidos.

De repente, tuvo lugar un milagro. Algo inimaginable: la creación en 1965 de un puente aéreo entre Cuba y Estados Unidos, « El Puente de la Libertad ». Las compuertas de la represa se abrían ante mí. Un camino hacia mi añorada Libertad. El precio que tendría que pagar era el de partir sin nada, sin dinero, sin joyas, sin documentos. Sólo con un pasaporte sellado: Nulo. En mi corazón, los tesoros de mi primera vida, mis lecturas, mi música, mis amistades y mis recuerdos. Ese bendito día de un mes de abril de 1966 en que volaba hacia un nuevo mundo, lloré de alegría. Lloré de alegría de estar viva, de poder comenzar de nuevo de cero, de renacer.

Sin embargo, debía estar escrito que yo viviría bajo cielos diversos, en contacto con culturas y lenguas diferentes. Mi paso por ese primer país que me acogió con los brazos abiertos fue breve. Aún así, tengo que reconocer mi deuda pues  contribuyó a mi Libertad, a mi emancipación y guió mis primeros pasos de mujer adulta.

Venezuela fue la segunda etapa de mi largo vagabundeo. Cuando salí de Cuba tenía las manos y el corazón vacíos. Pude entonces reunirme con mi querido hermano, a quien no veía desde la edad de ocho años. Conocer a mis sobrinos y mi sobrina. Formar parte de una gran familia.

Obligada a dejar mi Patria sin documentos, por culpa de los dictámenes de la Revolución, nada atestaba la validez de mis estudios. Tuve que rehacer mi bachillerato para poder comenzar los estudios en la Universidad. Mis sacrificios no fueron inútiles. Obtuve un diploma de profesora de lenguas, de literatura y de traducción. Algunas semanas más tarde, enseñaba en esa misma universidad que me había acogido. Mi estancia en Venezuela, ese otro país a quien debo tanto, duró diez años.

Al llegar a París, por una temporada prevista por un año, ¿hubiera podido sospechar acaso que mi estancia sería por un tiempo indefinido? ¿Cómo adivinar que el encuentro con la ciudad de mis sueños de adolescente se transformaría en una pasarela entre el mundo y mi ser?, que en este nuevo país que me acogió en su seno echaría las anclas de mi navío? 
 

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Eyda en California, EE.UU. en 2009.

El camino ha sido largo y doloroso. Sembrado de rosas y de espinas. Poco importa el precio que tengamos que pagar por la Libertad: Libertad de pensar, de crear, de amar, de disentir, de dudar. Si nos falta un solo átomo de los elementos que componen la Libertad, la vida pierde todo sentido.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz.

Te recuerdo con inmenso cariño y simpatía,

Félix José Hernández.

Historias de la diaspora IX

Cartas a Ofelia/ Testimonio de Milagros sobre los sucesos de la Embajada de El Perú  en 1980.

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Cubamatinal/ París, 11 de julio de 2010.

Mi querida  Ofelia;

Cuando nos enteramos de que en los jardines de la Embajada de El Perú en San Cristóbal de La Habana estaban mi primo Luis con su señora y sus dos hijos. Además, de la familia de mi mujer se encontraban su tío Pillo con la señora y los cinco hijos, su tía Concha con su marido, dos hijos, uno de ellos (Papito) con su mujer y cuñado, en total 17 personas, decidimos mi esposa y yo intentarlo.

Llenamos una bolsa de playa de ropa y comida para nuestro niño de 4 años. Pero ni acercarnos a la Embajada pudimos. A tres cuadras de ella, por la Quinta Avenida, todo estaba bloqueado.

Mi primo Luis con su familia, así como Pillo, su esposa y cuatro de sus hijos, fueron enviados hacia los U.S.A. Al quinto hijo lo enviaron por años a la cárcel de Taco Taco.

Concha y su esposo fueron hacia El Perú, mientras que sus hijos, su nuera Milagros y el hermano de ésta  hacia Madrid. Unos años después lograron reunirse de nuevo  en Miami. Sólo un año después, mi esposa, mi hijo y yo partimos hacia Francia.

Todos eran personas honestas, educadas, trabajadoras, cubanos de los cuales nuestra Patria puede sentirse orgullosa. Pero todos fueron  tratados por la plebe intransigente comunista de: escorias, vende Patrias, gusanos, gentuza, etc. Sin embargo valió la pena, hoy día ellos y nosotros  somos hombres y mujeres Libres.

Nuestra querida Milagros, la que nos hospedó tantas Navidades en Madrid y con la que compartimos junto a Papito, sus hijos Kike y Yoly, suegros y cuñados en cada viaje a Miami, aceptó darme su testimonio sobre aquellos días y aquí te lo envío.

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Miami, 2010. Papito (Enrique) y Milagros.

Milagros- “En la mañana del 4 de junio de 1980, estábamos en casa de mi  esposo Papito. En ese momento llegó su tío materno Pillo muy preocupado, ya que se había acabado de enterar de que habían retirado los guardias  que custodiaban la Embajada de El Perú. Como su hijo Miguelito no había dormido en casa esa noche, él temía que el chico hubiera intentado introducirse en la Embajada.

Pillo había enviado a Alfredo, otro de sus hijos a averiguar, pero éste tampoco había regresado. Tomó entonces la decisión de ir con su esposa Delfina y sus otros tres vástagos. Si sus dos primeros  habían logrado entrar, él también lo haría con el resto de la familia.

Cuando Pillo se fue, nos quedamos comentando con mis suegros lo que estaba pasando. Yo le dije a Papito (Enrique), que nosotros también deberíamos ir a ver si nos podíamos meter. Fuimos a casa y pusimos en una bolsa alguna ropa y una lata de leche condensada. Seguimos a ver a mis padres y les contamos la decisión que habíamos tomado. Mi padre me dijo: ‘estas casada desde hace cinco meses y lo que ustedes decidan hacer, nosotros lo apoyaremos.’

Ellos hubieran querido partir con nosotros, como lo hizo mi hermano Chicho, pero como mi hermano Omar estaba preso por haberse escapado de la Unidad Militar en la que  estaba cumpliendo los tres años del S.M.O., decidieron quedarse y no intentar la fuga hacia la Libertad.

Cuando llegamos a la Embajada, vimos como la gente saltaba la cerca para entrar. No había policías y todo al exterior parecía “normal”. Decidimos escalar el muro. Los que ya estaban dentro del jardín nos ayudaron a bajar del lado de ellos, porque el muro era un poco alto. Paseamos por los jardines, porque a la casa no se podía entrar, en ella estaban sólo los que habían logrado entrar al lanzar el autobús que había roto la garita.

Recuerdo que nos sentamos en unos bancos de cemento muy bonitos. Fueron pasando las horas y estábamos acomodados sobre el césped y comentábamos lo fácil que había sido todo. En ese momento escuchamos gritos y ruidos de cristales rotos y vimos a una verdadera ola humana que invadía todo el jardín.

Nos pusimos de pie cuando la gente comenzó a gritar que nos estaban tirando piedras, pomos y botellas desde la calle. Miré a mi alrededor y me percaté de la enorme cantidad de personas que había entrado. Casi no podíamos movernos. En cierto momento levanté un poco la pierna y después no podía apoyarla por no encontrar el espacio necesario en el suelo. Sentí un gran pánico y le dije a Papito que era mejor volver a casa. Él me preguntó  si me había vuelto loca; me aseguró de que ya no había marcha atrás.

Él  sabía que ya habían  hecho un cordón de policías alrededor de la sede diplomática. A cada rato se escuchaban gritos y disparos. Yo estaba aterrada, pero ya no decía nada. Fueron pasando las horas y vimos a muchos jóvenes que se encaramaban en los árboles y sobre el techo de la mansión. De esa forma logramos encontrar el mínimo espacio donde poder sentarnos.

Al amanecer nos asombramos de la muchedumbre que ocupaba cada centímetro cuadrado de espacio vital. Mucho después conoceríamos que habíamos sido más de 14 000 personas.

En esas condiciones pasamos once días.  Comíamos las hojas de los árboles, las cáscaras de las papas,  lo que encontráramos. Gracias a un pequeño radio portátil de pilas que tenía una persona, nos enteramos de que la Cruz Roja Internacional quería ayudarnos,  pero que el Líder Máximo no lo había aceptado.

De pronto llegaron unos camiones y comenzaron a bajar cajas que parecían de comida. Alguien comenzó a organizar las colas dentro del jardín dando la prioridad a los  niños y después a los ancianos y mujeres.
 

Pero los que estaban repartiendo las cajitas de comida empezaron a lanzárnoslas como si fuéramos perros. La gente comenzó a fajarse por la comida. Ese era el espectáculo que ellos querían para filmarlo y desinformar al mundo, haciendo creer que éramos salvajes. Allí había niños que no comían desde hacía días. ¡Podrás imaginar lo que era capaz de hacer un padre por conseguir una de aquellas cajitas!

 Después de once días  ya no podía más y le dije a Papito que yo saldría aunque me mataran y entonces decidimos salir juntos. Habíamos escuchado por La Voz de las Américas que varios países estaban dispuestos a darnos visas.

Cuando salimos de la Embajada, nos encontramos con un puesto de la Cruz Roja donde nos dieron un yogurt y un panque. Nos tomamos el yogurt pero el panque no pasaba, nos era imposible tragarlo.

Después nos mandaron a una mesa donde habían varios militares sentados. Allí nos preguntaron si todavía teníamos idea de marcharnos del país y nuestras profesiones. Yo era graduada del Instituto de Idiomas Máximo Gorki y Papito era supervisor regional de Sanidad.

Cuando les respondimos que sí queríamos irnos, nos mandaron a subir a una guagua, la cual nos llevó hasta el Club de los Militares (El Fontán). Allí nos hicieron los pasaportes y nos mandaron para la casa con un salvo conducto.

Cuando salimos todos nos miraban, pues estábamos sucios y desgreñados y los hombres barbudos sin afeitarse después de tantos días. Al fin llegamos a la casa donde nos pudimos bañar y comer algo. Intentamos dormir pero no podíamos cerrar los ojos. Cada vez que lo hacíamos escuchábamos el alto parlante que nos tenían puesto todo el día y la noche, incitándonos a salir de la embajada.

Estuvimos como dos semanas en la casa, hasta que un día llegó una moto que nos vino a dar la dirección del lugar  donde teníamos que presentarnos. Le preguntamos al militar que a dónde iríamos y no nos contestó. Mi padre nos llevó en su automóvil y supimos entonces que era la Embajada de España.

Cuando llegamos estaba rodeada por turbas enardecidas con carteles ofensivos, con palos, piedras y cartones de huevos. Nosotros estábamos en la cola para entrar en la embajada, éramos  unas 400 personas y teníamos que entrar en pequeños grupos. Llegó el momento en que nos íbamos acercando a la puerta, y ahí empezaban los gritos, nos tiraban huevos y papas. Hasta que al fin pudimos entrar. Allí nos tuvimos que limpiar un poco pues estábamos sucios a causa de los huevos. Cuando nos dieron las visas, nos enteramos de que nos iríamos al día siguiente.

Cuando salimos de la embajada, el cónsul empezó a sacarnos poco a poco y el iba en el grupo para que no nos pegaran. Nos montamos en la primera guagua que pasó sin mirar para dónde iba, después nos bajamos y pudimos coger un taxi para casa. Cuando llegamos, mis padres estaban desesperados, mi madre lloraba y mi padre que había visto como estaba todo fuera de la embajada había estado muy preocupado, y hasta había temido hasta por nuestras vidas.

Al  día siguiente salimos para el aeropuerto y allí estaban también las turbas. Logramos entrar, después de muchas humillaciones. Una vez dentro los de la aduana nos separaron a los hombres de las mujeres para registrarnos. Las mujeres  policías nos hicieron desnudar para revisarnos hasta por nuestras partes íntimas.

Todo era para humillarnos y hacernos sentir como delincuentes. Cuando subimos al avión  después de unas interminables ocho horas, todos estábamos llorando a causa de  las humillaciones y del miedo. El cónsul español subió al avión y nos dijo que ya estábamos a salvo que estábamos protegidos por el gobierno español y  en Libertad. Empezamos a aplaudir y seguimos llorando pero de emoción. Nunca olvidaré lo que sentí en ese momento.

Llegamos a España donde nos acogieron como refugiados políticos y gracias a Dios todo cambió para nosotros. Aprendimos a vivir en libertad y en la democracia. Allí nacieron mis hijos Carlos y Yolanda a los cuales desde pequeños siempre les hemos contado lo que pasamos a causa de esa dictadura comunista. Siempre he dicho que mis hijos podrían tener  las ideas  que quisieran menos las comunistas. Que jamás serían embaucados por falta de información.

En España vivimos catorce años, los mejores años de nuestra juventud. Siempre estaremos agradecidos al país que nos acogió, al cual amamos infinitamente. Pero un día mi hijo me preguntó: ¿Mami, nosotros no tenemos pueblo? ¿Por qué mis amiguitos siempre se van al pueblo los fines de semanas y nosotros no?

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Miami, 2010. Carlos y Yolanda.

Decidimos marcharnos a vivir a Miami, porque al venir a visitar a mis suegros y cuñados, me sentí como si hubiera regresado a Cuba de nuevo, a la Cuba con la que soñamos, libre y próspera, donde me encontré con muchos familiares y amigos de infancia. En Miami iba a una cafetería y encontraba los pastelitos de guayaba y veía un cartel que decía “Café Cubano” y donde tenía el mar tan cerca..y sólo distaba  90 millas hasta mi verdadera tierra. Miami era lo más cerca que pude llamar “pueblo”, donde mis hijos tenían a sus abuelos, tíos y primos.

Hogaño mis hijos son bilingües, hablan el español y el inglés perfectamente y aunque no se sienten americanos, Sí se sienten cubanos y orgullosos de ello. Mi hija estudio Marketing y Publicidad y mi hijo Administración de Negocio. Tienen una vida próspera y son LIBRES. ¿Nuestro objetivo? ¡Ha sido cumplido!”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
 

Historias de la diáspora VIII

Cartas a Ofelia/  El testimonio de Loly sobre su conquista de la Libertad.
 

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 La Habana 1965. Loly junto a sus padres, abuelos y hermano en
 la fiesta de sus Quince.

Cubamatinal/  París, 8 de julio de 2010.
 
Mi querida Ofelia,
 
Conocí al padre de Loly cuando yo sólo tenía nueve años. Mi tío Renato trabajaba en el Café Quitana de Galiano y Concordia y era amigo de él. Durante años entré al Teatro América gratis gracias al padre de la que sería a partir de mis catorce años, una de mis amigas del alma. Loly era “el bombón” del grupo: simpática, bella y dulce. Numerosas veces entré por aquel larguísimo pasillo de la calle San Miguel, que conducía a la casa de Loly en el centro de la manzana. Muchas veces tuvimos allí fiestas y reuniones del grupo de amigos adolescentes. Recuerdo que me regaló antes de irse de Cuba dos longs-plays de Nat King Cole en español, que se quedaron en casa cuando yo me pude ir de Cuba. Ahora los tengo en CD y cuando los escucho me acuerdo de ella. También cuando voy al parisino Cine Rex, recuerdo a su padre y al América. Ambos cines poseen una sala muy similar. La familia de Loly era hospitalaria, acogedora y generosa, tenía la rara cualidad de hacerte sentir en tu propia casa.
 

Siempre que hemos ido a Miami Loly y Roberto nos han recibido con gran cariño y simpatía. Cuando ellos vinieron a La Ciudad Luz, tuvimos el enorme placer de pasear juntos por la ciudad durante una semana. Le pedí a Loly que me diera su testimonio y aquí te lo envío.
 

Loly- “Mi querido hermano escogido. Me pediste que te hiciera un recuento sobre cómo fue  mi travesía y el precio que pagué para poder llegar a conseguir lo que todo ser humano tiene  derecho al momento de nacer y que tantos anhelan y nunca podrán conseguir. ¡El  precio que tuve que pagar para poder llegar a los Estados Unidos y poder disfrutar de la tan añorada Libertad!
 

Mi historia más o menos es una de las  tantas de las que se ven más que repetidas en muchas  familias cubanas, y sobre todo entre  aquellos que tuvimos el privilegio o la desdicha de haber nacido en la década de los años cincuenta. Hemos sido partícipes de la turbulenta y engañosa Revolución, que sobre todo más ha consistido en la destrucción para la Isla de Cuba de su mayor riqueza: la familia.
 

Nací de una familia humilde, honesta y trabajadora, donde aprendí, el respeto al trabajo el honrar a la familia, la lealtad a los amigos, la moral  y sobre todo, el amor a Dios. Mi padre mantenía dos trabajos porque como su niñez había sido tan precaria no quería que sus hijos (mi hermano y yo), careciéramos de lo que él y sus diez hermanos tuvieron que carecer. Trabajaba de día en un laboratorio que producía productos de belleza llamados “Toque Final” y en la tarde hasta altas horas de la noche  como portero de unos de los mejores teatros de La Habana, el “Teatro América.” Con el fruto de estos dos trabajos ayudaba a la mantención de sus hermanos y empezaba a realizarse en una  humilde y  pequeña propia empresa, llamada “Tabacos Yahuco.” Bien recuerdo que todos cooperábamos y con mis pequeñas manos me gustaba ponerle los sellos a los tabacos.
 

Mi pobre padre lo único que hizo toda su vida desde que tenía siete años fue trabajar honestamente y eso fue lo que nos enseñó. Cuando tenía algún tiempo libre le gustaba irse al campo a la cazar de palomas, de las cuales hay unas cuantas anécdotas simpáticas que también te contaré en otra ocasión.                

Mi madre desde muy pequeña aprendió de mi abuela el arte de la costura y junto a ésta,  ganaban su sustento vistiendo a las elegantes grandes damas de la élite Habanera. Mi madre era una estrella en su género. Hoy en día compararía su trabajo con el gran Oscar de la Renta. Han sido muchas las veces que con nostalgia me pregunto cuál  hubiese sido su futuro si hubiese podido haber logrado llegar a conseguir su tan ansiada Libertad. De ella  aprendí algo a lo que sólo pude darle  su justo valor, después de haber sido madre y fue, el don de la generosidad.
 

Vivíamos en una modesta casa en la calle San Miguel, en la cuidad de La Habana. Mi hermano y yo cursamos la primera enseñanza en un pequeño colegio privado en la zona del barrio llamado “Colegio América”, del cual guardo gratos recuerdos de mi niñez y donde también nos educaron en base a los principios de la moral, ética, honor y respeto a la sociedad. En él tuve la dicha de conocer, y puedo decir que tengo el honor de conservar, a muchos de aquellos amiguitos de infancia que hoy han pasado a ser parte de mis hermanos escogidos.
 

Mis padres fueron  participantes de aquel “cambio” que querían los cubanos para su Isla, donde no hubiese corrupción. Soñaban con mejores derechos para los cubanos, fueron embrujados  y atrapados por el  “embrujo” de la  Revolución. Pertenecieron al Movimiento 26 de Julio, fueron cómplices de ayudar a que se produjese el “cambio” deslumbrados por aquel Robin Hood barbudo, que ocultaba su maldad bajo un crucifijo que llevaba en el pecho. Aquel lobo con piel de oveja, El Mal bajo la sombra de Cristo.
 
 

Llegó el triunfo de la Revolución en 1959 y  se formó la confusión, todo se vino abajo, todo aquello por lo que el Movimiento del 26 de Julio había supuestamente luchado. Se acabo la Libertad  de expresión, todo pasó a ser propiedad del Estado. Cuba era socialista. Mi padre perdió su pequeña empresa tabacalera. Tampoco pudo ir de nuevo  a cazar sus palomas, porque una noche tocaron a la puerta unos “compañeros” vestidos con el uniforme verde olivo armados con unas pequeñas ametralladores checas diciendo que venían a recoger las escopetas porque tenían que ser “donadas” a la Revolución.
 

Mi madre perdió sus clientas, aquellas grandes damas lo perdieron todo, algunas  terminaron en la cárcel. Las que tuvieron visión del futuro corrieron al exilio. El colegio donde estudiábamos también fue expropiado. Nuestros amigos empezaron a desaparecer. Lo peor fue que las familias se dividieron en  dos bandos: aquellos que creían en el fidelismo y los “gusanos” apestados. Empezó el miedo a  los C.D.R. (Comités de Defensa de la Revolución), pues  espiaban a los ciudadanos. Todo lo que creías que te pertenecía era del “pueblo”.
 

En mi familia, mi padrino fue el primero en salir de Cuba, después le siguió mi tía con mi prima después del desembarco en Bahía de Cochinos,  cuando hicieron el famoso canje de los llamados “mercenarios” por la propaganda del régimen (los heroicos brigadistas que fueron hechos prisioneros), por medicinas y otros productos. Ellas pudieron salir en uno de esos barcos que habían llevado cargas a Cuba. La situación iba empeorando y ni idea de que la pesadilla terminase. Había que irse de Cuba. SE produjo el éxodo por puerto de Camarioca y después inició el Puente Aéreo de la Libertad.
 

Mi tía hizo la reclamación a la familia completa que constaba de mis abuelos maternos, mis padres, mi hermano y yo. Pero como  mi hermano ya era mayor de quince años y no podría salir de Cuba. Mi madre tomó la decisión  de que sus hijos saldrían primero. Ella no saldría sin nosotros.

Empezó el rumor de que también se implantaría  la edad militar para las mujeres y en mi casa cundió el pánico. Mi pobre madre no podía pensar de que me pasara lo mismo y entonces se decidió que tendría que salir por un tercer país y que mis abuelos también lo harían.
 

Mi padrino dijo que haría la reclamación y los papeles solamente para mí, ya que ellos  no estaban en condiciones económica (pues estaban acabados de llegar a los U.S.A.), para afrontar los gastos de los tres.

Mi padre estaba indeciso en firmar mi permiso, puesto que  yo era menor de edad y le aterraba el  pensar que su niña anduviese sola por el mundo. Mi madre fue más valiente y dijo que no podía a causa del miedo y el egoísmo troncharme el futuro. La decisión estaba tomada, tenía que dejarme ir.
 
 

Se presentaron los papeles para poder salir  por España, ya  había cumplido mis diecisiete años. En cuanto se hizo la petición de permiso de salida me hicieron el inventario. Una tenía que declarar todo lo que poseía.  Al ser menor de edad y vivir en  casa de mis padres ¿qué posesiones podría tener? Las pocas prendas de valor que teníamos ya hacía mucho tiempo que las habíamos escondido. Lo único que poseía era una cuenta bancaria con la cantidad de $10.00 que tuve que “donar” a la Revolución. Me dieron un papel donde me ordenaron  que durante el tiempo de espera para la salida de Cuba, tenía que ir a hacer “trabajos productivos” y me tenía que presentar en determinado lugar, que de ahí me trasladarían  a otro  para hacerme trabajar al campo.
 

Terminé en Güira de Melena, en un lugar remoto y para llegar hasta allí era  una odisea. Nos trasladaban en unos camiones abiertos  soviéticos  que usaba  el ejército. Para subir a ellos  había que ser trapecista de circo. Al yo ser una de las más jóvenes del grupo (las edades oscilaban entre 17 y 75 años), era la primera en trepar para poder ayudar a las personas mayores. Después me tenía que bajar para ayudar a la última para que subiese.

Al cabo de la primera semana era toda una experta. Cuando se ponía en marcha aquel mastodonte de hierro producía un ruido ensordecedor. Cuando  frenaba caíamos todas unas encima de otras, ya que no teníamos donde aguantarnos para evitar las caídas. Cuando llovía era peor, pues  salíamos resbalando y en ocasiones algunas salieron “volando”.
 

Al llegar me encontré con un albergue en medio de la nada, que se componía de dos naves, una de concreto con techo de hojalata que tenía luz eléctrica, unas letrinas (huecos en la tierra) y  dos llaves de agua ; la segunda era más rústica, sin luz eléctrica, sin agua ni  letrina. En tiempos anteriores a la Revolución, esta última se usaba para secar las hojas de tabaco. Por lo que percibí, aquel lugar había pertenecido a una finca tabacalera que seguramente  albergaría unos cincuenta trabajadores y allí había en aquel momento  unas seiscientas mujeres.
 

Me tocó como vivienda temporaria la choza rústica, era húmeda y mal oliente, mi primer encuentro fue con una familia de ratas que habían hecho su nido en el techo de la choza. En la noche podía divisar cuando la rata tomaba a sus pequeños por el cogote y los trasladaba de un lugar a otro balanceándose en las vigas del techo, ¿Por qué lo hacía?
Al principio sentí miedo y asco, mucho asco. Me preguntaba: Señor, ¿a  dónde me has mandado? Sobre todo Señor, ¿hasta cuándo?
 

Me tocó  dormir en una litera de hierro con una tabla de madera como “colchón”. Mi cama era la primera al lado de uno de los  portones de la entrada y cuando en la noche llovía me mojaba.

Para alumbrarme allí estaba la señora Luna, testigo de mis penurias, fiel oyente de mis confesiones que siempre supo guardar mis secretos. Al principio me costaba  mucho dormirme, ya después el cansancio me vencía
 

 Mi madre me consiguió una tela fina que me sirvió como mosquitero. En mis cortos años de vida no había conocido aquellos enormes  mosquitos. Padecí  una infección en las picadas sobre la piel que fue  horrible, sobre todo en las piernas, parecía una leprosa.
 

Para  hacer “las necesidades” había que ir al hueco en la tierra. Había muy pocas duchas y sin ninguna privacidad. Nos turnábamos y nos cuidábamos unas a las otras sobre todo para avisar cuando venían “los compañeros”: sinvergüenzas milicianos que venían para espiarnos.
 

Nos despertaban a las cinco de la mañana con un grito de: ¡DE PIEEEEE! Lo primero que hacían era ponernos  a la intemperie para contarnos y asegurarse que ninguna había escapado. Esa práctica era muy común, sobre todo  cuando más cansadas estábamos y también cuando llovía. Bajo de fuertes lluvias y con el temor a los  truenos, nos despertaban según ellos para contarnos.  Podía ser a cualquier hora de la madrugada.
 

Supuestamente debíamos trabajar de lunes a sábado, con el domingo libre para ir a nuestras casas. Pero hay que tener en cuenta de  que estábamos en medio de la nada, sin transporte. Teníamos que ingeniárnoslas para salir de aquel lugar. Mi madre se las arregló con un campesino que tenía un viejo y destartalado tractor, el que por unos pesos, me sacaba  al camino más cercano para hacerme el viaje a La Habana menos difícil.

Teníamos que regresar y reportar al campamento el domingo antes de las nueve de la noche y, si por casualidad hacías algo que ellos consideraban como un “delito”, te privaban de ese pase (permiso),  dominical
 

El desayuno constaba de un pan durísimo que teníamos que mojar
para ablandarlo un poco.

Nunca olvidare el primer día que nos llevaron a cortas yerba y a la hora del almuerzo, en aquel mismo camión ruso vinieron los “compañeros”  llegaron con una enorme y sucia cazuela. Nos mandaron a hacer una  fila para darnos la ración que nos tocaba para el almuerzo, que consistía en agua tibia con unos chícharos flotando junto a unos insectos que se movían aún, acompañado por un trozo de pan duro. Cuando me tocó el turno y tomé mi ración, volví la cabeza y vi  una de esas imágenes que se veían en aquellas películas soviéticas que habían invadido las pantallas de  todos los cines de La Habana, donde mostraban los campos de concentración nazis con aquellas mujeres prisioneras escuálidas y sucias. Dios mío, allí estaba yo, escuálida, mugrienta, mal oliente, protagonista de mi propia película. Entendí que estaba en un campo de concentración, la diferencia era  que no era un campo nazista con cámaras de gases, ni estábamos los años cuarenta, sino  un campo castrista de destrucción física y psicológica en el verano de 1968.
 

Una noche, una tras otra nos fuimos despertando por una gran intoxicación. Más de quinientas mujeres estábamos padeciendo de unas terribles diarreas.  Nunca supimos lo que nos habían puesto en la comida  y ellos se reían, encontraban muy simpática nuestra tragedia.
 

Nos querían humillar, eran déspotas, groseros y mal educados. Una vez trabajando bajo un sol ardiente en un lugar apartado teníamos una sed atroz y como no llevaron agua para nosotras, tuvimos que compartir el bebedero con unas vacas que tenían un estanque cercano. No olvido la cara de aquel déspota que nos gritaba: ‘oigan  Jacquelines (por Jackie Kennedy, ellos creían ofendernos así y al contrario eso nos honraba.) si tienen sed pídanle permiso a las vacas a ver si las dejan beber.’
 

Cuánto aprendí en aquel verano con aquellas mujeres de todas los niveles sociales y orígenes étnicos. Muchas estaban enfermas y se desmayaban bajo aquel sol tropical. Había una señora que siempre miraba hacia el cielo e imploraba diciendo:” Cachita virgencita bonita mándanos una nubecita.”

Fueron muchas las veces que Cachita le escuchó mandándonos la nubecita. Pero a cada rato Cachita se equivocaba y nos mandaba un aguacero acompañado por  truenos y no sabíamos cómo protegernos. 

Todas estábamos allí por un mismo propósito, el de buscar de una manera u otra, salir vía España, México, Costa Rica o por  el puente aéreo. Todas estábamos allí para lograr conseguir  la Libertad.
 

Una tarde, como tantas veces hicieron algo sin previo aviso, nos dijeron: recojan sus cosas que van a ser trasladadas. De esa forma no daban tiempo a que alguien pudiese mandar recados a su familia para que  supieran hacia  adonde nos destinaban. Llego un militar  vestido con  aquel uniforme verde oliva y una pistola en la cintura. Nos dijo que nos iban a trasladar a una granja avícola.

Dos horas después me encontré en aquella granja. Era de noche. Todavía hoy, después de tantos años, puedo cerrar los ojos y oír el horrible murmullo de aquel lugar.

Cada vez que nos trasladaban hacíamos pequeñas notas con recados y las lanzábamos a la gente que nos tropezábamos por el camino para que nos hicieran el favor de avisar a nuestras familias, algunas veces teníamos suerte.
 

Me sentí indefensa, tan sola que me embargó la tristeza, ya ni siquiera tenía a la Señora Luna para escuchar mis lamentos. En aquella oscuridad me pregunté: ¿Me estaré volviendo loca? Señor ¿qué he hecho?
 
De pronto sentí  una  voz muy alta de alguien que preguntaba: ¿está aquí Dolores de la Caridad Fuentes Alba?  Sí, era alguien  preguntando por mí. ¿Qué sería lo que querría?

¡Era para decirme que me había llegado la salida!

Se apoderó de mi un gran sentimiento. Lloré y lloré sin consuelo. El Señor estaba dando respuesta a mis preguntas

¡Gracias Señor!

Mi hermano había ido por mí al lugar anterior y allí se encontró con una Luly triste, agradecida y llorosa cambiando su tristeza por alegría al enterarse de que me había llegado el permiso de salida. Por cierto, ¿qué habrá sido de la vida de Luly?
 

Al fin saldría del infierno ¿Qué me tendría destinado el futuro?
 

Al día siguiente tuve que presentarme para que me dieran “la baja de la agricultura” Sin ese “papelito” no me dejarían salir, ya que había que presentarlo a emigración en el aeropuerto junto al pasaporte. Era uno de los tantos requisitos  del castrismo.

Este papelito lo conservé por muchos años, hasta que un día  no sé por qué motivo lo hice arder.
 

Aún recuerdo las palabras de mi madre cuando empezó mi odisea. Me  dijo: “cuando te llegue el momento de partir no mires hacia atrás, tu futuro te espera y verás que las cosas van a ser muy diferentes “ 
 

Salí  de La Habana en uno de los últimos vuelos de la compañía KLM rumbo a Madrid, el día 24 de Octubre de 1968.
 
 

El vuelo hizo escala primero en Jamaica para cargar combustible, después  en Trinidad y Tobago por problemas técnicos. Recuerdo haber dormir en un sofá del aeropuerto, tener sed y no poder comprarme ni un refresco ya que no tenía un centavo en los bolsillos.
 

Pensé: ¡qué importa que me hayan expoliado de  todo,ya tengo la Libertad!
 
 

Llegué a  Madrid y fui a parar a las Cooperadoras Diocesanas, gracias a las gestiones que habían hecho mis tíos.

De Madrid partí rumbo a New York el 14 de Octubre de 1969.
 

Pensé: al fin llegué a mi meta, ahora a luchar y a empezar mi nueva vida, a forjar mi destino. ¡Viva La Libertad!
 

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Miami 2009. Loly y Roberto.
 
 

Un viernes del mes de Octubre de 1970 se produjo un gran cambio en mi vida, conocí al que por treinta y nueve años ha compartido mi vida. Conocí a Roberto Ortega, otro cubano que también como yo, había salido solo de Cuba a sólo catorce años, exactamente un mes antes de cumplir “la edad militar”. Salió vía México y a él también su padrino le había reclamado en 1966.
 

Estudiando de día y trabajando de noche y los fines de semana pudo recaudar los fondos suficientes para poder reclamar a sus padres y hermana que habían quedado en Cuba. Él también era de La Habana y logró sacarlos vía México en 1968.

Nos casamos el 12 de Junio de 1971. Nuestra hija Lolita nació en 1973 y  nuestro hijo Robert en 1977.
 

Mi madre no logró su sueño de Libertad. Lo peor es que nunca llegó a conocer a sus nietos. Perdió su combate contra el cáncer el 29 de Enero de 1979. El 24 de Octubre de 1968 había recibido  el último abrazo de ella.
 

Logramos sacar de Cuba, durante el éxodo  del Mariel  en 1980 a mi padre, mi hermano con su señora y los hijos de ésta. Roberto fue en un barco a buscarles. Pero ésa es otra odisea  que te contaré en otra ocasión.
 
 

Mis hijos son  mi mayor riqueza, los cuales  me hacen sentir muy orgullosa como espero se sienta mi madre de mí desde el cielo. Ya ellos tienen sus propias vidas y se han labrado sus propios futuros, tuvieron la suerte de haber nacido en Libertad  en este gran  país.

Lolita se hizo maestra, enseñó en High School y este mes se graduó de la academia de policía del Estado de la Florida. Está casada  con un anglosajón y viven en Orange Park al Norte del Estado.

 Robert, es un hombre en todo el sentido de la palabra, se graduó de FIU en economía y finanzas. Trabaja en una buena empresa y tiene un lindo apartamento en el centro de Miami.

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Miami 2010. Lolita y Robert.
 

Cada día le doy gracias a Dios, ya que sin la fe no hubiese podido lograr ser Libre. Agradezco a todos los que me ayudaron y me proporcionaron  las condiciones  para triunfar sobre todo a mis tíos, especialmente a mi padrino, al que  guardo en un lugar muy especial de mi corazón.

A mis amigos que se han convertido en mis hermanos escogidos.
A mi madre que me enseñó que en el amor no entra el egoísmo y que a los hijos hay que ayudarles a fortalecer las alas  para que puedan volar. He seguido siempre su  consejo de  no mirar hacia atrás.
 

Agradezco al país que me dio cobijo, donde aprendí la tolerancia, a respetar a los que no piensan y sienten como yo, donde puedo decir lo que siento, hacer lo que quiero sin temor a la represalia, donde mis hijos vieron por primera vez la luz, donde conocí al hombre de mi vida,  padre de mis hijos y fiel compañero.

Hoy, después de tantos años me queda la  nostalgia y reconozco que me siento muy americana para ser cubana y muy cubana para ser americana.
 
En mis oraciones también incluyo a esos verdugos que aunque no lo crean algún día tendrán que enfrentarse al tribunal divino y se hará justicia, ¿o es que se creen impunes?

¿No han aprendido nada de la historia? O es que no quieren reconocer que entre cielo y tierra no hay nada oculto antes los ojos de Dios.

Sí, tiene que haber justicia para el pueblo cubano, para que pueda surgir el perdón. Y todas las noches me sigo haciendo la misma  pregunta …¿hasta cuándo?”
 

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz de quien te quiere siempre,
 

Félix José Hernández.
                       
 
 
 
 
 

Testimonio de la búlgara Lydia N. Zajarieva

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Cubamatinal/ París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Conocimos a Lydia en nuestro viaje a Bulgaria en el 2001, ella fue nuestra excelente guía. Es una mujer culta, elegante, bella y simpática, con  cual nos mantenemos en contacto desde entonces por correo, internet o teléfono. En el 2003 mi hijo y su novia fueron hospedados por Lydia y su esposo en su bello apartamento de Sofía.

Lydia fue modelo durante 14 años y posteriormente guía de turismo internacional, mientras que Gulko fue violinista de la Orquesta Filarmónica de Sofía. Ellos vivieron en San Cristóbal de La Habana durante cinco años (1967-1972). Gulko fue enviado a La Isla del Dr. Castro para trabajar como violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional. Al mismo tiempo era profesor de violín del Conservatorio Nacional.

Cuando pasamos una bella velada en su apartamento de Sofía, pudimos ver numerosos recuerdos cubanos y fotos sacadas por ellos en Cuba en aquellos años. Seguramente que nos cruzamos en alguno de aquellos lugares: cines, teatros, parques, restaurantes, playas, etc. Es una lástima que no nos hubiéramos conocido en aquella época. Nos contaron numerosas anécdotas sobre la picaresca cubana y sobre algunas personalidades que no me creo autorizado a contar aquí.

Le pedí a mi única amiga búlgara si me podía escribir su testimonio a propósito de cómo vivió la transición del comunismo a la democracia. Aquí te lo envío.

Lydia- “En 1989 inesperadamente llegó el cambio. El Comité Central del Partido Comunista se reunió de pronto en La Asamblea Popular (Parlamento). Normalmente lo hacían sólo dos o tres veces al año. En los tranvías, por la televisión, por todas partes, se hablaba de que después de 35 años de poder absoluto, acababan de cambiar al presidente Teodoro Zivkov. Esa era la causa de la reunión extraordinaria del Comité Central del P.C.B.

Mi esposo y yo no podíamos creer lo que veíamos por la televisión, porque después de tantos años viviendo bajo el comunismo, a pesar de estar hartos de aguantar ese sistema político, no pensábamos que algún día se vendría abajo como un castillo de naipes.

Las gentes empezaron a salir de sus casas para reunirse y hacer comentarios sobre lo que estaba sucediendo y comenzaron a organizar conciertos y marchas de protestas en el centro de Sofía, en la Plaza Alejandro Nevski. Las plazas  y avenidas estaban repletas de gentes que tenían la voluntad de cambiar de vida, llenas de esperanzas por un futuro mejor, de Libertad para ellos y sus hijos.

El invierno se aproximaba y ya hacía mucho frío, pero no sólo los habitantes de Sofía ocupaban las calles, sino también numerosas personas que llegaban desde las provincias para compartir la alegría que reinaba por todas partes.

Yo sentía una gran alegría, pero al mismo tiempo inquietud. No sé cómo explicar esta mezcla de sentimientos. Quizás debido al temor a un porvenir lleno de incertidumbres. Nadie sabía lo que pasaría después del cambio que a todas luces se estaba produciendo.

Recuerdo muy bien que cuando pasaron unos meses llegó una penuria sin precedentes, las tiendas de comestibles estaban vacías. Me tenía que levantar a las cuatro de la madrugada para hacer una cola de tres o cuatro horas en una cremería. A cada uno nos vendían dos tarros de yogurt y un litro de leche. No había carne ni aceite, ni siquiera pan. Sólo se veían colas por todas partes. El aparato productivo y de distribución del comunismo se había derrumbado, pero no se había creado uno nuevo para abastecer a Sofía, ni siquiera de lo más necesario.

Posteriormente, cuando se normalizó la situación de los abastecimientos de comida, empecé a sentirme contenta, porque pensaba que se había acabado la época de los productos de baja calidad: zapatos, muebles, ropas, telas, etc. Durante el período comunista la producción de calidad se enviaba hacia la Unión Soviética y a cambio recibíamos petróleo y coches Moskvich o  Ladas. Yo soñaba con poder comprarme productos italianos o franceses. ¡Qué ingenua era!

Mientras tanto, se formaban nuevos partidos políticos que  llegaron a ser más de 200. Claro que los ex comunistas estaban como perros rabiosos, no sabían qué hacer ni cómo actuar. Desgraciadamente pronto se dieron cuenta de que debían buscar la forma de reciclarse para seguir en el poder y obstaculizar el paso a los verdaderos demócratas. Muchos de ellos cambiaron casaca y de un día para otro se autoproclamaron “demócratas”, para seguir “chupando” la sangre del pueblo.

Mi querido amigo cubano, en dos palabras te puedo resumir que los comunistas nunca pueden cambiar de ideas, siempre seguirán siendo los explotadores y ladrones del dinero del pueblo. En estos momentos ésa es la situación en mi país.”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.
 

Segunda parte de l’affaire Bettencourt-Woerth

Cartas a Ofelia/ Crónicas de la corrupción

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Cubamatinal/París, 6 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

El actual Ministro del trabajo Eric Woerth debe de tener los nervios de acero y el corazón blindado, ya que hoy en directo a la televisión fue trasmitido el debate en La Asamblea Nacional en el que una vez más se puso en tela de juicio su honor y el de su esposa en su presencia.  El debate fue tan caliente, que aparecieron en los discursos las palabras: mentiras, infamia, honor, calumnias, etc. Incluso se trató de mancillar al Sr. Presidente de la República. Al final, en medio de un escándalo generalizado, todos los diputados de izquierda abandonaron la sala, cuando uno del centro los acusó de populistas, mientras que los del UMP (centro derecha) les gritaban y gesticulaban para que se fueran.

El periódico Libération publicó en su primera página  un gigantesco 64%, dando la noticia de que ése es el % de franceses que actualmente considera a los hombres políticos como corrompidos.

Por otra parte se anunció que la acostumbrada conferencia de prensa que da el Sr. Presidente de la República cada 14 de julio con motivo de la Fiesta Nacional, fue anulada.

También fue anunciado ayer que fue postergado para una fecha ulterior el juicio contra el Sr. François-Marie Banier, acusado por la hija de la Sra. Bettencourt de haber abusado de la fragilidad de su madre y gracias a ello, haber recibido unos mil millones de dólares de euros de regalo de ella.

Ayer renunciaron a sus cargos dos personalidades políticas:

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Alain Joyandet

-Alain Joyandet, Secretario de Estado a la Cooperación, que había obtenido un permiso de construir ilegal para su casa de Grimaud y que había alquilado con el dinero del Estado un jet privado por la suma de 116 500 euros.

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Christian Blanc

-Christian Blanc, Secretario de Estado encargado del proyecto Grand  París, que  había comprado 12 000 euros en puros habanos, también con el dinero del Estado.

Ambos habían sido denunciados por el periódico La Canard enchaîné.

Muchos se preguntaban ayer si al caer estas dos primeras cabezas se podría calmar el escándalo Bettencourt-Woerth.

El número dos del Partido Socialista, el Sr. Harlem Désir se preguntó en su blog  por qué El Eliseo “cubre” al Ministro de Trabajo.

Pero lo ocurrido hoy no tiene precedentes. Se trata de las declaraciones de la Sra. Claire Thibauth, que fuera contable de la Sra. Liliane Bettencourt desde 1992  y que fue licenciada en el 2008 con una indemnización de  400 000 euros. Ella declaró a la policía y también a la página Web de información Mediapart, que todo el dinero que salía y entraba de la casa de su patrona ella lo anotaba meticulosamente en sus registros de contabilidad. Señaló en qué lugar de la casa se encontraban. La radio acaba de anunciar que la policía tiene una orden judicial  para ir a buscarlos y ponerlos a disposición de la justicia. ¿Los encontrarán?

Según la contable, la Sra. Florence Woerth, esposa del Ministro de Trabajo, cobraba 13 000 euros al mes y una prima de 50 000 euros al año por su trabajo en la administración de la fortuna de Liliane Bettencourt. El periódico Suizo La Tribuna de Ginebra, publicó que  la Sra. Woerth hacía frecuentes viajes a Ginebra.

La Sra. Claire Thibauth, declaró que Patrice de Maistre, jefe de la administración de la fortuna Bettencourt, le pidió que le entregara la suma de 150 000 euros al actual Presidente de la República para  su campaña presidencial cuando éste era candidato. Ella le respondió que sólo tenía derecho a sacar del  banco 50 000 euros semanales que debía poner en sobres, para que la Sra. Bettencourt los repartiera  entre varias personas. Por tal motivo el Sr. de Maistre  había traído de Suiza 100 000 euros para completar la suma.

Hay que señalar que la ley francesa sólo permite recibir de un privado, la suma máxima de 7 500 euros para una campaña política.

A continuación, la Sra. Thibauth agregó que el actual Sr. Presidente, cuando era alcalde de Neuilly- sur- Seine (elegante barrio donde tiene su mansión la Sra. Bettencourt), entre el 1983 y el 2 000 recibía  sobres con dinero de la Sra. Bettencourt.

Todo se ha complicado demasiado . Pienso que las calumnias, infamias y mentiras contra el Sr. Presidente, el Sr.Woerth y su esposa, han llegado a tal punto, que no sé cómo terminará esta bochornosa telenovela o culebrón,  con sus revelaciones y nuevos escándalos cotidianos que tanto daño están haciendo a la imagen internacional de Francia y a la opinión de los franceses sobre los políticos de esta gran Nación.

Y así van las cosas por esos lares.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

El bailarín ruso de Montecarlo

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Cubamatinal/ París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Invitado por una universidad española, Constantino Augusto de Moreas, habanero de 60 años aterriza en España después de toda una vida en Cuba, enclaustrado en su investigación erudita sobre José Martí. De pronto, decide faltar al congreso al que está invitado en Zaragoza, quema su pasaporte cubano en el lavamanos del baño del hotel, deja su vieja maleta en un latón de basura en una esquina y decide desertar y tomar un tren para Barcelona. Sólo llevará consigo un libro Memorias de Ultratumba del gran François-René de Chateaubriand.

Estévez escribe que de pronto  “como por arte de magia me abandono la lejana e irritante sensación habanera de saberme observado.

Perseguido. Importunado. Investigado.” Al interés de conocer cómo se vive en su idolatrada Europa, Constantino une su afán de darle cierto sentido a su mortecina vida, y recobrar viejas ilusiones, viejos amores que han quedado arrumbados por el tiempo y el pudor. Se aloja en una pensión del Raval, intima con Patti-Bazán, la obesa dueña con la que irá tejiendo una relación que de invadente y casi repulsiva, se convertirá en complicidad.

Paulatinamente, descubre que la realidad es más dura de lo que sospechaba. Lejos de La Habana y de lo que fue su mundo, sólo una imagen fantasmagórica reaparece en sus recuerdos: la de un viejo compañero en una zafra azucarera, un bello bailarín clásico desnudo y empapado en sudor que en el albergue cañero, le promete, en su juventud (1969), que acabaría actuando en la celebérrima compañía creada por Diaghiliev: los Ballets Rusos de Montecarlo. ¿Es el viaje una huida, una última oportunidad que quiere concederse el protagonista, un ajuste no descifrado de su pasado, o la asunción de su final?
En la página 127 podemos leer el siguiente párrafo:

“Además no lo molesto, me oculto. Soy hábil en eso. Ya lo he dicho, durante años aprendí a ocultarme, a pasar inadvertido. Cuando uno vive en un país donde el gran ojo del Big Brother acecha hasta el más mínimo detalle, la única defensa posible es la inmaterialidad. Naturalmente con el Big Brother no hay inmaterialidad que valga. Pero al menos cierta dosis de impalpabilidad sí se puede conseguir”

En la página 132:

“Suelo pasear por la Rambla del Raval. Bajo a veces hasta la ronda Sant Antoni. Me siento en la plaza Jean Genet. Doy la vuelta por Drassanes. Subo hacia las Ramblas. De vez en cuando, me acerco al mar. Me atrae el mar. Por motivos diversos, supongo. Me encanta el mar porque me libera y porque el Apóstol lo detestaba. Con su falsedad habitual, con su pretendida humildad, decía preferir «el arroyo de la Sierra». Como ya he explicado, José Martí, el objeto de mi estudio, fue sin él quererlo (ni yo tampoco) mi gran antagonista.)”

En la página 149:

“Como declara una frase famosa y seguramente correcta, nadie duerme camino del patíbulo. Cierto que nadie dice, y debe de ser asimismo indiscutible, que resulta imposible conciliar el sueño luego de haberse salvado del patíbulo. Yo, que he huido de Cuba, puedo asegurarlo.”

La novela es bella y profunda, sin lugar a dudas Estévez es un gran escritor.

Te reproduzco las críticas aparecidas en dos grandes periódicos españoles:
“La fuerte imaginación, la excelencia verbal y la constante finura de Estévez permiten leerlo siempre con placer.” Miguel García-Posada. El País.

“Una capacidad prodigiosa para crear figuras humanas ricas y sugeridoras, definidas y evanescentes.” Santos Sanz Villanueva. El Mundo.

Abilio Estévez nació en La Habana en 1954, y en la actualidad reside en Barcelona. Se licenció en lengua y literatura hispánicas y cursó estudios de filosofía en su ciudad natal.

Ha escrito tres magníficas novelas unánimemente aclamadas por la crítica: Tuyo es el reino, merecedora del Premio de la Crítica Cubana 1999 y, en Francia, del Premio al Mejor Libro Extranjero 2000, Los palacios distantes, seleccionada por La Vanguardia como Libro del año en 2004, y El navegante dormido, que han visto la traducción en más de ocho idiomas. Es también autor de Inventario secreto de La Habana , del volumen de cuentos El horizonte y otros regresos, de las prosas poéticas Manual de las tentaciones -ganadoras del Premio Luis Cernuda 1986 y del Premio de la Crítica Cubana 1987-, y de varios textos teatrales, entre ellos los monólogos Ceremonias para actores desesperados. Con ironía, con ternura y con una creciente emoción, la novela El bailarín ruso de Montecarlo ejecuta en cinco movimientos una maravillosa pieza de cámara con la que Abilio Estévez demuestra sus dotes de gran narrador.

Te lo haré llegar con el primer amigo galo que vaya para San Cristóbal de La Habana.

Un gran abrazo desde La ciudad Luz de quien te recuerda con inmenso cariño,

Félix José Hernández.

El bailarín ruso de Montecarlo.

Abilio Estévez.

Editores Tusquets

Colección Andanzas.

194 páginas

16 euros

ISBN: 978-84-8383-239-4

Ilustración de la cubierta: diseño del vestuario de Léon Bakst para Nijinski, para la obra L’après-midi d’un faune (1912, guache sobre papel); L’art décoratif de Léon Bakst, de Arsene Alexandre y Jean Cocteau.

© The Bridgeman Art Library / Getty Images.
 

Testimonio del día en que cayó el Muro de Berlín

Cartas a Ofelia/ Crónicas de la caída

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Cubamatinal/ París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Estaba en el primer año del Instituto José Martí, cuando comencé a cartearme con una chica alemana de la R.D.A. que estudiaba español en su ciudad. Para mí era algo extraordinario mantener correspondencia con una europea. La chica era muy sensible, me enviaba dentro de los sobres pétalos de flores y hojas de la hojarasca otoñal de su jardín. Durante años nos carteamos.

En la primavera de 1968 su hermana Úrsula, fue a la Universidad de Santa Clara a impartir conferencias sobre etnología. Yo estaba trabajando en Los Camilitos de Cubanacán, en la carretera que va de la Ciudad de Marta Abreu a Placetas. Fui a saludarla y ella me entregó varios regalos de parte de Renate.

Pasó el tiempo y  ambos nos casamos cada uno de su lado del Atlántico.

Cuando me fui de Cuba y vine a vivir a Francia, cada vez que veía un documental sobre Alemania o Berlín pensaba en ella. La noche en que cayó el Muro, la pasé frente a la tele observando los acontecimientos y pensando en ella y en Úrsula.

Poco después, mi padre me hizo llegar con un turista galo, desde La Isla del Dr. Castro una vieja libreta de direcciones y teléfonos. Encontré la dirección de Renate y le escribí. Por suerte, la persona que vive en esa casa es su hermano y le hizo llegar mi carta. Sentí una gran alegría cuando recibí su respuesta. Después de un paréntesis de treinta años, nuestra amistad revivió.

Fuimos de vacaciones a Berlín, en cuyo aeropuerto nos recibió Úrsula. Conocimos a la amable familia de Renate, a  su brillante esposo y paseamos juntos. Incluso fuimos al puente en donde se intercambiaban los espías y tantos lugares históricos de la bella e imponente capital alemana.

Posteriormente ella vino con su esposo a París de vacaciones y volvimos a compartir juntos. Nos vimos de nuevo en Estocolmo. Si Dios quiere nos volveremos a ver pronto en Berlín. Hace unos días le pedí que me escribiera su  sobre cómo vivió la caída del Muro. A continuación te envío su testimonio.

Renate-“¿Mis recuerdos de la caída del Muro de Berlín? No te imagines aventuras espectaculares - lo siento mucho. Yo no soy una persona impulsiva o espontánea.

Las emociones provocadas por la  caída del Muro están conectadas con las experiencias anteriores. Para mí todo empezó con la construcción del Muro el 13 de agosto de 1961. Hasta entonces yo era una niña  de 11 años de edad que había nacido en la R.D.A. Fui criada en una familia intelectual e instruida en una escuela normal, en los arrabales  de Berlín.

La casa de mis padres estaba situada solamente a unos quinientos  metros de la línea de demarcación entre la R.D.A. y Berlín Occidental. Mi padre trabajaba en Berlín, los abuelos por el lado materno vivían en Berlín Occidental y nosotros podíamos visitarlos sin grandes problemas. Miles de familias vivían como nosotros, con tíos, sobrinos, abuelos o hijos dispersos por todos los barrios de Berlín y sus alrededores. Pero la construcción del Muro rompió los lazos entre decenas de miles de familias.

El Muro fue un choque. Ya no teníamos más posibilidad de viajar, de visitar a nuestros parientes. La familia fue separada de repente. Mi madre no pudo dar el último adiós a sus padres, al no poder estar presente en sus funerales en Berlín Occidental unos años después.

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La familia del que sería mi marido vivía exactamente al lado del Muro en Berlín. Ellos tuvieron muchas más restricciones, que culminaron con  la expropiación y el derribo de su casa  para poder cerrar aún más  la frontera. Hasta hoy día mi suegra no ha querido regresar nunca a ese lugar.

Durante  años mi propia familia vivía en paz, mi marido y yo estudiamos  Ciencias Naturales, trabajamos y criamos a nuestros dos hijos. Todo funcionaba más o menos.

Teníamos lo  suficiente para vivir correctamente. Podíamos practicar nuestra religión sin grandes limitaciones. Las escuelas y la universidad se abrieron  para nuestros hijos, puesto que eran  bastante aplicados y escogieron estudios  técnico. Afortunadamente nuestra familia seguía unida.

Ninguno  de nuestros amigos creía que lograríamos ver algún día el fin del régimen.

En el verano de 1989 con las  evasiones vía Hungría y Praga nos pusimos a considerar los pro y los contra de un posible intento de evasión. ¿Dejar atrás la tierra natal, la familia, las madres, los hermanos, los amigos, un buen puesto de trabajo y  nuestra casa con jardín? ¿Por cuáles razones? Sería mejor tratar de mejorar nuestra Patria desde adentro, éso sí que valdría la pena.

Durante las discusiones e intercambios de opiniones  en la televisión, en las periódicos, en los centros de trabajo crecía la esperanza de que habría  mejoras en las condiciones: podríamos decir la verdad, conoceríamos la democracia, tendríamos la posibilidad de viajar, etc. Todo estaba cambiando.

Durante los meses de esa “Revolución pacífica alemana” (el cambio político sin derramamiento de sangre), ninguno de nosotros creía en una posible  reunión de los dos Estados alemanes. Esperábamos con muchas esperanzas la creación de  una confederación.

En la noche del jueves nueve  de noviembre vimos y oímos por la televisión  el debate que  cambiaría  nuestra Patria. Pero interpretamos las palabras sobre las condiciones para viajar nada más como posibilidades y cláusulas  para el futuro.

¡Nosotros nos acostamos tranquilamente!

¡Qué sorpresa por la madruga del viernes al oír por el radio sobre la apertura del muro! No lográbamos dar  crédito a la noticia. Al mismo tiempo tuvimos miedo a que lo cerraran  inmediatamente. Pero contra toda previsión no sellaban las aberturas.

 

En  la mañana del viernes fuimos al trabajo. Sólo un colega había sido testigo de lo ocurrido durante la  noche y nos lo contó. En la clase de uno de mis hijos faltó solamente un alumno ese viernes y fue regañado.

Por la tarde hicimos cola ante la estación  de  policía para registrar a nuestros hijos en nuestros pasaportes y obtener las visas. Sabíamos que en aquel Estado nada funcionaba sin papel. Mucho menos un viaje sin pasaporte.

La primera noche se produjo un caos fantástico, puesto que cada uno pudo ir sin pasaporte a Berlín Occidental. Hay innumerables filmes y fotos  de aquella fiesta gigantesca. Nosotros no teníamos la mínima  idea de lo que estaba ocurriendo en el centro de la ciudad. En nuestro hogar situado  en los arrabales de casas unifamiliares, todo estaba cerrado y tranquilo esa noche.

Pasamos todo el viernes con miedo a que anulen los permisos de salida.

El sábado,  junto con nuestros hijos pudimos pasar por un paso fronterizo. Pudimos observar las puertas de la frontera y la línea de demarcación de cerca. Mi marido lo reconocía mejor que yo, porque él había vivido durante los años sesenta muy cerca del primer muro.

Debido a la gran afluencia de personas, organizaron líneas especiales de autobuses para transportar a la muchedumbre. El primer sábado  pudimos utilizar los autobuses y el metro sin pagar, bastaba solamente mostrar el pasaporte. La gente de la R.D.A. aún no tenía el dinero de la R.F.A..

Fue una borrachera de emociones, entusiasmo, alivio y alegría. Pero era una alegría dudosa. ¿Cómo mantener el sentido de responsabilidad? ¿Cómo evitar el cometer faltas en medio del entusiasmo y no perder el pasaporte en plena muchedumbre? Teníamos que ser razonables. ¿Qué pasaría en los días siguientes?

En nuestras mentes aumentaban las preocupaciones sobre nuestro futuro. Tendríamos Libertad y democracia. Se convertirían en realidad nuestros sueños y tendríamos mejores condiciones de trabajo. Podríamos viajar por  el mundo y visitar a todos nuestros amigos.

¡Qué enormes  posibilidades para el futuro de nuestros hijos! Podrían estudiar lo que quisieran  y donde lo estimaran conveniente.

Al mismo tiempo nos invadía el miedo a despertar de estos sueños cuando cerraran la frontera de nuevo.
 

Las visitas de las semanas siguientes fueron para nosotros una reconquista.  Mi marido y yo conocíamos el Berlín Occidental de nuestras infancias. Reconocimos la misma ciudad  veintiocho años después con los ojos y la experiencia de los mayores.  Nos volvimos a encontrar con nuestros primos y tíos: la familia estaba de nuevo reunida en el Berlín Occidental. La familia que vivía en el oeste nos había sido leal  durante todos los años desde la construcción del Muro. Nos  visitaban cuando podían, a pesar de todas las humillaciones que sufrían en la frontera.

Nuestros hijos (de 16 y 13 años de edad), fueron a  conocer la ciudad de Berlín Occidental  que solamente habían visto por la  televisión y de la cual habían escuchado numerosos relatos. Exploramos  la ciudad: el zoológico, el acuario, los museos, los grandes almacenes, el cine, etc. Los grandes mercados tenían un gran  poder de  atracción porque  en la R.D.A. no habíamos tenido un  gran surtido de mercancías. Teníamos que  oponernos a  la obligación de comprar, comprar y comprar.

¿A dónde han ido a parar  nuestros sueños? La familia hace su camino con las nuevas condiciones del capitalismo. Un hijo trabaja con éxito como ingeniero aquí en Alemania para una empresa inglesa,  donde sólo habla  inglés. El otro trabaja como ingeniero para Alemania al otro lado del globo, en Vietnam, porque en nuestro país no logró encontrar un buen empleo. Mi esposo y yo pasamos por la experiencia amarga del desempleo. Sin embargo mi marido  con los años disfrutó de un ascenso y de un gran reconocimiento profesional. Ambos tuvimos diferentes puestos de trabajo en Alemania lejos de Berlín,  en Venezuela y en Suecia. Al final regresamos a Berlín, a nuestras raíces, a nuestra ciudad de origen.”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Historias de la diáspora VII

Cartas a Ofelia/ La Odisea de Barbarita y Jorge por conquistar la Libertad

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Cubamatinal/ París, 4 de Julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Después de haberte enviado los testimonios de cómo lograron alcanzar la Libertad : Tayde, Mayra, Cuqui, Carlos e Ileana, hoy te envío el de tu querida Barbarita.

Sé muy bien como tú y mi padre la querían y las excelentes relaciones que ustedes tenían con sus padres Juan y Caridad. Eran gentes, nobles, trabajadoras, una familia que Cuba debería estar orgullosa de conservar en su seno y que sin embargo el régimen de los Castro hizo todo por destruirla.

Conservo bellísimos recuerdo en mi mente de esa familia. Barbarita es una de mis amigas del Alma. Una chica que compartió conmigo y con nuestros numerosos amigos su simpatía y gentileza. El mundo da vueltas y creo que Jorge se ganó el premio mayor de la lotería de El Niño el día en que la conoció en el modesto hostal madrileño. Manifiesto aquí mi admiración y amistad para ambos. A continuación te reproduzco el testimonio de esa chica que te quiso sinceramente.

Barbarita-“Todo lo que quería era ser Libre y eso iba a costarme mucho. Estaba estudiando en el Instituto de La Habana y en la Escuela de Idiomas del Paseo del  Prado. Al notificar que tenía la intención de viajar al extranjero, simplemente me expulsaron de ambos centros de estudios. ‘Esas  escuelas tenían que ser sólo para los revolucionarios.’

Mi hermano comenzó a abrirme el camino hacia la Libertad al enviarme desde los Estados Unidos los dólares necesarios para comprar los billetes de avión  y poder salir de Cuba por un tercer país, en mi  caso fue España.

Pero eso no era lo único, también el régimen cubano  exigía que te ‘ganaras’ ese viaje con un trabajos forzados en el campo por tiempo indefinido.

Fueron diez los meses de viajes cotidianos en camiones o autobuses repletos de toda clase de personas y personajes desaliñados, para ir y regresar de los lugares muy lejanos a mi hogar, adonde me mandaban a realizar labores agrícolas. Era el castigo y al mismo tiempo el precio a pagar por querer abandonar el país.

Después de esos largos meses trabajando en el campo y rodeada de cucarachas, alacranes, lagartijas, culebras, ratas, y sabe Dios cuántos animales más, me llegó mi ansiada entrevista en la que un “compañero” me interrogó para ver si me había “ganado” la salida del país.

Durante los meses de duros trabajos bajo el sol y en condiciones higiénicas medievales, me enfermé de hepatitis, de asma, alergias y de la espina dorsal. Eran cotidianos los malos tratos, faltas de respeto, insultos, malas palabras, humillaciones,  falta de comida, madrugadas llenas de humedad y de insectos como mosquitos guasasas y pulgas del campo.
 

Al llegarme la autorización para irme del país, tuve que asistir a mi ansiada y temida entrevista con el “compañero”. Él me dijo que yo había faltado mucho a mis tareas debido a mis enfermedades y que no me concedía la salida del país, que tenía que trabajar mucho más para ganármela. Fue grosero y tajante. Mi futuro estaba en las manos de aquel repugnante personaje,  que me había tratado tan mal.

Yo estaba temblando, muy mal  física y mentalmente. Me sentía aplastada con todos mis sueños destruidos por aquel compañero al que todos temíamos en el campamento  y que controlaba el futuro de todos allí.

No sabía como decirle a mi sufrida madre la terrible noticia. Subí al autobús de regreso a  casa, me senté en el último asiento. Allí estaba una mujer morena, muy gruesa, vestida completamente de blanco. Al verme, se sintió conmovida y me dijo “yo sé que no te han autorizado para salir del país, pero debes confiar en mí, tú verás que tú si vas a irte del país.”

Sin la autorización o salvoconducto del “compañero” responsable del campamento de trabajos forzados, no había quién se fuera de Cuba. Ese documento era más importante que el mismo pasaporte.
 

Le di las gracias a la morena y seguí llorando hacia casa a contarle mi mala suerte a mi pobre madre. Ella me dijo, hazle caso a la morena. Ve al aeropuerto sin el documento, y vamos a ver que pasa.
 

El día de mi salida,al entrar  en el Aeropuerto Jose Martí mis rodillas temblaban. Yo tomaba por primera vez en mi vida un avión, viajaba sola y por primera vez me separaba de mis padres y sin la esperanza de volver a verlos jamás.
 

Me separaba de todo lo que era importante para mí, seguía mi sueño de Libertad, pero no tenía el documento más importante.

A todos en la aduana  les pidieron el documento o salvoconducto. Cuando me tocó  enfrentarme al “compañero”, le pedí a Dios que me ayudara.

Entré en la oficina o “pecera” y puse mi pasaporte y otros documentos en la mesa. En ese momento entró otro “compañero”. Empezaron a conversar entre ellos. Mis documentos fueron estampados casi sin mirarlos y me los devolvieron. ¡Era mi permiso, mi autorización para ser Libre!

Entré al avión con la cabeza dándome vueltas como en un torbellino, no entendía nada. Me senté y no me atreví ni a  levantar la cabeza. Estaba muy asustada.
 

El avión comenzó a moverse y de repente se detuvo. Pensé que me iban a bajar de él. Mi corazón palpitaba aceleradamente.

Alguien subió al avión. Se comentó que era un “compañero importante”  que iba en una misión oficial. Pasaron unos interminables minutos, al cabo de los cuales el avión comenzó a moverse otra vez y sentí que hqbùiq despegado. Al fin pude respirar normalmente. ¡Me volvió el alma al cuerpo!

Habían pasado varias horas cuando sentí que   alguien que me tocó en el hombro, miré al rostro del hombre que me dijo: “no te preocupes, yo estoy en una misión especial, pero cuando regrese a Cuba le diré a tu madre que tú estabas bien”. Era un amigo de adolescencia, que simpatizaba con el sistema, pero al fin y al cabo, amigo.
 

Llegué a Barajas en una fría y preciosa noche el 7 de Noviembre de 1969. Me esperaban unos primos, que un mes después partirían hacia los EE.UU. Mi corazón estaba lleno de emociones y ansioso de vivir una nueva vida.
 

Empecé a visitar un hostal donde estaban hospedados algunos de los conocidos del viaje. Especialmente hice amistad con una pareja que tenía dos niños pequeños y me sentía bien con ellos. Esta pareja se convertiría en los padrinos de mi boda.

Mi hermano me enviaba dinero desde los EE.UU. con el cual alquilé una habitación en el piso de una señora que alquilaba varias habitaciones sólo a muchachas cubanas en espera de partir hacia América. Con el resto del dinero lograba vivir normalmente.

Mi boda religiosa en Madrid fue con Jorge, un joven cubano que se había escapado de Cuba como polizón en un barco yugoslavo.

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Jorge era un muchacho de 23 años, muy valiente, que acababa de llegar a Madrid desde Ceuta. Él había intentado salir de Cuba en una balsa a los 16 años, pero fue atrapado y sentenciado a cinco años de prisión. Varias veces fue enviado a las celdas de castigo debido a su fuerte carácter.

Llevaba tres años preso cuando empezó a salir de la cárcel con permisos de algunas horas para poder visitar a su madre.Ella estaba  desesperada buscando medios para sacar a su hijo de Cuba a cualquier precio,hasta que  logró hacer un buen contacto.
 

Uno de los marineros de un barco yugoslavo anclado en la Bahía de La Habana había tenido que ser operado de urgencia del cerebro. El neurocirujano fue el tío de Jorge. Este marinero al ver que su vida estaba fuera de peligro le dijo al doctor que lo salvó que le pidiera lo que fuera, que el trataría de cumplir su deseo.
 

El tío de Jorge le pidió que por amor a Dios, que  le ayudara a sacar a su sobrino de Cuba porque si seguía preso lo iban a matar en la cárcel. El marinero se comprometió a ayudarlo.

Las posibilidades de éxito eran muy pocas. La vigilancia en la Bahía de La Habana era en esos momentos era intensa.

Cuando salió con un nuevo permiso de algunas horas de la  cárcel, ya todo estaba planeado entre el tío y el marino yugoslavo. Jorge tuvo que  nadar de madrugada por  la Bahía de La Habana con el riesgo de encontrarse con algún tiburón, encontrar en medio de la oscuridad el barco correcto.Una equivocación le hubiera sido fatal.

Subió por una soga sin nudos, con el cuerpo casi cubierto  de petróleo y  de la suciedad de las contaminadas aguas de la bahía. Temblando de emoción y de miedo logró subir al barco y esconderse en la sentina (que es el espacio más bajo de la bodega, donde llegan las aguas que pueden haber penetrado en ella).

Respiraba por una pajita . No sabe por cuánto tiempo permaneció allí, pues había perdido la noción del tiempo. De repente sintió voces y el ruido de un palo entrando en el agua, para revisar que no hubiese alguien escondido. Eran los del ejército revisando el barco. Picaron cerca de él. No lo vieron, y siguieron buscando en otros lugares.

Unas horas más tarde el barco se empezó a mover. Pensó que pronto estaría fuera de peligro para salir y respirar. Cuando imaginó que había pasado un tiempo prudencial para que el barco estuviera lejos de las costas de Cuba, Jorge salió de su escondite y respiró en Libertad.

Aparentemente un marinero lo informó al capitán, el cual  ordenó que  regresara el barco a Cuba, pero los marineros le pidieron que mejor sería llamar a la Guardia Costera pues ya habían estado mucho tiempo en Cuba y todo el trámite de un polizón los demoraría mucho.

El Capitán aceptó mandar un telegrama a La Habana para que fueran a recoger al polizón.
Alguien le contó a Jorge que ese telegrama nunca fue enviado. No quisieron hacerle ese daño a un joven que había arriesgado tanto. ¡Dios lo ayudó!

El Capitán le ordenó a Jorge que para ganarse el viaje debía pintar el barco y, ése ha sido el trabajo más feliz que ha realizado en toda su vida.

El barco tocó puerto en Ceuta en las costas de África. Allí bajó el que sería mi esposo. Varios meses después fue trasladado a Madrid y vivía en el hostal donde yo visitaba a mis amigos.

 Me encantó cuando me contó su historia y todavía hoy, 40 años más tarde, la encuentro extraordinaria.
 

Nos casamos en Madrid, en Mayo 22 de 1970. Recorrimos parte de España y vivimos en Las Palmas de Gran Canaria. Trabajamos duro, mi esposo inclusive trabajó en una plataforma americana. Viajó en barcos a las costas africanas, la India y a otros países  para lograr ahorrar el dinero necesario con el objetivo de poder sacar a mis padres de Cuba.

Llegamos a los Estados Unidos el 12 de  octubre  de 1973. Aquí construimos nuestro nido en un clima de prosperidad y Libertad, Dios nos dio dos hijos maravillosos. El mayor es un abogado de éxito que dirige una firma de 10 abogados. El menor es ingeniero de computadoras y ha recorrido numerosos países. En estos momentos está por  graduarse en Sydney, Australia, de su Master en Estrategia de Negocios.

Doy gracias a Dios desde el fondo de mi alma por habernos dado la Libertad, por permitirme haber salvado a toda mi familia del régimen oprobioso de los Castro y porque mis hijos son Libres como el viento.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

L’Affaire Bettencourt & Woerth

Cartas a Ofelia/ Crónicas de actualidad

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Madame Liliane Bettencourt

Cubamatinal/ París, 30 de junio de 2010.

Mi querida Ofelia;

No pasa día en que un nuevo elemento no se agregue al escándalo del caso Bettencourt & Woerth. Todo comenzó hace dos años debido a la generosidad de dimensiones cósmicas de la mujer más rica de Francia, la distinguida anciana de 87 años Liliane Bettencourt. Ella vive en una mansión de los años treinta del exclusivo barrio de Saint James en los elegantísimos arrabales parisinos de Neuilly- sur- Seine.

Entre mayo del 2009 y mayo del 2010 su maître de hotel grabó sus conversaciones telefónicas en 28 CD, que entregó a  Françoise Bettencourt-Meyers, hija de Liliane y heredera natural de la colosal fortuna de su madre (catorce mil millones de euros). Los CD fueron entregados por Françoise a la policía, pero en las grabaciones  se pueden escuchar conversaciones  sobre diferentes personalidades conocidas del mundo político, con las cuales la vieja dama ha sido  generosa.

Se descubre que la señora posee dos cuentas (de 13 y 65 millones de euros) en Suiza así como una isla en el archipiélago de Las Seychelles, que no han sido declaradas al fisco francés.

Liliane acusó ante la justicia por medio de su abogado George Kiejman, el pasado18 de junio  de: “testimonios falsos, atentados a la vida privada y robo”, después de la publicación en internet (sitio Mediapart), de sus conversaciones privadas.

Una Sra. que había trabajado como contable de la Sra. Bettencourt fue licenciada. Se supo, que cada semana Liliane Bettencout retiraba varias decenas de miles de euros en efectivo del banco, que eran distribuidos en sobres cerrados a numerosas personalidades. ¿A quiénes?  ¡Quizás durante el juicio se sabrá!

El caso más importante es el del fotógrafo de la  jet-set François-Marie Basnier, fotógrafo de 60 años, al cual Liliane Bettencourt ha ofrecido… ¡unos mil millones de euros en regalos! El juicio contra este señor, acusado por Françoise Bettencourt-Meyers  de haber aprovechado  de la  debilidad de su madre, comenzará  mañana 1° de julio. Pero Liliane declaró: “lo que yo regalé a François-Marie Banier, aunque es importante, no es muy elevado”.

El Sr. Basnier declaró a la prensa: ”Yo comunico una alegría de vivir. Yo río y hago reír”. Según la prensa, a él siempre le ha gustado tener como “madrinas” a viejas damas ricas, entre ellas Marie-Laure de Noailles y Madeleine Castaing, lo cual él justifica declarando que ellas “son más secretas”.

Christophe D’Antonio acaba de publicar el libro “La Lady et le Dandy”, sobre la historia de las relaciones (casi una historia de amor), entre Liliane y François-Marie. Descubrimos que el dandy vive en una mansión con piscina y elevador interno con su ex compañero (un actor conocido) y su nuevo compañero, el fotógrafo Martin d’Orgeval.

Hasta aquí todo podría ser una historia familiar “banal” por una herencia, aunque la suma sea de catorce mil millones de euros. Pero todo se complica y estalla el escándalo del cual la prensa escrita y audiovisual convierte en el “pan nuestro de cada día”. Hay que tener en cuenta que lo que te voy a narrar a continuación, ocurre en un país que sufre la crisis económica más grande desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y, donde los pobres ya son 13 millones.

Hasta ahora la distinguida Sra. Florence Woerth era conocida por pertenecer al comité de vigilancia de la lujosa casa Hermès, por asistir a las exclusivas carreras de caballos de Chantilly luciendo lujosos sombreros y por haber creado su propia caballeriza dedicada  sólo a las damas.

Pero ahora se conoce que la Sra. Woerth trabajaba en la administración de la fortuna de la Sra. Bettencourt y se insinúa, según las conversaciones telefónicas “de haber ayudado a pagar menos impuestos a la Sra. Bettencourt”, mientras que su esposo era Ministro de Finanzas, es decir, responsable de los impuestos que pagan los franceses y Tesorero del U.M.P., partido político de centro derecho actualmente en el poder. Se llega a insinuar de que el Sr. Woerth estaba al corriente de los hechos (ver periódico Le Monde del martes 22 de junio).

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Madame Françoise Woerth

Actualmente el Sr. Eric Woerth es Ministro del Trabajo y aparentemente podría  encontrarse fragilizado por el escándalo, en plena vorágine entre huelgas y manifestaciones sindicales, debido a que él debe redactar y hacer aprobar la ley sobre las jubilaciones, según la cual se deberá trabajar por más años y cotizar más trimestres para tener derecho a  la jubilación. Hasta ahora uno se podía retirar  a los 60 años.

La diputada europea Eva Joly (Europa Ecología), ex juez de instrucción financiera  pidió la renuncia del Sr. Woerth.

El  Sr. Arnaud Montebourg (del partido socialista), declaró irónicamente: “Uno tiene la impresión de que los actuales millonarios viven muy bien, cometen fraudes impunemente contra el fisco. Los fiscales del gobierno los protegen, las esposas de los ministros los defienden y son sostenidos por el poder, todo va bien”.

También otras personalidades sobre todo de izquierdas, destacan que hay “conflicto de interés” entre el cargo del Sr. Woerth y el puesto de trabajo de su esposa. Él anunció que su esposa iba a renunciar a su puesto de trabajo en la administración de la fortuna Bettencourt.

Noël Mamere (diputado verde), declaró: “se trata de un posible  ‘affaire’ de Estado” y agregó-“todas las ramificaciones deben ser objeto de una investigación hasta determinar el papel del Eliseo (…) No hay por un lado la justicia de los ricos que no avanza y por otro lado la de los pobres que es intratable”

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Monsieur Eric Woerth

El Sr. Woerth anunció también  que su esposa acusaría ante la justicia a la Sra. Eva Joly y al Sr. Monteabourg por difamación.

El Sr.Woerth tuvo que explicarse a propósito de la Legión de Honor que entregó en 2008 al Sr.  Patrice de Maistre, jefe de su esposa en la gestión de la fortuna Bettencourt. En una de las grabaciones telefónicas, el Sr. de Maistre responde a la Sra. Bettencourt : “yo me equivoqué cuando la contraté (…) confieso que cuando lo hice, su marido era Ministro de Finanzas y él me pidió que lo hiciera.”

El Sr. Primer ministro François Fillon, defendió ante La Asamblea Nacional el honor de Eric Woerth y denunció “una larga lista de denuncias anónimas”. También el Sr. Presidente de la República ante el Consejo de Ministros aseguró que “renovaba su  confianza al Ministro de Trabajo”

La Sra.Woerth declaró al periódico Le Parisen: “yo he sido una simple empleada y ustedes no pueden imaginar hasta que punto la cultura del secreto es colosal en ese tipo de organización (…) mi esposo jamás se ha ocupado de mi carrera”

Liliane Bettencourt declaró que ella había pagado al fisco francés cuatrocientos millones de euros en los últimos  diez años. Pero olvidó decir que había recibido un cheque de treinta millones en 2008 como reembolsamiento por parte del Ministerio de Finanzas gracias a la ley “del Escudo Fiscal” pasada por el Sr. Presidente  que beneficia sólo a las grandes fortunas francesas.

Personalmente, creo que si todo lo anterior es cierto, muestra que el caso de Madame Boutin fue sólo la punta del iceberg de lo que vendría, pero que si es falso, la presión a la que están siendo sometidos los esposos Woerth por la prensa y los partidos de la oposición, se han convertidos en insoportables. Es un  acoso incesante y son víctimas de una verdadera  “cacería de brujas”.

Y así van las cosas por estos lares.

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

El testimonio de Jacques y Nicole sobre Taybeh y los cristianos de Palestina

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Misa en la iglesia de Taybeh, Cisjordania.

Cubamatinal/ París, 3 de julio de 20010.

Mi querida Ofelia;

Nicole et Jacques fueron los primeros franceses que conocimos en mayo de 1981, cuando fuimos a misa en la pequeña capilla situada a sólo dos manzanas del hogar de refugiados políticos en donde nos habían ubicado. Esa noche fuimos a cenar a su casa. Desde entonces nuestra amistad se ha consolidado a tal punto, que ellos son nuestra familia francesa. Durante estos treinta años ambos han ayudado a numerosos cubanos refugiados a encontrar alojamientos y trabajos. Numerosas valijas llenas de ropas de niños y medicinas  han sido  enviadas por ellos con amigos franceses para ayudar a familias pobres cubanas resientes en La Isla del Dr. Castro.

Son católicos muy activos, organizadores de peregrinaciones, pero nunca hemos podido ir con ellos a causa del calendario escolar. Pero como conozco su intensa actividad a favor de los cristianos de Palestina, para que  no desaparezcan de la Tierra Santa, les pedí que me dieran su testimonio. Aquí te envío lo que me escribió mi gran amigo Jacques.

Jacques- “Desde hace más de seis años  Nicole y yo  pasamos entre tres semanas y un mes en Taybeh,  para acoger en el Centro de Charles de Foucauld a peregrinos del mundo entero, muy a menudo franceses, en grupos o individualmente y a veces sólo durante una comida, una noche, o un retiro espiritual. 

Taybeh es un pueblito situado en Cisjordania, en Palestina. Es un territorio ocupado por el ejército israelí, aunque bajo la Autoridad Palestina. Este es el último pueblo totalmente cristiano de 1 300 habitantes compuesto por melquitas unidos a Roma (5%), ortodoxos de rito oriental (15%) y por católicos romanos (80%).

Taybeh está ubicado a 30 kms. de Jerusalén, a 13 de Ram Allah y a 20 de Belén. Se le nombra en la Biblia con el nombre de Efraín y fue allí  donde Jesús descansó con sus discípulos antes de su Pasión.  (San Juan11,54) . Este  pueblito brilla en Palestina gracias a  su escuela cristiana a la que asisten 450 alumnos, donde se enseña el francés, su dispensario médico, el centro de acogida Charles de Foucauld y en especial por su parroquia muy activa, dirigida por el brillante Padre Raed: árabe, palestino, sacerdote, profesor de la teología en el seminario de Belén, así como constructor y “maestro de obras”.

Desde hace siete años el Padre Raed emplea a cincuenta trabajadores y se ocupa de las condiciones  de vida de todo el pueblito gracias a su dinamismo y su carácter emprendedor, con una idea nueva al día. Él ha construido un hogar de ancianos, un hotel para albergar a grupos de paso, una prensa de aceitunas, el  aceite producido se exporta al exterior, una estación de radio cristiana, un taller para la fabricación de palomas de la paz, velas, jabones y cosméticos. Te recomiendo ver el sitio internet de Taybeh. 

Como el Padre Raed habla seis lenguas, recibe sin descanso a grupos de peregrinos procedentes de diferentes países, para explicarles  la situación de los cristianos en Tierra Santa. Les habla a propósito de la paz  entre los dos estados  (Palestina e Israel), la necesidad de suprimir el muro  de ocho metros de altura y de una  longitud de más de 750 kilómetros,  en lugar  de los 300 kilómetros decididos en el marco de los  últimos acuerdos de paz. También explica con fervor  la proliferación de  las barreras  del ejército israelí en territorio palestino, el temor de las mujeres embarazadas, lo que provoca partos en las barreras.  Desde la segunda Intifada, 76 mujeres han dado a luz en esas condiciones, varias de ellas murieron  en el acto de dar la vida a sus hijos. El padre continúa explicando el racionamiento del agua y de la electricidad, la dificultad que tiene alguien que sea  cristiano para encontrar trabajo fuera del pueblo cuando  se produce una plaza vacante, por lo general el puesto se le asigna a un musulmán.

La instalación de asentamientos israelíes en territorio palestino, la  indiferencia del mundo con respecto a  estas situaciones extremas y la voluntad de exterminar a un pueblo, o a las otras religiones,  como evidencia la creciente dificultad para obtener   visados para sacerdotes y religiosos extranjeros o voluntarios de la cooperación, son el inicio del fin de la presencia de los cristianos en la  Tierra Santa.

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El Muro

Conocemos a este país desde hace  más de quince años, gracias a  que acompañamos a  grupos de peregrinos todos los años y posteriormente hemos  continuado con  la cooperación. En Taybeh hemos asistido impotentes al deterioro progresivo de las relaciones entre los dos pueblos, la escalada de la violencia y la voluntad expresa de rechazar  la paz tanto por parte de  Israel como de Hamas, ésta última tiene una gran responsabilidad en este conflicto.

Nos sentimos muy pesimistas a propósito del futuro de ambos pueblos y más aún para los cristianos de los dos países. Sentimos una voluntad por parte de Israel para convertir al país en un Estado laico a pesar de los extremistas religiosos, y convertirlo  en un museo para decirle al mundo: vengan  a visitar a nuestro país, su patrimonio histórico y  a gastar vuestro dinero.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Historias de la diáspora VI

Cartas a Ofelia/ A treinta años del Mariel, el Testimonio de Ileana

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Ileana con sus dos hijas. Miami 1980.

Cubamatinal/ París, 3 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;

Recuerdo lo contenta que te pusiste cuando te di la noticia de que mi gran amiga de adolescencia y juventud Ileana, se había ido con el esposo y las dos hijas por el Mariel.

Estaba conversando con una amiga en el portal del Cine América de la calle Galiano, exactamente junto a la placa en honor a la terrorista revolucionaria Úrsula Díaz Báez, la joven que murió en el baño del cine al manipular la bomba que hubiera provocado una masacre en el célebre cine habanero. En ese momento me saludó mi amigo Malpica y me dijo: “no me dejaron ir, me viraron desde el Fontán y ahora me ‘votaron’ del trabajo en el I.C.R. (Instituto Cubano de Radiodifusión), estoy apestado.” A continuación agregó: “allá me encontré con Ileana, espero que haya logrado irse.”

Me dirigí inmediatamente hacia la casa de Ileana, donde me encontré con Fe, su mamá, la cual con lágrimas en los ojos me dijo: “mi querido Félix José, hace sólo unos minutos que supe que habían logrado llegar a Cayo Hueso y que están bien.” Me causó una gran alegría el saber que mis amigos  habían logrado escapar de las garras del tirano.

Ileana fue mi gran amiga de fiestas de quince, de piques de cakes, carnavales, cine, domingos en el Hija de Galicia o el Cubanaleco. Nos divertimos sanamente durante nuestros años juveniles. Ambos tenemos numerosas anécdotas que contar.  Fe Calzadilla, su madre, tenía una mirada capaz de pasar al escáner a cualquiera, antes de que ese aparato médico fuese inventado. Carlito Albóniga, su padre, era un verdadero caballero que hablaba una lengua castellana bella. Era uno de los pocos cubanos que articulaba y pronunciaba todas las letras sin pedantería, provocando que su conversación fuera agradable.

Innumerables veces entre por el pasillo del inmueble de la calle San Nicolás en Centro Habana y desde el patio interior llamaba a Ileana, ella aparecía en el borde de la baranda blanca como una Julieta tropical. Ileana poseía una  belleza luminosa y una sonrisa radiante. Ella emanaba simpatía.

Me acuerdo cuando bailamos en una fiesta de Quince en el Copa Room del Hotel Habana Riviera, ella estaba vestida como Cenicienta a las 12 menos diez de la noche. Sólo le faltaban las zapatillas de cristal y yo de “pingüino”. A pesar de la recomendación de Paquito el coreógrafo, que esperáramos nuestro turno para sacarnos fotos y más fotos en el amplio lobby del famoso hotel, Ileana y yo nos cambiamos de ropas y nos fuimos a bailar. Aquello provocó la cólera de Zeus (Paquito).

Recuerdo que mis padres me habían castigado con  no ir a los Quince de Magucha, pues había suspendido la química en el segundo año de pre-universitario (estaba en el Instituto José Martí). Los padres de Magucha llegaron a casa bajo un granizo poco habitual en San Cristóbal de La Habana y los convencieron para que me dejaran ir, con mi promesa de ponerme después a estudiar la química (cosa que no cumplí). Esa noche la pasamos Ileana  y yo escondiéndonos para poder bailar en: la sala, el comedor, la cocina, la terraza, el patio, etc. de la casa, pues Ileana tenía un enamorado muy brillante en química, con cara de Abelardito, pero que no sabía bailar y para ella eso era un pecado imperdonable.

Fuimos invitados por Barbarita a ver la elección de la Estrella del Carnaval en su apartamento de de la calle Ánimas, en la esquina de la casa de Ileana. Pero se hacía muy tarde y no terminaba la elección. Caridad la mamá de Barbarita se había retirado a dormir, pero el padre, el bueno de Juan, entre bostezo y bostezo iba hasta el balcón, miraba al cielo y decía en voz alta: “parece que viene tremendo aguacero” o “ya cayó la confronta, ahora las guaguas pasan cada una hora por lo menos.” Era una forma de decirnos a Ileana y a mí que debíamos irnos, pero como Barbarita nos hacía señas para que nos hiciéramos los que no oíamos lo que él decía, nos quedamos hasta el final. Después acompañé a Ileana a su casa y fui a pie por  la calle Neptuno hasta mi hogar. Aquella noche fue elegida Estrella del Carnaval  la bellísima María Félix, quien posteriormente se convertiría en una gran amiga mía.

Pero bueno, a continuación te reproduzco el testimonio que me envió mi recordada y querida amiga.
 
Ileana- “Ya nos vinieron a buscar Ileana, levántate y despierta a Karinita (4 años) y Alinita (3 meses).

Hacía semanas que esperábamos ese momento y al fin había llegado. Apenas tuve el tiempo necesario para despedirme con un beso y un fuerte abrazo de mis queridos padres; ya todos estábamos preparados psicológicamente para cuando llegara ese ansiado momento de la partida y de desgarramiento familiar. Había que aprovechar la oportunidad que teníamos  gracias a que el déspota había decido entreabrir  la puerta su Isla, antes de que cambiara de opinión.

Como médico, me estaba prohibida la salida del país. En aquel momento me encontraba terminando la especialidad de Hematología Pediátrica y me encontraba en casa con licencia de maternidad. Durante mi embarazo “perdí” mi carnet de identidad y al solicitar uno nuevo, cuando la “compañera” me preguntó cuál era mi ocupación, le respondí: ama de casa. Así apareció en ese documento de identificación cubano.

No pudimos llevar muchas cosas con nosotros, sólo unos culeros, pomos de leche  y alguna ropita para las niñas. Yo me fui con la ropa puesta: unos pitusas (vaqueros), un pulóver y unos tenis (zapatillas deportivas). Jorge igual.

Llegamos al Circulo Social de las Fuerzas Armadas Abreu Fontán, en la playa del barrio de Miramar. Allí había cientos de personas catalogadas como “escorias de la sociedad” por los voceros del régimen.

Todo se jugaba en el interrogatorio, era una prueba de fuego, en el que un “compañero” decidía si te podías ir o no.

 A nosotros, nos separaron: Jorge dormía en la arena de la playa con Karinita a cielo abierto, mientras que Alinita y yo dormíamos en un cuartito donde habían seis cunas para los recién nacidos. Todo me parecía muy incierto, lo arriesgábamos todo para tratar de conseguir la Libertad. Si me descubrían que era médico, no me dejarían ir y mi título de seguro sería invalidado por los funcionarios del régimen.

Salía afuera sólo de noche y con gafas para tratar de que nadie me reconociera. A mi bebita le daban un biberón de leche que siempre llegaba cortada. ¿No tenían hijas o nietas aquellas “compañeras”? ¿Cómo podían ser tan inhumanas? Comencé a darle compota de guayaba diluida en agua para poderla alimentar, ya que el llanto por hambre era desgarrador.

No me podía asear, sólo hacia mis necesidades cuando no podía más. El olor en los baños (aseos) improvisados cerca del mar era ofensivo, nauseabundo. Así transcurrieron siete interminables días de torturas psicológicas, promiscuidad absoluta y en mi caso, se sumaba el miedo a que alguien me reconociera.

Por otra parte, me percataba de que el estado de nutrición de mis dos niñas era cada día peor y que se iban deteriorando físicamente. Karinita, que lloraba sin cesar por estar a mi lado, sólo comía de las famosas cajitas que contenían una croqueta y un pan, por las que había que pagar cinco pesos.

Al cuarto día de angustias, se nos acabó el dinero y Jorge tuvo que pedir permiso para salir del Abreu Fontán e ir a buscar dinero. De nuevo me invadió el miedo, pues las turbas de “compañeros” organizadas por el régimen  acechaban en los alrededores del Círculo Social y alrededor de las casas de las familias que se encontraban esperado la salida del país.

Mi esposo pudo regresar milagrosamente ileso.

Terminó la primera parte de nuestro purgatorio cuando nos hicieron subir a  un autobús con destino al puerto del Mariel. Las ventanillas iban cerradas, pues las masas enardecidas por la intransigencia revolucionaria,  lanzaban todo tipo de objetos contra los autobuses al mismo tiempo que nos gritaban los peores insultos.

Sólo Dios sabe como fuimos vejados  y mi temor a que le  hicieran daño a mis niñas. Yo iba aterrorizada en aquel autobús mientras que Jorge trataba de mantenerse calmado y darme ánimo.

En el puerto del Mariel comenzó el final de nuestro calvario. Pero, cómo fue doloroso el ser testigo de lo que hacían aquellos militares con sus perros pastores alemanes, cuando para divertirse los soltaban cuando algunas personas iban hacia las letrinas. Eran mordidas en las piernas y muslos.

Estuvimos en aquel infierno sólo unas horas del 1 de junio de 1980, que me parecieron infinitas. Nos llevaron al barco camaronero Lamanda Loise. A bordo de él nos dividieron por grupos. Los delincuentes comunes traídos directamente de las cárceles y los enfermos mentales fueron ubicados en las bodegas del barco. A nosotros nos colocaron  en el área donde estaba el capitán del barco. No veía las santas horas de zarpar, cuando dieron la orden de que el barco debía quedarse en el puerto, pues había comenzado el mal tiempo.

Pudimos zarpar al mediodía. El viaje duró nueve  horas, balanceados por olas de hasta ocho metros de altura. Abracé a Karinita con todas mis fuerzas y mi amor, pidiéndole a Dios que lográramos salvarnos y llegar a tierras de Libertad. El capitán tomó a Alinita en sus brazos  y la acomodó encima de un armario. Ese fue el último recuerdo del viaje por un mar en el que los tiburones se alimentaron con los cuerpos de tantos pobres cubanos que no pudieron ver convertidos en realidad sus sueños de Libertad.

‘Ileana despierta, hemos llegado’, exclamó mi esposo. Yo apenas podía mantenerme de pie. Llegamos de madrugada a Key West. Las luces me deslumbraron, pero  no podía ni hablar. Me sentaron en un sillón de ruedas y me pusieron a mi Alinita en el regazo. Un grupo de médico nos examinó a todos.

Alinita estaba deshidratada al igual que yo. Karinita afortunadamente estaba en buen estado general al igual que Jorge. Nos hidrataron por vía oral. Pasamos hacia el Departamento de Inmigración y, cuando ya se disponían a enviarnos al Centro de Refugiados, apareció la familia de mi esposo que estaba esperándonos.

¡Han pasado treinta años! He estado escribiendo este testimonio en un block, bajo un cielo azul, respirando el aire puro y disfrutando de una Libertad total. El mar lo tengo frente a mí y he mirado mucho hacia el lejano horizonte; las lágrimas han humedecido varias veces mis ojos. Pienso en tantos cubanos que no han podido llegar, mientras que otros lo logramos, desembarcamos en estas costas de Libertad y triunfamos.

Ejerzo la medicina en La Florida, gracias a que logré pasar todos los exámenes requeridos. Tengo mi oficina privada.

Karina tiene treinta y cuatro años. Se graduó en Diseño Gráfico y es manager de la Compañía de Turismo Internacional Sandals.

Alina tiene treinta años. Se acaba de graduar de médico y su porvenir se anuncia luminoso.

Y… Jorge, es el hombre de mi vida, mi guía, mi todo.

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Ileana & Jorge. Miami, Navidad de 2009.

Sólo me queda por escribir: ¡Gracias Señor por habernos dado la oportunidad de vivir en Libertad!”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Waterloo futbolístico

Cartas a Ofelia/ Crónicas

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Imagen: París, 2008. Raymond Domenech y Félix José Hernández.
 

Cubamatinal/  París, 2 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia;
Todo comenzó con la llegada el equipo nacional de fútbol francés a África del Sur, como estaban alojados en un hotel de lujo, la Srta. Rama Yade, Secretaria  de Estado al Deporte, hizo fuertes críticas. Cuando la Srta. llegó posteriormente al país africano, los jugadores franceses la ignoraron. Después se descubriría que ella había reservado una suite junior en un hotel de lujo (667 euros la noche), pero para calmar la tormenta, se fue a dormir al consulado francés. La cosa siguió con los insultos del jugador Anelka hacia el entrenador del equipo, el Raymond Domenech en los vestuarios: “vete a que te cojan el c…, sucio hijo de p…”, lo cual fue publicado en el periódico deportivo L’Equipe. Si no se hubiera contado, quizás el jugador no hubiese sido expulsado del equipo y enviado inmediatamente por vía aérea hacia Francia. El resto del equipo amenazó con hacer una huelga de entrenamiento.

El equipo fue eliminado en los octavos de finales, provocando una especie de sentimiento de humillación nacional. Los adulados “dioses” de los estadios fueron a parar al infierno a causa de la decepción que han provocado en la población.

Ni siquiera la robusta y elegante Ministro del Deporte Sra. Roselyne Bachelot, al haberse vestido con un mono deportivo del equipo de Francia, logró el éxito.

La renuncia del Sr. Jean-Pierre Escaletas presidente de F.F.F. (Federación Francesa de Fútbol) y su convocación ante una comisión senatorial de 70 senadores,  junto al Sr. Raymond Domenech, para que se explicaran y respondieran a las preguntas sobre el fiasco futbolístico, después  de Roselyne Bachelot, ha provocado que la Federación Mundial de Fútbol proteste ante la intromisión de la política en el deporte francés y amenace con tomar medidas

El Sr. Domenech con gran sentido del humor, declaró a los senadores: “Si yo les hubiera impuesto cantar la Marsellesa apuntándoles con una pistola a la cabeza,  sólo habrían quedado cuatro jugadores”. A continuación aclaró que se negó a darle la mano  Carlos Alberto Parreira, seleccionador sudafricano, porque “mi carácter es así  y lo haría de nuevo si fuera necesario.” A propósito de la huelga de entrenamiento de los deportistas dijo: “¿Que tenía que hacer? ¿Llamar a la policía?”

Personalmente, el fútbol me deja indiferente, siempre veo el partido final, por curiosidad, para mí son un grupo de fiñes que corren detrás de una pelota a la que le dan patadas. Pero confieso que siento gran simpatía por Raymond Domenech.

Pero en este año la curiosidad principal ha sido esas trompetas llamadas vuvuzelas, que a veces parecen provocar un ensordecedor zumbido de abejas o el estruendo de una manada de elefantes enloquecidos como aquellas de las películas de Tarzán. Fueron autorizadas por el suizo Sepp Blatter, gran jefe del fútbol mundial. Ha provocado una pesadilla auditiva para los fanáticos del fútbol y un buen negocio para la industria del plástico made in China. Habría que analizar el estado de los tímpanos de las personas que asistieron a los estadios.

Un detalle significativo es que más de veinte automóviles fueron incendiados en París, cuando Argelia fue descalificada del Mundial. Hubo incidentes en el que participaron más de 200 jóvenes en el estadio Charléty en donde el partido era proyectado sobre una gran pantalla. En la alcaldía de Villeneuve Saint George, barrio del sur parisino, la bandera francesa desapareció y …¡en su lugar apareció la argelina!

Estimo que el esperado circo para entretener al pueblo, se ha venido abajo. ¿Qué hacer frente a la gigantesca crisis económica y la pobreza que sigue aumentando con las decenas de miles de personas que pierden sus trabajos cada mes? ¿Qué hacer para entretener y hacer olvidar aunque sea por unos días su drama, a los más de trece millones de franceses que sobreviven bajo los índices de pobreza?

Ayer fueron anunciados algunos incrementos de los precios de: 5% del gas, 3,5% de los servicios postales, 4% de los billetes de metro, etc. Al mismo tiempo la prensa informa que a 300 000  familias les fue cortado el gas en este año, lo que significa que no tienen agua caliente, como cocinar, ni calefacción. El Cuarto Mundo avanza inexorablemente en Francia.

El índice de popularidad del Sr. Presidente de la República cayó hoy a 26%, un verdadero récord de impopularidad, a pesar de todas las medidas que ha tomado y han sido anunciadas desde el Waterloo futbolístico:

-Se autoriza el juego de póker por internet, ya no habrá que ir a los casinos para hacerse desplumar. ¿Cuántos incautos caerán en la rampa?

-Cada ministro tendrá derecho a sólo veinte colaboradores y los Secretarios de Estado a cuatro.

-No habrá más cacerías presidenciales.

-Se terminó el garden party que se llevaba a  cabo cada 14 de julio en los jardines del Palacio Presidencial. Costaba más de 700 000 euros.

-Tampoco habrá la fiesta popular con espectáculo gratuito en El Campo de Marte. El del año pasado con Johnny Hallyday costó tres millones cien mil euros.

-Los siete mil apartamentos y los diez mil automóviles puestos a disposición gratuitamente por el Estado para los grandes funcionarios, pasarán a ser pagados personalmente por los que habían beneficiado hasta hoy de esos  privilegios.

-Los gastos personales de transporte, el consumo de puros habanos, etc ., deberán ser pagados por los funcionarios. (Hay que recordar el caso del Sr. Christian Blanc, Secretario de Estado encargado de la transformación de Le Grand Paris, que se había hecho regalar  12 000 euros en puros habanos por el proyecto. Pero declaró que va a reembolsar todo  de su fortuna personal.

- El secretario de Estado a la Cooperación, Alain Joyandet, que había obtenido un permiso de construir en a Côte d’Azur, gracias a una “falsa” declaración, tuvo que renunciar al permiso que se le había otorgado. Este Sr. había alquilado un jet privado por 16 500 euros, gracias a la “generosidad”  del Estado. Tendrá que reembolsar al Estado.

-Los dos aviones presidenciales serán vendidos. Pero ayer la prensa anunciaba el encargo de un  nuevo y lujoso avión presidencial encargado por el Sr. Presidente.

-En el mes de octubre habrá una reorganización del gobierno, con menos ministros y secretarios de Estado. Ya la prensa comenta que la Srta. Rama Yade y el Sr. Christian Blanc, entre otros, están la lista negra.

Algunas personalidades de la oposición se preguntan por qué no son reducidos los salarios de los ministros  sobre todo el del Sr .presidente (19 000 euros mensuales).

La Sra. Ségolene Royal, ex candidata socialista a la presidencia de la República declaró: “ el sistema Sarkozy está corrompido.”

Todo ésto contribuye a que los partidos extremistas ganen popularidad y a la pérdida de respeto hacia la clase política en general.

Varios sindicalistas criticaron en los noticieros de la televisión, que mientras millones de franceses manifestaban a lo largo de las avenidas de numerosas ciudades francesas contra la nueva ley de reforma de las jubilaciones, el Sr. Presidente recibía en el palacio presidencial a un futbolista recién llegado de África del Sur. El había sido recibido en el aeropuerto por un coche especial y escoltado por los motociclistas de la gendarmería hasta la residencia presidencial.

Una encuesta realizada ayer, dio como resultado que si se hicieran hoy elecciones, el 23% de los electores votarían por El Frente Nacional, partido de la extrema derecha francesa.

Pero el escándalo más grande es: L’Affaire Bettencourt - Woerth, pero merece una crónica aparte. Sobre él la Sra. Eva Joly, diputada de Europa Ecología, declaró: ”es un enorme escándalo de Estado.”

Y así van las cosas por estos lares.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.